Skip to content

Spurgeon: La Perpetuidad del Evangelio

octubre 19, 2008

Sermón predicado el Domingo 28 de Mayo de 1882

“El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.” — Lucas 21:33

El domingo pasado prediqué sobre la perpetuidad de la ley de Dios, y basé mis comentarios en las palabras de nuestro Señor, “De cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni siquiera una jota ni una tilde pasará de la ley hasta que todo se haya cumplido.”

Hoy, no voy a hablar de la ley, sino del Evangelio; y con este término, “el Evangelio,” me refiero a todo lo que nuestro Señor Jesucristo dijo cuando estuvo aquí abajo. De ese Evangelio se podría afirmar, -como Él mismo dijo de la ley- que ni siquiera una jota ni una tilde pasará hasta que todo se haya cumplido.

El Evangelio de Cristo no es meramente el evangelio de ayer; sino, como el propio Cristo, es “el mismo ayer, hoy y por los siglos.” No es simplemente un evangelio para esta época, o para otra, o un evangelio que, a la larga, se gastará y se hará de lado; sino que cuando esos cielos azules se arruguen como un vestido gastado, todavía el Evangelio será tan poderoso como siempre. “El cielo y la tierra pasarán,” dice nuestro Señor, “pero mis palabras no pasarán.”

I. Sin más preámbulo, quiero enfatizar, primero, que LAS PALABRAS DE JESÚS DEBEN PERMANECER, PASE LO QUE PASE. Si aceptas el testimonio de Cristo acerca de Sus propias palabras, -y ustedes que son Sus seguidores no cuestionarían nada de lo que Él dice- entonces esto es cierto, que las palabras de Jesús deben permanecer para siempre, pase lo que pase.

Cuando el cielo y la tierra pasen, ese cambio mayor incluirá a todos los cambios menores; pero cualquier alteración que pudiera venir antes del último gran cambio, no impedirá que las palabras de Cristo permanezcan.

Hay unos que afirman que el mundo se vuelve más civilizado, aunque, cuando leo los diarios, no estoy muy seguro de ello. Dicen que el mundo se vuelve más inteligente, aunque, si leo las revistas, -me refiero a las revistas cultas- no estoy tan seguro de que así sea, porque me parece más bien que la ignorancia se vuelve cada día mayor, quiero decir, la ignorancia entre los hombres instruidos y científicos; nos da la impresión que en sus descubrimientos, continuamente se alejan más y más, no sólo de lo que es revelado e infalible, sino también de lo que es racional y verdadero.

Pero, aun así, el mundo cambia, y de acuerdo a su propia concepción, se va acercando maravillosamente a la perfección. ¿Hubo alguna vez un siglo como el nuestro? ¿Hubo un período así desde que el mundo comenzó? ¿Qué cosa hay que no hagamos ya? Nos alumbramos con la electricidad, hablamos usando la electricidad, viajamos por mar por medio del vapor, ¡qué gente tan maravillosa somos!

Sí, sí; y sin duda, vamos a hacer cosas mucho mayores que éstas; y muchos pensamientos, que ahora se tienen como simples sueños, serán probablemente emprendidos en unas cuantas generaciones; pero después de que estas maravillas hayan todas venido y se hayan ido, las palabras de nuestro Señor Jesucristo todavía persistirán, y no pasarán.

A la moda le sigue la moda; a los sistemas suceden más sistemas; todo lo que está debajo de la luna es como ella, crece y mengua, y siempre está cambiando; pero aunque venga cualquier cambio, aunque la raza humana llegue a alcanzar ese desarrollo maravilloso que algunos profetizan, aún así, las palabras de nuestro Señor Jesucristo no pasarán.

Y cuando la más grande alteración de todas tenga lugar, y este presente designio divino llegue a su fin, y todas las cosas materiales sean consumidas por el fuego, y sean destruidas, aún entonces permanecerá, sobre las cenizas del mundo y todo lo que hay en él, la revelación imperecedera del Señor Jesucristo, porque como dice Pedro, “La palabra del Señor permanece para siempre. Ésta es la palabra del Evangelio que os ha sido anunciada.”

