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¿Qué sucedió en Babel?

mayo 19, 2018

Hace unas semanas iniciamos estudiando el libro de Génesis en los devocionales familiares. Habíamos pasado varios años estudiando los cuatro Evangelios y decidimos, en lugar de seguir en el Nuevo Testamento, empezar a estudiar las Escrituras de principio a fin.

Y el día de ayer llegamos a un pasaje muy conocido en Génesis 11, la Torre de Babel. ¿Qué fue lo que sucedió allí? ¿Cómo debemos entender este pasaje? Y, ¿cómo debemos aplicarlo a nuestras vidas? Fueron algunas de las preguntas que quise responder con mi familia.

En los primeros nueve versículos de ese capítulo leemos lo siguiente,

Tenía entonces toda la tierra una sola lengua y unas mismas palabras. Y aconteció que cuando salieron de oriente, hallaron una llanura en la tierra de Sinar, y se establecieron allí. Y se dijeron unos a otros: Vamos, hagamos ladrillo y cozámoslo con fuego. Y les sirvió el ladrillo en lugar de piedra, y el asfalto en lugar de mezcla. Y dijeron: Vamos, edifiquémonos una ciudad y una torre, cuya cúspide llegue al cielo; y hagámonos un nombre, por si fuéremos esparcidos sobre la faz de toda la tierra. Y descendió Jehová para ver la ciudad y la torre que edificaban los hijos de los hombres. Y dijo Jehová: He aquí el pueblo es uno, y todos éstos tienen un solo lenguaje; y han comenzado la obra, y nada les hará desistir ahora de lo que han pensado hacer. Ahora, pues, descendamos, y confundamos allí su lengua, para que ninguno entienda el habla de su compañero. Así los esparció Jehová desde allí sobre la faz de toda la tierra, y dejaron de edificar la ciudad. Por esto fue llamado el nombre de ella Babel, porque allí confundió Jehová el lenguaje de toda la tierra, y desde allí los esparció sobre la faz de toda la tierra.”

Ahora, Génesis 11 no lo podemos entender si primero no entendemos su relación con el capítulo 10. Porque en ese capítulo Moisés describe la genealogía de Noé, pero lo hace con el fin de describirnos cómo fue que toda su descendencia y sus distintas familias llegaron a poblar cada rincón de la tierra.

Por ejemplo, Moisés nos cuenta como los hijos de Javán, quien fue uno de los hijos de Jafet, poblaron las costas “cada cual según su lengua, conforme a sus familias en sus naciones” (Gen. 10:5). Luego nos cuenta como los hijos de Sus llegaron a poblar desde “Sidón, en dirección a Girar, hasta Gaza; y en dirección de Sodoma, Gomorra, Adam y Zeboim, hasta Lasa” (10:19). Los hijos de Joctán, descendiente de Sem, “habitaron desde Mesa en dirección de Sefar, hasta la región montañosa del oriente” (10:30). Y en el último versículo del capítulo 10 Moisés escribió lo siguiente,

Estas son las familias de los hijos de Noé por sus descendencias, en sus naciones; y de éstos se esparcieron las naciones en la tierra después del diluvio.”

Pero, ¿y Génesis 11? Porque el primer versículo nos dice: “Tenía entonces toda la tierra una sola lengua y unas mismas palabras.” ¿No es que los descendientes de Noé se había esparcido por toda la tierra cada cual según sus familias, naciones y lenguas? Bueno, esa es la relación entre el capítulo 10 y el 11 que debemos entender. Génesis 10 nos cuenta a donde llegaron los hijos de Noé cuando fueron dispersados. Y Génesis 11 nos cuenta la razón por la cual fueron esparcidos por toda la tierra. En ese sentido los eventos narrados en Génesis 11 son anteriores, o podríamos decir son la causa, de los eventos que se nos narran en el capítulo 10

Ahora, la pregunta que debemos hacernos cuando terminamos de leer Génesis 10 es la siguiente: ¿Cómo fue que fueron esparcidos los hombres por toda la tierra? Bueno, para ello debemos recordar lo que Moisés nos contó en los primeros dos capítulos del libro. Después que Dios creara al hombre y a la mujer los bendijo y les dijo lo siguiente: “Fructificad y multiplicaos llenad la tierra, y sojuzgadla.”

