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Spurgeon: El Mundo Trastornado

junio 9, 2008

Un sermón predicado la mañana del Domingo 9 de Mayo, 1858

“Estos que trastornan el mundo entero también han venido acá.” Hechos 17:6

Esta es simplemente una antigua versión de una historia que se repite a menudo. Cuando surgen disturbios en un estado, y rebeliones y motines provocan el derramamiento de sangre, sigue siendo una costumbre gritar: “los cristianos han hecho esto.” En los días de Jesús, sabemos que se acusaba a nuestro bendito y divino Maestro de ser el promotor de la sedición, aunque, por el contrario, Él mismo había rehusado que lo hicieran rey cuando Sus seguidores querían llevárselo a la fuerza para coronarlo, pues dijo: “Mi reino no es de este mundo”. Sin embargo, Él fue crucificado bajo los dos falsos cargos de sedición y blasfemia.

Lo mismo ocurrió con los apóstoles. Doquiera que iban a predicar el Evangelio, los judíos que se les oponían buscaban soliviantar al vulgo de la ciudad para poner un fin a su ministerio. Allí en Tesalónica, los propios judíos provocaron un gran tumulto y tomaron consigo a algunos ociosos, hombres malos, y juntando una turba, alborotaron la ciudad; y asaltando la casa de Jasón, procuraban sacarlo al pueblo, aunque culparon del tumulto a los apóstoles diciendo: “Estos que trastornan el mundo entero también han venido acá.”

Este plan fue seguido a todo lo largo del imperio romano, hasta el tiempo en que la religión cristiana se convirtió en la religión del estado. Nunca sobrevino una calamidad a Roma, nunca se presentó una guerra, nunca una hambruna o una peste, sin que el vulgo clamara: “¡los cristianos a los leones! Los cristianos son los culpables.” El propio Nerón atribuyó el incendio de Roma, del cual sin duda había sido el incendiario, a los cristianos.

Los creyentes en Jesús eran calumniados como si fuesen una alcantarilla común en la que había de volcarse toda la inmundicia del pecado; por el contrario, ellos eran semejantes al grandioso mar de bronce bruñido de Salomón, que estaba lleno del agua más pura con la que incluso los sacerdotes lavaban sus vestiduras.

Y ustedes notarán que, hasta este día, el mundo todavía culpa de sus males a los cristianos. ¿Acaso no fue el insensato clamor hace unos cuantos meses, -y existen algunos individuos de débiles mentes que todavía lo creen- que la gran masacre y el motín de la India fueron provocados por los misioneros? Es cierto que los hombres que trastornaban el mundo habían ido también allí. Pero debido a que otros individuos abrían grandes brechas en todos los límites de la naturaleza y de la ley, y cometían actos por los que hasta los demonios podrían enrojecer, ¡esto también debía ser inculpado al santo Evangelio de Cristo, y los hombres de paz debían cargar sobre sus hombros con la culpa de la guerra!

¡Ah!, nosotros no tenemos que refutar esto: la calumnia es demasiado vana para que sea necesaria una refutación. ¿Acaso podría ser cierto que aquellos cuyo Evangelio es amor, fueran los promotores del disturbio? ¿Podría ser justo por un momento culpar al Evangelio por el motín y la rebelión, cuando su propio lema es: “En la tierra paz, buena voluntad para con los hombres”? ¿Acaso no dijo nuestro Maestro: “Dad a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios”? ¿Acaso Él mismo no pagó el tributo aunque haya recurrido a un pez del mar para obtener el estatero? ¿Y acaso Sus seguidores no han sido en todo momento una generación pacífica? Esto ha sido siempre así, excepto cuando se quiso coartar la libertad de su conciencia, en cuyo caso no fueron hombres dispuestos a doblar sus rodillas ante los tiranos y los reyes, sino que conjuntamente con el valeroso y viejo Oliver encadenaron a sus reyes y a sus nobles con grilletes herrados; y volverían a hacer lo mismo si su libertad fuera coartada alguna vez y se les impidiera adorar a Dios como deben hacerlo.

Nosotros creemos que lo que estos judíos decían de los apóstoles era justamente una categórica y deliberada mentira. Ellos sabían que no era verdad. Los apóstoles no eran perturbadores de los estados. Es cierto que ellos predicaban lo que perturbaría la constitución pecaminosa de un reino, y que perturbaría las malas prácticas de los falsos sacerdotes; pero la intención suya nunca fue la de provocar un alboroto en la gente. Ellos en verdad venían a levantar en armas a los hombres en contra del pecado; ellos desenvainaban la espada contra la iniquidad; pero no presentaban ninguna batalla contra los hombres por ser hombres, ni contra los reyes por ser reyes; más bien ellos proclamaban por doquier una guerra sin cuartel contra la iniquidad y el pecado y contra el mal.

Sin embargo, hermanos, nosotros creemos que hay muchas palabras verdaderas cuya intención era la burla, y es cierto que hay muchas palabras verdaderas que fueron expresadas con malicia. Ellos decían que los apóstoles trastornaban el mundo. Con eso querían decir que eran perturbadores de la paz. Pero estaban diciendo algo muy verdadero, pues el Evangelio de Cristo, en efecto, trastorna el mundo. El extremo superior estaba mal ubicado anteriormente, y ahora que el Evangelio es predicado, y cuando prevalezca, pondrá al mundo en la posición correcta, trastornándolo.

