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Spurgeon: La Resurrección de Nuestro Señor Jesús

abril 4, 2010

En 1882 Spurgeon predicó un sermón utilizando el texto de 2 Timoteo 2: 8, hablando sobre la resurrección de Jesucristo, en el cual dijo,

Ahora, en segundo lugar, hemos de considerar las repercusiones de este hecho de la resurrección en cuanto al evangelio; pues Pablo dice: “Acuérdate de Jesucristo, del linaje de David, resucitado de los muertos conforme a mi Evangelio“. A mí siempre me gusta ver de qué manera cualquier tipo de enunciado se relaciona con el Evangelio. Pudiera ser que yo no tuviera muchas más oportunidades de predicar, pero estoy decidido a esta cosa única: que no perderé nada de tiempo en temas secundarios, y cuando predique, habrá de ser el Evangelio, o algo muy cercanamente conectado con él. Me esforzaré cada vez por herir por la quinta costilla, y nunca dar golpes al aire. Aquellos que gustan de las superfluidades pueden tomar su ración llena de ellas, pero en cuanto a mí, he de apegarme a las grandiosas verdades necesarias por las cuales las almas de los hombres son salvadas.

Mi trabajo es predicar a Cristo crucificado y Su Evangelio que da a los hombres la salvación a través de la fe. Oigo cada vez y cuando acerca de sermones muy seductores sobre una u otra cosa nueva y resplendente. Algunos predicadores me recuerdan al emperador que tenía una maravillosa habilidad para esculpir cabezas de hombres en semillas de cerezas. Con qué multitud de predicadores contamos, que pueden hacer discursos maravillosamente finos a partir de un mero pensamiento pasajero, pero que no tienen ninguna trascendencia para nadie. Algunos de nosotros estaremos fríos en nuestras tumbas antes de que pasen muchas semanas, y no podemos darnos el gusto de jugar o de tomar las cosas a la ligera: necesitamos ver las repercusiones de todas las enseñanzas en nuestros destinos eternos, y en el Evangelio que derrama su luz en cuanto a nuestro futuro.

La resurrección de Cristo es vital, primero, porque nos dice que el Evangelio es el Evangelio de un Salvador vivo. No tenemos que enviar a nuestros penitentes al crucifijo, a la imagen muerta de un hombre muerto. No decimos: “¡Israel, estos son tus dioses!” No necesitamos que vayan a un pequeño niño Cristo criado por una mujer. Nada de ese tipo de cosas. ¡He aquí el Señor que vive y estuvo muerto y que vive por los siglos de los siglos, y que tiene las llaves de la muerte y del Hades! Contemplen en Él a un Salvador vivo y accesible, que desde la gloria clama todavía con amorosos acentos: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar”. “Puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos.” Yo digo que tenemos un Salvador vivo, y ¿no es esta una gloriosa característica del Evangelio?
Noten a continuación que tenemos un Salvador poderoso en conexión con el Evangelio que predicamos; pues Aquel que tuvo el poder de resucitarse a Sí mismo de los muertos, tiene todo el poder ahora que ha resucitado. Aquel que en la muerte venció a la muerte, puede conquistar mucho más por Su vida. Aquel que, a pesar de estar en el sepulcro, pudo romper todas sus ataduras, puede seguramente liberar a todo Su pueblo. Aquel que, viniendo bajo el poder de la ley, cumplió la ley, liberando así a Su pueblo de la servidumbre, ha de ser poderoso para salvar. Ustedes necesitan un Salvador fuerte y poderoso, y sin embargo, no necesitan uno más fuerte que Aquel de quien está escrito que resucitó de los muertos. Qué bendito Evangelio tenemos que predicar: el Evangelio de un Cristo vivo que ha regresado de los muertos, llevando cautiva la cautividad.

Y ahora noten que tenemos que predicarles el Evangelio de la completa justificación. No venimos y decimos: “Hermanos, Jesucristo, por Su muerte, hizo algo por lo que los hombres pueden ser salvados si tienen una mente para serlo, y cumplen diligentemente con sus buenas resoluciones.” No, no; decimos que Jesucristo tomó el pecado de Su pueblo sobre Sí mismo y soportó sus consecuencias en Su propio cuerpo sobre el madero, de tal forma que murió; y habiendo muerto, y habiendo pagado de esta manera el castigo, vive otra vez; y ahora, todos aquellos por los que murió, todo Su pueblo cuyo pecado llevó, son libres de la culpa del pecado.

Ustedes me preguntarán: “¿quiénes son ellos?” Y yo respondo: todos los que creen en Él. El que cree en Jesucristo es tan libre de la culpa del pecado como lo es Cristo. Nuestro Señor Jesús tomó el pecado de Su pueblo, y murió en el lugar del pecador, y ahora, habiendo sido puesto Él mismo en libertad, todo Su pueblo es puesto en libertad en su Representante.

Esta doctrina es digna de ser predicada. Uno puede muy bien levantarse de su cama para hablar acerca de la perfecta justificación por medio de la fe en Cristo Jesús. Pero sería igual seguir durmiendo que levantarse para decir que Jesús logró poco o nada por Su pasión y Su resurrección. Algunos parecen soñar que Jesús abrió un pequeño espacio por el cual tenemos una ligera oportunidad de alcanzar el perdón y la vida eterna, si somos diligentes durante muchos años.

Ese no es nuestro Evangelio. Jesús ha salvado a Su pueblo. Él ha cumplido la obra que le fue confiada. Terminó con la transgresión, puso un fin al pecado, y trajo la justicia eterna, y el que cree en Él no es condenado y no puede serlo nunca.

Además, la conexión de la resurrección y del Evangelio es esta: demuestra la seguridad de los santos, pues si cuando Cristo resucitó, Su pueblo resucitó también, resucitaron a una vida semejante a la de su Señor, y, por tanto, no pueden morir nunca. Está escrito, “Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él”, y lo mismo sucede con el creyente: si tú has muerto con Cristo y has resucitado con Cristo, la muerte no tiene más dominio sobre ti; no regresarás nunca a los miserables elementos del pecado, y no te convertirás en lo que eras antes de tu regeneración. No perecerás nunca, ni nadie te arrebatará de la mano de Jesús. Él ha puesto dentro de ti una simiente viva e incorruptible que vive y permanece para siempre. Él mismo dice: “El agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna.” Por tanto, aférrense a esto, y que la resurrección de su Señor sea la garantía de su propia perseverancia final.

Hermanos, no puedo detenerme para mostrarles cómo esta resurrección toca al Evangelio en cada punto, pero Pablo está siempre lleno de ella. Pablo habla acerca de la resurrección más de treinta veces, y lo hace a veces muy extensamente, dedicando capítulos enteros a este glorioso tema. Entre más pienso en ello, más me deleito en predicar a Jesús y la resurrección. Las buenas nuevas de que Cristo ha resucitado son tan verdaderamente el Evangelio, como la doctrina de que vino entre los hombres y por los hombres presentó Su sangre como una recompensa. Si los ángeles cantaron gloria a Dios en las alturas cuando el Señor nació, me siento impelido a repetir esa nota, ahora que Él resucitó de los muertos.”

Pueden leer el resto del sermón aquí.

sujetosalaroca.org
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