El mandamiento de Dios para el hombre era multiplicarse, es decir, engendrar hijos, con el propósito de llenar la tierra y gobernarla. Y todo para la gloria de Dios. El propósito de este mandato cultural no era diferente al propósito para el cual Dios había creado todas las cosas: la manifestación de Su infinita gloria.

Sin embargo, Adán y Eva no lo quisieron hacer. Ellos no quisieron vivir para la gloria de Dios. Sino que por el contrario desearon vivir para su propia gloria. Y cuando Dios les dio un mandamiento, expresándoles a ellos el beneficio que sería vivir para Él, ellos prefirieron creerle a la serpiente la mentira de que si comían del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal ellos ya no necesitarían a Dios. Ellos podrían ahora decidir el bien y el mal para ellos. Ellos podían vivir ahora según sus propios deseos. Ya no necesitarían a Dios para decirles que era “bueno” o “malo” para ellos. Y así se rebelaron contra el mandamiento de Dios.

Y con ellos trajeron la corrupción a toda la creación. Ya nada sería como Dios lo había creado. Fue así como los hombres en lugar de vivir para la gloria de Dios vivieron para su propia gloria, buscando complacer sus propios deseos y no los de Dios. Y cuando los hombres empezaron a multiplicarse así también se empezó a multiplicar el pecado en el mundo. Por eso leemos lo siguiente en Génesis 6,

Y vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal.”

Fue por esa razón que Dios trajo un diluvio. Dios traería juicio sobre una humanidad que se había rebelado contra Él. Dios castigaría a una humanidad que no había querido obedecer la Ley de Dios ni cumplir el propósito para el cual Dios los había creado.

Sin embargo, Génesis capítulo 9 nos muestra una realidad. Dios había salvado, por gracia, a Noé y a su familia. Noé, como se nos dice en Génesis 6:8, había hallado gracia ante los ojos de Dios. Pero, la realidad que vemos en Génesis 9 es que el diluvio no había podido erradicar de la tierra el pecado. Prácticamente toda la humanidad fue quitada de la tierra por agua, pero el pecado permanecía aún. ¿Por qué? Porque la humanidad había permanecido en la tierra en Nope y su familia. Y la evidencia la vemos en la borrachera de Noé y en el gravísimo pecado de Cam.

Sin embargo, inmediatamente después que Noé saliera del arca, Dios le da un mandamiento: “Bendijo Dios a Noé y a sus hijos, y les dijo: Fructificad y multiplicaos, y llenad la tierra.” El mismo mandamiento cultural que le había sido dado a Adán, fue lo mismo que le dijo el Señor a Noé. El propósito del hombre era multiplicarse y llenar la tierra para manifestar la gloria de Dios. Es así como llegamos a Génesis 11. Los hombres fueron esparcidos por la faz de la tierra, pero, ¿por qué? ¿Fue acaso en obediencia a Dios? Tristemente no.

En Génesis 11 vemos a toda la humanidad “con una sola lengua.” Salieron de oriente y encontraron una gran llanura en Sinar. Y, ¿qué hicieron? ¿Dijeron: “Dios nos dijo que teníamos que multiplicarnos y esparcirnos por toda la tierra proclamando Su gloria”? No, sino que contrario al mandamiento que Dios les había dado dijeron: “Vamos, edifiquémonos una ciudad y una torre, cuya cúspide llegue al cielo y hagámonos un nombre, por si fuéremos esparcidos sobre la faz de toda la tierra.