Y ahora voy a intentar mostrarles cómo el Evangelio de Cristo trastorna el mundo en general; y luego me voy a esforzar, en la medida en que Dios me ayude, para mostrarles cómo el pequeño mundo que está en el interior de cada hombre es trastornado cuando ese hombre se convierte en un creyente en el Evangelio de Cristo.

I. Primero, entonces, el Evangelio de Cristo trastorna el mundo EN LO TOCANTE A LA POSICIÓN OCUPADA POR DIFERENTES CLASES DE HOMBRES.

En la estima de los hombres, el reino de los cielos es algo parecido a esto: en lo alto, sobre la cumbre, está ubicado el más grande rabí, el sumamente venerable, estimable y excelente doctor en teología, el gran filósofo, el hombre verdaderamente ilustrado, el hombre profundamente instruido, el hombre inmensamente intelectual. Él está colocado en el ápice: está en lo más alto, porque es el más sabio.

Y justo debajo de él, hay una clase de hombres que son profundamente eruditos -no tan capaces como el primero- pero aun así sumamente sabios, que miran desde arriba a los que están en la base de la pirámide, y comentan: “ah, ellos conforman la innoble multitud, y no saben absolutamente nada.”

Un poquito más abajo, vemos a los hombres sobrios, respetables y pensantes, que no son establecidos como maestros, pero que raramente están dispuestos a ser enseñados, puesto que, en su propia opinión, ya saben todo lo que ha de aprenderse.

Y después de ellos viene todavía un mayor número de individuos muy estimables que son sumamente sabios en la sabiduría del mundo, aunque no son tan exaltados como el filósofo y el rabí. Más abajo aún siguen aquellos que sólo tienen una respetable cantidad de sabiduría y de conocimiento; y, luego, en la propia base están ubicados el insensato, el niño pequeño y el bebé. Cuando miramos a estos, decimos: “esta es la sabiduría de este mundo. ¡Contemplen cuán grande diferencia hay entre el bebé que está en la base y el instruido doctor colocado en la cima! Cuán amplia es la diferencia entre el ignorante simplón que forma parte del sótano duro, rocoso y terco, y el hombre sabio hecho de mármol pulido, que luce resplandeciente en el ápice de la pirámide.”

Sólo miren ahora cómo Cristo trastorna el mundo. Allí está. Él simplemente lo invierte: “De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos.” “Pues mirad, hermanos, vuestra vocación, que no sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que lo necio del mundo escogió Dios, ricos en fe, herederos del reino.” Trastorna precisamente toda la urdimbre social; y el sabio descubre ahora que tiene que subir por las escaleras para buscar su simplicidad. Él ha estado procurando toda su vida, en la medida de lo posible, alejarse de la simplicidad del crédulo niño; ha estado pensando, y juzgando, y sopesando, y aplicando su lógica a cada verdad que escuchaba, y ahora ha de recomenzar y subir de nuevo: se tiene que convertir en un niño, y ha de regresar a su pasada simplicidad. Este es el mundo trastornado violentamente; y, por tanto, el sabio difícilmente lo aprecia.

Si deseas ver al mundo trastornado a la perfección, lee el capítulo quinto del Evangelio de Mateo: allí tienes un resumen completo del mundo puesto de cabeza. Jesucristo trastornó el mundo con el primer sermón que predicó. Mira el versículo tercero: “Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.” Pero a nosotros nos cae bien un hombre que tiene un espíritu ambicioso -un hombre que, como decimos, sabe cómo abrirse paso en el mundo- que mira hacia arriba; que no está contento con la posición que ocupa, sino que siempre está dispuesto a escalar más y más alto.

Y también tenemos una muy buena opinión de un hombre que tenga una muy buena opinión de sí mismo; un hombre que no se doblegue ni se rebaje. Él defenderá sus derechos; eso hará; no cederá ante nadie. Se cree alguien, y se sostendrá en su creencia, y se lo demostrará al mundo. Él no es como algunos de sus semejantes apocados, que se contentan con la pobreza y se quedan tranquilos con lo que tienen. Él no se quedará contento. El mundo admira a un hombre así.

Pero Cristo simplemente trastorna eso y dice: “Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.” Se refiere a los hombres que no tienen una fortaleza propia pero que buscan en Cristo toda fortaleza; a los hombres que no tienen un espíritu para correr junto a un mundo malvado, sino que prefieren sufrir una lesión que infringirla; a los hombres que son mansos y de comportamiento humilde, que no buscan alzar su cabeza por encima de sus semejantes; a aquellos que si son grandes es porque la grandeza les fue infundida aunque nunca la buscaron; a los que están contentos a lo largo del fresco y apartado valle de la vida, y pueden mantener un ritmo sostenido en su camino y para quienes pareciera que siempre está sonando en los oídos esta frase: “¿Y tú buscas para ti grandezas? No las busques”; “los pobres en espíritu”: hombres que son felices en su pobreza, que están contentos con la providencia de Dios y que se consideran mucho más ricos de lo que merecen ser. Ahora, Cristo dice que estos hombres son bienaventurados. El mundo dice que son blandos y que son insensatos; pero Cristo coloca en la cima a aquellos que el mundo pone en el fondo. “Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.”

