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La Vanidad de la Vida

julio 7, 2017

Una de las verdades que la Biblia expone claramente es la realidad de nuestra vida como hombres en este mundo. La gran mayoría de nosotros nace, crece y conforme va creciendo hace planes para su vida. Planea estudiar, instruirse, trabajar, casarse, comprar una casa, tener hijos, pagar por su educación, ver a sus hijos crecer, luego verlos hacer sus propias vidas, y terminar uno envejeciendo junto a aquella persona con la que compartimos tanto de nuestras vidas.

Así crecí yo.

Entre los recuerdos de mi niñez estaban soñar con llegar a ser un cirujano como mi padre, casarme a los 25 años, tener 3 hijos -uno de los cuales sería una niña rubia con grandes bucles en su cabello (por lo menos eso fue lo que le escribí en una carta a mi esposa en una ocasión)- comprar una casa con un buen patio para que mis hijos pudieran jugar, etc. Todo estaba bien planeado.

Sin embargo, la vida no se dio como yo lo había planeado. ¿Por qué? Porque yo no estaba -ni estoy- en control de mi vida. Yo no soy quien finalmente decide como es que mi vida se va a desarrollar. La Biblia dice que yo no puedo añadir a mi estatura un codo (Mateo 6:27). Por más que yo quiera llegar a ser tan alto como mi hermano, la realidad es que yo no estoy en control de esas cosas.

La Biblia también dice que yo ni siquiera conozco el número total de cabellos en mi cabeza. Quien realmente conoce todo en mi vida no soy yo, sino Dios (Mateo 10:30).

La verdad de las Escrituras es que por más que yo quiera controlar mi vida, decidir como la voy a vivir y que es lo que voy a hacer a lo largo de ella, no soy yo quien está en control de esas cosas. Es Dios quien dirige los corazones de los hombres, como dice Proverbios 16:9,

El corazón del hombre piensa su camino; mas Jehová endereza sus pasos”

Es decir, no importa cuantos planes hagamos en nuestra vida, es Dios quien las dirige según Su voluntad. Es Él, como escribió el profeta Daniel registrando las palabras del rey Nabucodonosor, quien determina todo lo que ocurre en la tierra.

Todos los habitantes de la tierra son considerados como nada; y Él hace según su voluntad en el ejército del cielo, y en los habitantes de la tierra, y no hay quien detenga su mano, y le diga: ¿Qué haces?”

El problema es que a pesar de esa verdad de las Escrituras los hombres continúan viviendo como si esto no fuera así; como si ellos tuvieran el poder de controlar sus vidas, sus años, sus caminos. Los jóvenes viven como si en ellos estuviera el poder para vivir 70, 80 o 90 años, sin entender que quien nos da y quita la vida es Dios.

Cuando Dios tuvo que confrontar a Israel, ¿qué fue lo que le dijo?

Ved ahora que yo, Yo soy, Y no hay dioses conmigo; Yo hago morir, y yo hago vivir; Yo hiero, y yo sano; Y no hay quien pueda librar de mi mano.”

Lo que Dios le estaba aclarando a Israel era que quien está en control de nuestras vidas, no somos nosotros, sino Dios. Él es quien ha decidido, no sólo el número de años que vamos a vivir, sino quien también ha decidido hasta el lugar en donde lo vamos a hacer.

Esta fue la verdad que el apóstol Pablo le explicó a los filósofos atenienses. En Hechos 17:26 les dijo,

Y de una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres, para que habiten sobre toda la faz de la tierra; y les ha prefijado el orden de los tiempos, y los límites de su habitación”

Pero, ¿cuál es nuestro problema? De nuevo, creemos que esto no es así y que somos nosotros los que determinamos como y cuántos años viviremos. ¡Vivir así es una locura!

Así como nosotros no podemos añadir ni siquiera un centímetro a nuestra estatura; así como nosotros no podemos decidir la cantidad de cabellos que crecerán o permanecerán sobre nuestra cabeza, tampoco podemos añadir o quitar ni siquiera un segundo a nuestras vidas. El predicador le dijo a los jóvenes en Israel lo siguiente,

Alégrate, joven, en tu juventud, y tome placer tu corazón en los días de tu adolescencia; y anda en los caminos de tu corazón y en la vista de tus ojos; pero sabe, que sobre todas estas cosas te juzgará Dios.” Eclesiastés 11:9

Fue por eso que Moisés escribió esta oración a Dios en el Salmo 90:12: “Enséñanos de tal modo a contar nuestros días.” El deseo de Moisés era que Dios nos pudiera enseñar a evaluar y entender la brevedad de nuestra vida. Como escribió unos versículos antes,

Acabamos nuestros años como un pensamiento. 10 Los días de nuestra edad son setenta años; y si en los más robustos son ochenta años, con todo, su fortaleza es molestia y trabajo, porque pronto pasan, y volamos.” 

Los años de nuestra vida son tan pocos -meses, quince, veinte, cuarenta, setenta, ochenta, noventa, o hasta cien- que nuestro deber es entender la vanidad de ella. Como escribió Santiago: “Porque ¿qué es vuestra vida? Ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece” (Santiago 4:14). La realidad es que nuestra vida es breve, sobre todo cuando la comparamos con la eternidad.

Y es así como deberíamos vivir: a la luz de la eternidad. Es por eso que el deseo de la Biblia es hacernos reflexionar acerca de nuestra vida, no sólo en cuanto a la brevedad de ella con respecto a la eternidad; sino también hacernos reflexionar acerca del propósito para el cual vivimos.