¿Leyeron eso? Su deseo era construir una ciudad en donde pudieran vivir todos juntos construir una torre para hacerse un “nombre” para ellos mismos, por si acaso fueran esparcidos sobre la faz de toda la tierra. Su deseo no era obedecer el mandamiento de Dios. Su deseo, por el contrario, era desobedecerle y permanecer en un solo lugar en la tierra. Y no sólo eso, sino que en lugar de desear la gloria de Dios lo que buscaban era su propia gloria. “Lo que queremos es hacernos un nombre lo que queremos es que todos nos conozcan lo que queremos es que nuestra gloria sea manifiesta a toda la tierra.

El pecado no había sido erradicado de la tierra con el diluvio. Los hombres seguían en la misma condición en la que estaban los hombres en Génesis 6:5 antes de que viniera el juicio de Dios. Bueno, Génesis 11 nos cuenta que Dios hizo lo mismo que hizo en Génesis 6. Dios descendió para ver lo que estaban haciendo los hombres, y lo que vio fue la necedad del hombre su deseo de seguir pecando contra Su Creador. Noten lo que dijo el Señor en el versículo 6: “y nada les hará desistir ahora de lo que han pensado hacer.”

El orgullo, la desobediencia, la rebeldía, la codicia, había permanecido con la humanidad. En lugar de obedecer a Dios y en lugar de vivir y buscar Su gloria, lo que hicieron fue desobedecerle y buscar la suya propia. ¿Qué hizo Dios? Bueno, como leemos en el versículo 7, Dios confundió aquel día su lengua, e hizo que los hombres hablaran diferentes lenguas con el propósito de que ninguno pudiera entender a su hermano. Babel fue el juicio de Dios sobre una humanidad rebelde. Si los hombres no iban a obedecer el mandamiento cultural de Dios, Dios los iba a hacer obedecer. Es así como leemos lo siguiente en los versículos 8 y 9,

Así los esparció Jehová desde allí sobre la faz de toda la tierra, y dejaron de edificar la ciudad. Por esto fue llamado el nombre de ella Babel, porque allí confundió Jehová el lenguaje de toda la tierra, y desde allí los esparció sobre la faz de toda la tierra.”

Fue el pecado del hombre lo que trajo las diferentes lenguas al mundo. Fue el pecado del hombre lo que trajo división y problemas a la humanidad. Pero, el pecado no sería un obstáculo para que Dios cumpliera Sus planes. El hombre iba a llenar toda la tierra para Su gloria, y eso fue lo que ocurrió.

Ahora, ¿cómo podemos aplicar estas verdades a nuestras vidas? Bueno, primero entendiendo el propósito para el cual fuimos creados cada uno de nosotros. Los catecismo que surgieron de la teología de la Reforma Protestante enfatizaban lo siguiente: “¿Cuál es el propósito principal del hombre? El propósito principal del hombre es glorificar a Dios.” Para eso fuimos creados. Y es lo que nosotros debemos entender. Fue por eso que el apóstol Pablo le dijo a los Corintios lo siguiente: “Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios” (1 Cor. 10:31).

Como Cristianos debemos entender que nosotros no vivimos para nosotros mismos. Eso es lo que el mundo nos quiere hacer creer. Nosotros vivimos para Dios y para que Él sea glorificado para que Su nombre sea conocido y para que Su creación lo alabe a Él. Por lo tanto, debemos entender como el pecado en nosotros impide que podamos vivir con ese fin.

Cuando nosotros pecamos, de cualquier manera, estamos diciéndole al mundo que nosotros somos más importantes que Dios; que cumplir nuestros deseos es más importante que cumplir y obedecer los mandamientos del Señor; que nuestro nombre es más importante para el mundo que el nombre de Dios. El pecado nos lleva a vivir para nosotros y no para Dios.