Además existe otro grupo de personas en el mundo; son personas que siempre están lamentándose. No te lo dejan ver a menudo, pues su Señor les ha dicho que cuando ayunen unjan su rostro, para no mostrar a los hombres que ayunan; pero, aun así, secretamente delante de Dios, tienen que gemir; cuelgan sus arpas sobre los sauces; se lamentan por su propio pecado, y también se lamentan por el pecado de los tiempos. El mundo dice de ellos: “constituyen un grupo melancólico y apático y no me interesaría pertenecer a ese grupo”; y el alegre fiestero los ve y casi llega a escupirlos en su escarnio. Pues, ¿qué son ellos? Sólo aman las tinieblas. Son los sauces llorones del raudal; en cambio este otro hombre, como el altivo álamo, alza su cabeza y es sacudido de un lado a otro por el viento de su dicha, y se jacta de su grandeza y de su libertad. Escucha cómo habla el alegre joven a su amigo que se lamenta porque está bajo convicción de pecado: “¡ah, la tuya es una disposición mórbida! Me das lástima; deberías estar bajo el cuidado de algún médico. Te la pasas lamentándote en medio del mundo. ¡Es algo muy funesto encontrarse sumido en las olas de la tribulación! ¡Qué caso tan aciago es el tuyo! No quisiera estar en tus zapatos ni tomar tu posición por nada del mundo.”

No, pero Cristo trastorna el mundo; y así, esas personas que consideras tristes y afligidas son precisamente las mismas que habrán de regocijarse. Pues lean el versículo cuatro: “Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación.” Sí, hombre mundano, tu gozo es semejante al crepitar de las espinas bajo una olla. Flamea un poco y hace mucho ruido: pero pronto se acaba.

Sin embargo, “Luz está sembrada para el justo, y alegría para los rectos de corazón.” Ahora no puedes ver la luz, porque está sembrada. Quizá yace bajo los terrones de la pobreza, y de la vergüenza, y de la persecución. Pero cuando llegue el día de la gran cosecha, las hojas de luz, irguiéndose ante la segunda venida, producirán “grano lleno en la espiga” de bienaventuranza y gloria eternas. Oh, ustedes almas afligidas, alégrense; pues aunque el mundo los coloque al fondo, Cristo los pondrá en la cabeza del mundo. Cuando Él trastorne el mundo, dice que recibirán consolación.

Luego hay otro tipo de individuos, llamados “los mansos“. Seguramente se habrán encontrado con ellos de vez en cuando. Permítanme describirles la condición opuesta: conozco a un hombre que nunca está feliz a menos que tenga un juicio legal; no está nunca dispuesto a pagar ni una sola cuenta a menos que reciba un requerimiento legal. Le encanta la ley. La idea de citar a alguien a la corte es una golosina para él. No olvidará fácilmente ninguna ligera afrenta. Posee una gran cantidad de dignidad ficticia; y aunque se le toque muy ligeramente, si se pronuncia una dura palabra en su contra, o se le levanta una calumnia, se lanza contra su enemigo de inmediato; pues es un hombre de un temperamento duro, y mete a la cárcel al deudor, y en verdad les digo que si entraran a la cárcel por una demanda suya, no saldrían nunca hasta haber pagado el último cuadrante.

Ahora, los mansos son de una disposición muy diferente. Podrías vituperarlos, pero ellos no responderán; podrías injuriarlos, pero ellos saben que su Señor ha dicho: “Pero yo os digo: No resistáis al que es malo”. No estallan en iras y pasiones ante una ligera afrenta, pues saben que todos los hombres son imperfectos, y, por tanto, piensan que tal vez su hermano cometió un error y no deseaba herir sus sentimientos; y, por ello, dicen: “bien, si no deseaba hacerlo, entonces no me he de ver afectado por esa situación; me atrevo a decir que tenía buenas intenciones, y entonces me quedo con lo que quiso y no con lo que hizo; y aunque habló duramente, seguramente mañana lo lamentará; yo no le mencionaré nada; voy a tolerar todo lo que me diga.” Si lanzaran una calumnia en su contra, diría: “bien, no me importa; se apagará sola; donde no hay leña, el fuego no prospera.” Otro habla muy mal en su contra a sus oídos; pero él se queda callado; él está sordo y no abre su boca. No es como el hijo de Sarvia que le dijo a David: “Te ruego que me dejes pasar, y le quitaré la cabeza a este perro muerto, porque maldijo a mi señor el rey.” Él responde: “Dejadle que maldiga, pues Jehová se lo ha dicho.” “Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor.” Se contenta con aguantar y se reprime, y tolera mil injurias es vez de infligir una; mansa y tranquilamente prosigue su camino aunque el mundo y la gente digan: “¡ah!, ese hombre no podrá progresar; siempre será estafado. Vamos, estará siempre prestando dinero, y nunca le pagarán; estará dando su riqueza a los pobres, y no la volverá a ver. ¡Cuán estúpido es! Él permite que la gente quebrante sus derechos; no tiene fortaleza mental; desconoce cómo defenderse, pues es un tonto.”