El problema del hombre es que vive para sí mismo. Vive para cumplir esas metas y esos deseos que se ha propuesto desde su juventud. Para él no hay otra cosa más importante que cumplirlas, pues piensa que sólo así será feliz. Y vive buscando todas esas cosas creyendo que esta es la única vida que va a experimentar, ignorando la realidad de que nosotros fuimos creados para la eternidad.

Y a esa manera de vivir la Biblia le llama pecado. Dios nos creó con el propósito de que viviéramos para Él, para Su gloria, pero en nuestra rebeldía nos dedicamos a vivir nuestras vidas para hacer nuestra voluntad, cumplir nuestros deseos y no los de Dios. Nuestro deber es hacer todo para la gloria de Dios (1 Corintios 10:31), pero por el contrario todo lo que hacemos es para la nuestra propia.

Vivimos sin ni siquiera pensar en lo que Dios quiere de nosotros cada día. Vivimos sin ni siquiera traer a nuestra mente el pensamiento de la vanidad y la brevedad de nuestras vidas a la luz de la eternidad. Y esto es importante porque la Biblia dice que esta vida es tan sólo un paso en nuestra existencia. La realidad es que nosotros viviremos en la eternidad. Unos la disfrutarán junto a Dios en el cielo, y otros en el infierno, alejados de Dios.

¿Por qué mejor no meditamos diariamente en la brevedad y en la vanidad de nuestra vida? ¿Quién nos ha asegurado que viviremos un segundo más el día de hoy? ¿Quién nos ha asegurado que viviremos uno, dos o hasta diez años más? El único que conoce el número de los días de nuestra vida es Dios. Es Él quien da la vida y la quita. ¿Por qué vivir sin meditar en estas cosas?

La verdad de la Biblia nos debe llamar a la reflexión. Si la realidad es que hay un cielo y un infierno. Si la realidad es que habrán unos quienes vivirán eternamente junto a Dios en el cielo y que habrán otros que vivirán eternamente en el infierno de fuego que nunca se apaga, nuestro deber es meditar en nuestra vida continuamente.

Porque Dios ha dicho que los pecadores no podrán estar delante de Su presencia. Y todos somos pecadores. Como dijo el rey Salomón: “porque no hay hombre que no peque” (1 Reyes 8:46). O como dijo el salmista,

Jehová miró desde los cielos sobre los hijos de los hombres, para ver si había algún entendido, que buscara a Dios. Todos se desviaron, a una se han corrompido; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno.” Salmo 14:2-3

Es por eso que el apóstol Pablo pudo afirmar que por esa razón es que todos somos hijos de ira (Efesios 2:3). Todos estamos bajo la condenación de Dios porque todos somos pecadores. Y Dios ha exigido que todos los que vayan a entrar delante de Su presencia sean santos como Él es santo (Levítico 20:26). Y nuestro problema es que ninguno de nosotros lo es. Por lo tanto, la reflexión diaria de nuestras vidas es ésta: “Yo soy un pecador! A la luz de la eternidad, ¿qué he de hacer para ser reconciliado con Dios, mi Creador?”

Bueno, la Biblia provee la respuesta y la esperanza por la que puede vivir su vida un pecador. La respuesta a esta pregunta está en el Evangelio. Dios, nuestro Creador, habiéndonos nosotros rebelado contra Él pecando, no nos destruyó, sino que en Su misericordia y bondad envió al mundo a Su Hijo, al Señor Jesucristo, para que Él viviera la vida que ninguno de nosotros podía vivir -una vida perfecta- y para morir en la cruz del Calvario para que todo aquel que creyera que solamente en Él hay salvación para su alma, tuviera vida eterna. Como dijo el apóstol Juan,

Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.” Juan 3:16

Nuestra vida es vanidad; es breve; está llena de futilidad; es como la niebla o como el pensamiento que viene y rápidamente se va. No nos confiemos de nuestra juventud, ni de nuestras fuerzas, porque ninguno de nosotros está en control. Es Dios quien decide cuando y cuánto tiempo viviremos.

Por lo tanto, nuestro deber es meditar constantemente en esto: a la luz de la eternidad, ¿cómo estoy yo con Dios? ¿Cómo está mi relación con Él? ¿He creído en el único Salvador que Él le ha dado al mundo? ¿Le he entregado mi vida al Señor? ¿Hay evidencias en mi vida de la gracia transformadora de Dios? ¿Puedo decir que por la fe he sido justificado y perdonado; santificado y reconciliado con el Dios contra quien viví tantos años de mi vida?

Si las respuestas a estas preguntas son negativas, la Biblia nos ordena lo siguiente:

que se arrepientan; 31 por cuanto [Dios] ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos.” Hechos 17:31

Llegará un día cuando Dios juzgará a toda la humanidad por sus obras. Él nos juzgará por todo lo que hicimos y por como vivimos los 20, 30, 40, 50, 60, 70 u 80 años que Él nos dio para vivir. Y los que hayan confiado sus vidas exclusivamente en Jesucristo por medio de la fe experimentarán la vida eterna a Su lado.

Pero, los que no se hayan arrepentido y confiado en el Hijo de Dios, serán condenados y experimentarán, no 20, 30, 40, 50, 60, 70 u 80 años en el infierno, sino la eternidad.

Mi deseo es que consideremos la vanidad de nuestras vidas a la luz de la eternidad que viene. Que consideremos la brevedad y la futilidad de nuestra vida a la luz de la eternidad que se nos ha prometido. Y que considerando esto podamos ver nuestra condición delante de Dios y arrepentirnos de nuestros pecados y creer en es precioso Salvador que Dios le ha dado al mundo.

 

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