Es por eso que nuestro deber es “hacer morir las obras de la carne” (Romanos 8:13). Obviamente para nuestro bien físico y espiritual pero sobre todo para la gloria de Dios. Para que los hombres vean nuestras manera de vivir y puedan así “glorificar a vuestro Padre que está en los cielos” (Mateo 5:16). La meta del Cristiano es vivir de tal manera que nuestro Dios sea magnificado entre los hombres que los hombres se pregunten: ¿por qué es que esta persona vive así? ¿Por qué es que esta persona no se deleita en las cosas en las que yo me deleito?

Pero, también, la iglesia debe entender esto. El Señor nos dio un mandamiento antes de Su ascensión: “Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado.” Por un tiempo la iglesia primitiva desobedeció este mandamiento. Viendo el gran número de conversiones que estaban teniendo decidieron desobedecer al Señor y quedarse en Jerusalén. Aquella ciudad fue para los primeros cristianos como Babel fue para los descendientes de Noé.

¿Y qué hizo el Señor? Trajo una terrible persecución sobre ellos. Si estos cristianos no iban a obedecer el mandamiento de ir por toda la tierra haciendo discípulos para la gloria de Dios, entonces Dios los iba a hacer cumplir Su plan. Y el primer mártir fue Esteban. Pero con aquella persecución ocurrió lo siguiente,

Y Saulo asolaba a la iglesia, y entrando casa por casa, arrastraba a hombre sy mujeres, y los entregaba en la cárcel. Pero los que fueron esparcidos iban por todas partes anunciando el Evangelio. ” Hechos 8:3-4

Como iglesia debemos entender el mandamiento de Dios de llenar la tierra con discípulos Suyos. No con nuestras propias fuerzas ni en nuestra sabiduría sino predicando el Evangelio de Dios. Nuestra misión como iglesia es ir a todos lados en donde Dios nos pusiera predicando el mensaje de salvación.

Ahora, ¿entendemos la razón? Bueno, precisamente porque como los descendientes de Noé, todos los hombres “pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23). Todos los hombres necesitan ser reconciliados con Dios; necesitan un nuevo corazón una nueva vida, para poder cumplir el mandamiento de Dios.

Pero, mientras predicamos el Evangelio Dios salva a hombres y mujeres de entre todas las naciones, les da ese nuevo corazón y esa nueva vida que tanto necesitan, los reconcilia, los justifica, los adopta como Sus hijos, y los trae a la iglesia. Pues, es en la iglesia, como le dijo Pablo a los Efesios, en donde la “multiforme” sabiduría de Dios le es dada a conocer a los principados y potestades en los lugares celestiales.

Esa palabra “multiforme” es el mismo término con el que la Septuaginta LXX traduce la descripción hebrea del abrigo de José, el hijo de Jacob. Es la misma palabra que es traducida allí como “multicolor.” Es en la iglesia en donde Dios le da a conocer al mundo Su sabiduría, haciendo un solo y nuevo hombre, con personas de toda lengua, toda nación y toda lengua. Haciendo un solo pueblo de personas muy diferentes la una de la otra.

Lo que los hombres quisieron hacer en Babel rebelándose a Dios para Su gloria, es lo que Dios hizo en la iglesia para Su gloria. Fue en la iglesia en donde Dios ha hecho cumplir ese mandato cultural que le fue dado a Adán y a Noé.

Por lo tanto, nuestro deber, no sólo es apreciar la iglesia y lo que ella representa en el plan de Dios, sino también ver la necesidad y el mandamiento que tenemos de obedecer al Señor yendo al mundo a predicar el Evangelio. No podemos quedarnos cómodos en un solo lugar. No podemos quedarnos cómodos con la “x” cantidad de miembros que tenemos en la iglesia. Nuestro deber es ir al mundo predicando el Evangelio, plantando iglesias, e invitando a más personas a la iglesia. Pues desobedecer podría traer a nosotros la disciplina del Señor como la experimentó la iglesia de Jerusalén.

Que nuestra meta sea vivir para la gloria de Dios, tanto en nuestras vidas individuales, como en nuestra vida como iglesia.

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