Ay, pero Cristo trastorna esto y dice: “Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad.” ¿No es eso irritante para ustedes que son avaros, para ustedes que son personas gallardas, para ustedes los abogados, ustedes que siempre están tratando de meter en problemas a su vecino si tocara sus derechos? Ustedes lo hacen para heredar la tierra: pero vean cómo Cristo los fastidia y pisa su sabiduría. Él dice: “los mansos recibirán la tierra por heredad.” Después de todo, muy a menudo, la mejor manera de validar nuestros derechos es no ocuparnos de ellos.

Yo estoy muy seguro de que la manera más eficaz de defender su carácter, es no decir nunca una sola palabra acerca de él. Si todos en este lugar decidieran calumniarme, y pronunciar las más furiosas difamaciones que pluguieran, podrían estar absolutamente seguros de que nunca recibirán una demanda legal de parte mía. No soy tan insensato como para hacer eso. He observado siempre que cuando un hombre se defiende en un tribunal de justicia contra cualquier calumnia, simplemente le hace la tarea al enemigo con su propia mano. Nuestros enemigos no pueden hacernos daño, a menos que nosotros mismos nos hagamos el daño. Nunca fue lesionado el carácter de un hombre excepto por sí mismo. Pertenezcan a los mansos y heredarán la tierra. Toleren todas las cosas, esperen todas las cosas, crean en todas la cosas, y será lo mejor -incluso en esta tierra- a la larga.

¿Pueden ver a aquel caballero muy respetable que está por allá, que nunca ha dejado de asistir a su iglesia o a su capilla dos veces cada domingo desde que se convirtió en un adulto? Lee también su Biblia, y ora en familia. Es verdad que hay algunas historias que andan volando por allí, en el sentido que es duro con sus trabajadores, y exigente a veces con sus pagos; es equitativo para con todos los hombres, pero no va más allá de eso. Este hombre tiene una excelente relación consigo mismo; cuando se levanta por la mañana, se da la mano a sí mismo, y se felicita por ser tan excelente persona. Él generalmente vive en la calle principal -en su opinión- y en el primer número de la calle, también. Si le hablaras acerca de su situación con Dios, dice que si él no va al cielo, nadie irá; pues él paga con exactitud a todo el mundo; él es estrictamente recto, y no hay nadie que pueda encontrarle una falla a su carácter. ¿Acaso no es un buen hombre? ¿No lo envidias? Es un hombre que tiene una opinión tan excelente de sí que se considera perfecto; o, si no es lo suficientemente perfecto, es tan bueno que cree que con una pequeña ayuda, entrará al reino de los cielos.

Bien, ahora, ¿pueden ver a una pobre mujer, parada al fondo de la iglesia, con lágrimas que ruedan de sus ojos? ‘Dé un paso al frente, señora; permítanos escuchar su historia.’ Ella tiene miedo de pasar al frente; no se atreve a hablar en presencia de personas respetables; pero logramos entender esto en cuanto a ella: ha descubierto últimamente que está llena de pecado, y desea saber qué ha de hacer para ser salva. Pregúntenle. Ella responde que no tiene méritos propios. Su cantinela es: “soy la primera de los pecadores. ¡Oh, que la misericordia me salvara!” Ella nunca se felicita por sus buenas obras, pues afirma que no tiene ninguna obra buena; todas sus justicias son como trapos de inmundicia; ella pone su boca en el propio polvo cuando ora, y no quiere ni aun alzar sus ojos al cielo. Ustedes sienten piedad por esa pobre mujer. No quisieran encontrarse en su caso. El otro hombre que acabo de mencionar está en la parte superior de la escalera, ¿no es cierto? Pero esta pobre mujer se encuentra en el fondo.

Ahora vean solamente cuál es el proceso del Evangelio: el mundo trastornado. “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.” Mientras que el hombre que está satisfecho de sí mismo tiene esto como su porción: “Todos los que dependen de las obras de la ley están bajo maldición”; los publicanos y las rameras van delante de ustedes al reino de Dios, porque ustedes no buscan la justicia que es por fe, sino que la buscan como si fuera por las obras de la ley. Así que aquí ven ustedes que el mundo fue trastornado por el primer sermón que Cristo predicó.

Ahora vayan a la siguiente bienaventuranza: “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.” De esto ya he hablado. Los misericordiosos no son muy respetados en este mundo, al menos si son imprudentemente misericordiosos; el hombre que perdona demasiado, o que es demasiado generoso, no es considerado un sabio. Pero Cristo declara que aquel que ha sido misericordioso: misericordioso para satisfacer las necesidades de los pobres, misericordioso para perdonar a sus enemigos y para pasar por alto sus ofensas, alcanzará misericordia. Aquí, nuevamente, el mundo es trastornado.

“Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios.” El mundo dice: “bienaventurado es el hombre que se entrega a una vida de alegría.” Si le preguntaran al común de la humanidad quién es el hombre feliz, responderían: “el hombre feliz es aquel que tiene abundancia de dinero, y lo gasta liberalmente, y es liberado de toda restricción; cuya vida es una fiesta danzante y que bebe de la copa de la intoxicación; que va disolutamente de parranda; que, como el potro salvaje de la pradera, no es frenado por el orden, ni restringido por la razón, sino que se lanza por las anchas llanuras del pecado, sin arneses, sin guía, sin límites.”

Este es el hombre al que el mundo llama feliz: el hombre altivo, el hombre fuerte, el Nimrod, el hombre que puede hacer todo lo que desea, y que menosprecia mantenerse en la angosta vía de la santidad. Ahora, la Escritura dice: no es así; “Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios.”

“Bienaventurado es el hombre que evita el lugar
Donde los pecadores disfrutan reunirse;
Que teme hollar los malvados caminos,
Y odia el asiento del escarnecedor.”

Bienaventurado es el hombre que no puede tocar algo porque sería lascivo, ni alguna otra cosa porque estropearía su comunión con su Señor; el hombre que no puede frecuentar el lugar de diversión, porque allí no podría orar, y que no puede ir a otro lugar, porque no podría esperar contar con el beneplácito de su Señor para la hora gastada en ese sitio. Ese hombre, el de limpio corazón, es considerado un moralista puritano, un sabatario estricto, un hombre que no tiene un criterio propio; pero Jesucristo endereza todo, pues dice: estos son los hombres bienaventurados, estos son los hombres felices. “Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios.”

Y ahora consideren el versículo noveno. ¡Qué trastorno del mundo es ese! Caminen a lo largo de Londres, y, ¿quiénes son los hombres que están colocados sobre nuestras columnas y pilares, y sobre las puertas de nuestros parques y otros lugares? Lean el versículo noveno, y vean cómo trastorna el mundo. Allí, sobre la propia cima del mundo, muy en alto, puede verse la manga sin el brazo de un Nelson: allí está, exaltado en lo alto sobre sus semejantes; y allá, en otro lugar, con un escuadrón a su espalda, está un duque; y en otro lugar, cabalgando sobre un caballo de guerra está un valiente militar. Estos son los héroes bienaventurados según el mundo. Vayan a la capital de cualquier imperio que elijan, y verán que los bienaventurados que son puestos sobre pedestales, y que tienen estatuas erigidas en su memoria, y que son colocados en nuestra Catedral de San Pablo, y en nuestra Abadía de Westminster, no son exactamente los hombres mencionados en el versículo noveno. Leámoslo.

“Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios.” Ah, pero ustedes no bendicen a menudo a los pacificadores, ¿no es cierto? El hombre que está colocado entre dos contendientes y en consecuencia recibe él mismo el golpe -el hombre que cae en tierra y que suplica a otros que cesen de combatir- esos son los hombres bienaventurados. Cuán raramente son colocados en alto. Son generalmente hechos a un lado como personas que no pueden ser bienaventuradas, a pesar de que intentaron hacer a otros bienaventurados. Aquí tenemos el mundo trastornado.

El guerrero con su vestidura manchada en sangre, es colocado en la innoble tierra, para que muera y descomponga; pero el pacificador es alzado, y la corona de bienaventuranza de Dios es colocada alrededor de su cabeza, y los hombres la verán un día, y admirados lamentarán su propia insensatez, puesto que ellos exaltaron la espada ensangrentada del guerrero, pero rasgaron el modesto manto del hombre que fue un pacificador en medio de la humanidad.

Y para concluir el sermón de nuestro Salvador, noten además que encontramos en este mundo una raza de personas que siempre han sido odiadas; una clase de hombres que han sido cazados como cabras salvajes; perseguidos, afligidos, y atormentados. Como dice un viejo teólogo: “el cristiano ha sido considerado como si tuviese una cabeza de lobo, pues así como el lobo era cazado en todas partes por su cabeza, así ha sido cazado el cristiano hasta los últimos confines de la tierra.” Y cuando leemos la historia estamos inclinados a decir: “estas personas perseguidas ocupan el lugar más bajo de la bienaventuranza; estos que han sido aserrados, que han sido quemados, que han visto sus casas destruidas, y que han sido expulsados como exiliados sin hogar a todos los extremos de la tierra; estos hombres que han deambulado vestidos con pieles de oveja, y pieles de cabra; estos son los últimos de la humanidad.” Pero no es así. El Evangelio invierte todo esto, y dice: “Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.” Repito: el conjunto completo de estas bienaventuranzas está precisamente en conflicto con la opinión del mundo; y podemos citar las palabras de los judíos, y decir: “Jesucristo fue ‘el hombre que trastornó el mundo.'”

Y ahora me doy cuenta de que he de ser muy breve, pues me he tomado demasiado tiempo esforzándome por mostrarles cómo el Evangelio de Cristo trastornó el mundo, en cuanto a la posición de sus caracteres, que no me queda tiempo para nada más. Pero, si me tienen paciencia, mencionaré brevemente los otros puntos.

He de señalar, a continuación, que la religión cristiana trastorna el mundo con sus máximas. Sólo voy a citar unos cuantos textos que demuestran esto muy claramente. “Oísteis que fue dicho: Ojo por ojo, y diente por diente. Pero yo os digo: No resistáis al que es malo.” Ha sido generalmente sostenido por cada uno de nosotros, que no hemos de permitir que nadie quebrante nuestros derechos; pero el Salvador dice: “Al que quiera ponerte a pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa.” “A cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra.” Si estos preceptos fuesen guardados, ¿no trastornarían el mundo? “Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo”; pero Jesucristo dijo: “El amor ha de ser para todos los hombres.” Él nos manda amar a nuestros enemigos, y a orar por aquellos que nos usan malignamente. Él dice: “Si tu enemigo tuviere hambre, dale de comer; si tuviere sed, dale de beber; pues haciendo esto, ascuas de fuego amontonarás sobre su cabeza.” Esto en verdad sería trastornar el mundo; pues, ¿qué sería de nuestros barcos de guerra y de nuestros guerreros, si por las troneras donde ahora ponemos los cañones, enviáramos a alguna ciudad enemiga en llamas -por ejemplo, a la incendiada Sebastopol- si enviáramos a los habitantes que se quedaron sin casa porque fueron corridos de sus hogares, barriles de carne, y bultos de pan y ropa, para satisfacer sus necesidades? Eso habría representado la reversión de toda política humana; y sin embargo habría sido la aplicación de la ley de Cristo, después de todo.

Así habrá de ser en los días venideros, en los que nuestros enemigos serán amados, y nuestros adversarios serán alimentados. Se nos dice también, en estos tiempos, que es bueno que un hombre acumule para sí abundante riqueza, y que se vuelva rico, pero Jesucristo trastornó el mundo, pues Él dijo que hubo un cierto hombre rico que se vestía de púrpura y que pasaba sus días suntuosamente, y que sus campos producían abundantes cosechas; y que se dijo: “Derribaré mis graneros, y los edificaré mayores.” Pero el Señor le dice: “¡Necio!” Esto es trastornar todo en el mundo.

Ustedes lo habrían convertido en un Regidor o en un Alcalde; los padres habrían acariciado las cabezas de sus hijos, diciéndoles: “todo lo logró a base de frugalidad y diligencia; mira cómo ha prosperado en el mundo; cuando lograba una buena cosecha, no regalaba a los pobres, como hace ese hombre extravagante que se ha mantenido trabajando toda su vida, y nunca podrá jubilarse de su negocio. Aquel otro sí ahorró todo; trata de imitar al señor Fulano de Tal y prospera también.”

Pero Cristo dijo: “Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma.” Es un trastorno de todo. Y algunos de nosotros tenemos la propensión a ser sumamente cuidadosos cada día, y siempre estamos mirando al futuro, y siempre estamos agitándonos acerca de lo que ha de sobrevenir. Pero es un trastorno del mundo cuando Cristo dice: “Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas?”

Yo en verdad creo que las máximas de los negocios están en clara oposición con las máximas de Cristo. Pero se me responderá: “negocio es negocio.” Sí, yo sé que negocio es negocio; pero el negocio no tiene el derecho de ser como es. ¡Oh, que pudiera ser alterado, hasta que todo hombre hiciera de su negocio una religión, e hiciera una religión de su negocio!

No los he detenido por largo tiempo en este punto; y por tanto estoy en libertad de mencionar un tercer punto: cómo Cristo ha trastornado el mundo en cuanto a nuestras nociones religiosas. Vamos, la vasta mayoría de la humanidad cree que si un hombre quiere ser salvado, eso es todo lo que se requiere. En efecto, muchos de nuestros predicadores predican esta máxima mundana. Ellos les dicen a los hombres que han de conducirse a querer.

Ahora, sólo oigan cómo el Evangelio trastorna eso: “No depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia.” El mundo quiere tener también una religión universal; pero eso Cristo lo trastoca: “Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo.” Él nos ha predestinado de entre los hombres. “Elegidos según la presciencia de Dios Padre en santificación del Espíritu, para obedecer.” “Conoce el Señor a los que son suyos.”

¡Cómo va eso en contra de la opinión de la religión que tiene el mundo! La religión del mundo es esta: “Obra, y vivirás”; la religión de Cristo es: “Cree y vive.” Nosotros opinamos que si un hombre es justo, sobrio, recto, entrará al reino de los cielos; pero Cristo dice: “Esto debías haber hecho, pero aun así, esto no podría limpiarte nunca.” “Porque todos los que dependen de las obras de la ley están bajo maldición.” “Por las obras de la ley nadie será justificado.” “Cree y vive” es precisamente el trastorno de todo concepto humano. Apóyate en Cristo: confía en Él. Haz buenas obras después; pero, antes de nada, confía en Aquel que murió en el madero. Este es el trastorno de toda opinión humana. Y por esa razón, los mortales siempre combatirán contra esto, en tanto que el corazón humano sea lo que es. ¡Oh, que conociéramos el Evangelio! ¡Oh, que sintiéramos el Evangelio! Pues eso sería el trastornamiento de toda justicia propia, y el derribamiento de toda mirada altiva, y de toda reacción orgullosa.

II. Y ahora, amados, concédanme un poco de tiempo, mientras trato de demostrar QUE LO QUE ES VÁLIDO PARA EL MUNDO, ES VÁLIDO PARA EL CORAZÓN. Pero en vez de extenderme a fondo sobre los diferentes tópicos, voy a constituir mi último punto en el tema de análisis.

El hombre es un pequeño mundo, y lo que Dios hace en el mundo exterior, lo hace también en el interior. Y si quieren ser salvos, sus corazones han de ser trastornados. Apelo ahora a ustedes, y les pregunto si han sentido alguna vez esto: si conocen el significado de esto.

En primer lugar, su juicio ha de ser trastornado. ¿No dirían muchos de ustedes que, lo que ahora creen que es la verdad de Dios, es sumamente opuesto a sus antiguos conceptos carnales? Vamos, si alguien les dijera que deberían ser creyentes de las doctrinas de la gracia libre y soberana, que son doctrinas que distinguen, se reirían de esa persona en su cara. “¡Cómo! ¿Me preguntas si creo yo en la doctrina de la elección? ¡Cómo! ¿Me preguntas si sostengo la doctrina de la redención particular, o de la perseverancia final? ¡Esas son tonterías! ¡No puede ser!” Pero ahora sostienes esa doctrina, y aquello que considerabas irrazonable e injusto, ahora te parece ser para gloria de Dios, y para beneficio eterno del hombre. Puedes ahora besar la doctrina que una vez despreciaste, y la recibes mansamente y la consideras más dulce que las gotas de miel del panal, aunque una vez pensaste que era como el propio veneno de áspides, y hiel y ajenjo. Sí, cuando la gracia entra en el corazón, hay un trastornamiento de todas nuestras opiniones; y la grandiosa verdad de Jesús se sienta a reinar en nuestra alma.

Además, ¿no hay acaso un cambio total de todas sus esperanzas? Vamos, sus esperanzas solían ser todas sobre cosas de este mundo. ¡Si sólo pudiesen volverse ricos, si sólo pudiesen llegar a ser grandes y honrados, serían felices! Ustedes esperaban eso. Todo lo que esperaban era un paraíso en este lado del río.

Y ahora, ¿dónde están sus esperanzas? No en la tierra; pues donde está el tesoro, allí ha de estar su corazón. Ustedes están esperando una ciudad que no ha sido construida por manos; sus deseos ahora son celestiales, mientras que antes fueron carnales y bajos. ¿Pueden decir eso? ¡Oh!, todos ustedes que son miembros de esta congregación, ¿podrían decir que sus esperanzas y sus deseos han sido cambiados? ¿Están mirando hacia arriba en vez de mirar hacia abajo? ¿Esperan servir a Dios en la tierra, y gozar de Él eternamente? ¿O, todavía se contentan con preguntarse: “Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos?”

Además, es un trastorno completo de todos sus placeres. Ustedes amaron una vez la cantina; ahora la odian. Odiaron una vez la casa de Dios; ahora es su habitación muy amada. La canción profana, el periódico dominical, la novela lasciva: todas estas cosas eran dulces para su paladar; pero ahora han quemado los libros que antiguamente los atraían, y ahora la polvorienta Biblia que fue colocada al fondo del estante, es tomada, y allí está, completamente abierta sobre la mesa familiar, y es leída tanto en la mañana como en la noche, y es muy amada y valorada y gozada.

El domingo era antes el día más soso de la semana para ustedes; y lo pasaban ya fuera haraganeando en la puerta de la casa en mangas de camisa, si eran pobres, o si eran ricos, pasaban el día en la sala de la casa, y recibían visitas por la noche. Ahora, en vez de eso, encuentran su compañía en la iglesia del Dios vivo, y convierten la casa del Señor en la sala de estar donde agasajan a sus amigos. Su fiesta ya no es más un banquete de vino, sino un banquete de comunión con Cristo.

Hay algunos de ustedes que antes amaban únicamente el teatro, y la sala de conciertos, o el casino: sobre esos lugares ahora ven una gran señal negra de maldición, y jamás asisten allí. Ahora buscan la reunión de oración, el culto de la iglesia, la congregación de los justos, la habitación del Señor de los ejércitos.

Es maravilloso comprobar el gran cambio que produce también el Evangelio en el hogar de un hombre. Vamos, trastorna su casa. Miren sobre el mantel que cubre la repisa. Hay un vil mamarracho que presume ser un cuadro, o un libro despreciable cuyo tema es peor que la portada. Pero cuando el hombre sigue a Jesús suprime todo eso, y obtiene un cuadro de John Bunyan en prisión, o de su esposa compareciendo delante del magistrado, o un cuadro del apóstol Pablo predicando en Atenas, o algún buen tema antiguo representando escenas bíblicas.

Hay un juego de naipes en el aparador; lo quita de allí, y en su lugar pone, tal vez, la revista religiosa mensual o quizá unas cuantas obras de antiguos teólogos, y por aquí y por allá una de las publicaciones de la Sociedad de Opúsculos Religiosos, o un volumen de algún comentario bíblico. Todo ha sido trastocado allí. Los hijos comentan: “nuestro padre está muy cambiado.” Nunca lo habían visto así. Solía llegar algunas veces a casa por la noche borracho, y los hijos subían corriendo las escaleras para acostarse antes de que él llegara; y, ahora, Juanito y la pequeña Sara se sientan junto a la ventana para esperar que el padre llegue a casa; y salen titubeantes a la calle a recibirlo, y él toma a uno en sus brazos, y al otro de la mano, y entra con ellos a casa.

Solía enseñarles a cantar canciones profanas, tales como: “¡aléjate, torpe cautela!”; ahora les canta: “Dulce Jesús, manso y humilde”, o pone en boca de ellos alguna dulce canción antigua. Antes tenía un alegre círculo de compañeros que venían a verle, y conformaban un grupo muy bullanguero los domingos por la tarde; pero todo eso se acabó. La madre le sonríe a su esposo: ahora es una mujer feliz; ella sabe que él no se deshonrará hundiéndose con las más viles compañías, ni será seducido a cometer los peores pecados.

Ahora, si pudiesen sacarle el corazón a un hombre e insertarle un nuevo corazón, eso no sería ni la mitad de bueno (tratándose de otro corazón natural), como el cambio obrado por Dios cuando saca el corazón de piedra, y lo sustituye por un corazón de carne:

“Un corazón resignado, sumiso, manso,
Que sea trono de nuestro amado Redentor,
Donde sólo se escuche a Cristo hablar,
Donde únicamente reine Jesús.”

Entonces, les hago nuevamente la pregunta: ¿Han sido trastornados? ¿Qué pasa con sus amigos? Ustedes preferían a aquellos que podían decir los más fuertes juramentos, hablar imprudentemente, y decir las más grandes mentiras: ahora prefieren a aquellos que oran más fervientemente y que les comentan más acerca de Jesús. Todo ha cambiado en relación a ustedes. Si se encontraran a su yo anterior caminando por la calle, no lo reconocerían, excepto de oídas; no tienen ninguna relación con él en lo absoluto. Algunas veces el viejo caballero viene a su casa, y comienza a tentarlos para que regresen; pero ustedes lo echan de la puerta tan pronto como pueden, y le dicen: “¡lárgate! Nunca progresé mientras te conocía; tenía un traje raído sobre mis espaldas entonces, y siempre le estaba dando al cantinero todo mi dinero; no asistía nunca a la casa de Dios, sino que maldecía a mi Hacedor, y agregaba pecado a mi pecado, y ataba una rueda de molino alrededor de mi cuello. Así que aléjate de mí; no quiero tener que ver nada contigo; he sido enterrado con Cristo, y he resucitado con Él. Soy una criatura nueva en Cristo Jesús, y las viejas cosas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.”

Hay algunas personas aquí presentes, que pertenecen a una diferente clase de sociedad, que no podrían entregarse a ninguna de estas cosas; pero, ¡ah!, damas y caballeros, si son convertidos alguna vez, habrán de experimentar una barrida tan grande como para quedar como el hombre más pobre que jamás hubiere vivido. Ha de haber un trastorno tan grande en la salvación de un conde, o de un duque, o de un noble, como en la salvación de un pobre o de un campesino. Hay tanto pecado en los más altos escalones de la sociedad como en los más bajos, y algunas veces más, pues tienen mayor luz, más conocimiento, más influencia, y cuando ellos pecan, no sólo se condenan a sí mismos, sino a otros también.

Oh ustedes que son ricos, ¿han experimentado un cambio también? ¿Se han convertido las frivolidades de este mundo en cosas repugnantes para ustedes? ¿Se alejan con desprecio del sesgo y del convencionalismo de la alta sociedad? ¿La han abandonado? ¿Podrían decir ahora: “aunque estoy en el mundo, no pertenezco a él; huyo de sus pompas y de sus vanidades; piso bajo mis pies su altivez y su gloria; estas cosas no son nada para mí; quiero seguir a mi Señor cargando Su cruz, independientemente de las circunstancias”?

Si no fuera ese el caso, si no han sido cambiados, recuerden que no hay excepciones; una verdad es cierta para todos: “El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios.” Y en sustancia, eso equivale a mi texto: a menos que no sean completamente renovados, trastornados, no pueden ser salvos. “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo”; pues el que cree será santificado y renovado -será salvado al final- pero el que no cree debe ser echado fuera en el gran día de la justicia de Dios.

¡Que el Señor les bendiga por Jesucristo nuestro Señor!

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3 comentarios leave one →
  1. Luis Alberto Salazar permalink
    junio 12, 2008 3:51 am

    Ah! Mi querido Charles Spurgeon! Defensor del Evangelio eterno, ¿cuantos hombres como él quedarán en nuestros días? Mansos, humildes y valientes expositores de la voz del Mesías Rey.

    Jesucristo nos trastorna a través de débiles hombres como este amoroso hombre inglés… ¿O no se ve reflejado en sus palabras la voz del Supremo Salvador?

    Que sus sermones sigan bendiciendo a las generaciones, en Cristo Jesús.

  2. carlos tenorio permalink
    julio 28, 2008 4:23 pm

    gracias por seguir difundiendo la palabra de Dios.

Trackbacks

  1. Spurgeon: El Mundo Trastornado « Paulo Arieu Theologies Weblog

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