¿Por qué causa las palabras de Cristo durarán de esta manera? Primero, debido a que son divinas. Lo que es divino durará; no todas las obras de Dios durarán para siempre, pero sí Sus palabras; Él nunca se retractará de nada que haya dicho. Aun Balaam tuvo la luz suficiente para declarar, “Dios no es hombre para que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta. Él dijo, ¿Y no lo hará? Habló, ¿Y no lo cumplirá?” Dios no ha tenido nunca que “Tragarse sus propias palabras,” según reza una expresión popular. Ni Él, ni Cristo, han tenido que retractarse de lo que han pronunciado. A lo largo de toda Su vida, Él no ha tenido que disculparse ni una sola vez y decir, “Hablé demasiado rápido, o demasiado cálidamente, o con poca exactitud”; sino que todo lo que ha dicho ha permanecido y permanecerá, porque la divinidad involucrada lo hace eterno.

También las palabras de Cristo deben permanecer porque son la revelación del más íntimo corazón de Dios. Este gran mundo, y el sol, y la luna, y las estrellas, revelan a Dios; pero no tan completa y claramente como es revelado por el Hijo de Dios. La Palabra encarnada es la más grande manifestación de la Divinidad, y las palabras de esa Palabra eterna son la revelación del propósito que Dios formó en Su mente infinita antes de hacer el mundo. Eso que, en los secretos consejos de la eternidad fue planeado, eso que:

“Antes que el pecado naciera, o Satanás cayera,”

fue concebido en el corazón del Altísimo, nos es revelado, hasta donde pueda ser revelado, por las palabras del Señor Jesucristo. Los propósitos esenciales de Dios no se pueden alterar; todos ellos deben ser cumplidos. Su plan eterno fue formado previendo todas las generaciones que habrían de existir, así que debe permanecer inalterable; y, como esos propósitos y ese plan están estrechamente unidos a las palabras de Cristo, y son conocidos ciertamente por nosotros por Sus palabras, las palabras de Cristo deben permanecer para siempre.

Más aún, las palabras de Cristo deben permanecer, aun cuando el cielo y la tierra hayan pasado, debido a que son verdad pura. Todo lo que es absoluta y puramente verdadero debe ser perdurable. Vean cuánto dura la plata. Ustedes pueden comprar utensilios plateados para usarlos en su casa; pero, después de un tiempo, comienzan a ver el proceso de desgaste del metal de baja ley; pero si tienen plata verdadera, les durará toda la vida. David expresó con toda verdad, “Las palabras de Jehovah son palabras puras, como plata purificada en horno de tierra, siete veces refinada.” Su superficie no se gasta, ni revela la escoria debajo de ella, porque no hay ninguna; toda es pura en todo.

La impureza engendra descomposición; el error es corrupción; toda cosa mala lleva dentro de sí las semillas de su propia muerte; pero la verdad de Dios no tiene corrupción; es la semilla viviente e incorruptible, que vive y permanece siempre. Lo que es perfectamente puro no se fermenta, porque no contiene los gérmenes de la descomposición, ni pasa, sino que permanece para siempre. Nuestro Señor Jesucristo no dijo sino la verdad pura, sin ninguna impureza; la propia verdad de Dios; y, por consiguiente, permanecerá firme para siempre.

Y creemos que las palabras de Cristo permanecerán eternamente, y lo repetimos una vez más, porque ningún poder lo puede impedir. ¿Qué poder existe que pueda impedir que las palabras de Cristo triunfen? ¿No oyen el bramido desde el fondo del infierno cuando se hace esta pregunta? El demonio y sus legiones de ángeles caídos aseveran que impedirán el triunfo de las palabras de Cristo; y como Él ha declarado que Su reino vendrá, conspiran para impedir Su llegada. Pero Cristo ya rompió la cabeza del dragón, ya aplastó a la vieja serpiente bajo Sus pies, y Su omnipotencia es mayor que el poder de Satanás. El demonio puede ser poderoso, pero Cristo es todopoderoso, y el infierno sufrirá una derrota horrenda de manos del Salvador crucificado.

En lo que se refiere a los hombres pérfidos de esta tierra, a menudo se confabulan y se aconsejan “contra Jehovah y su ungido, diciendo: ¡rompamos sus ataduras! ¡Echemos de nosotros sus cuerdas!” Ustedes saben cuán inútiles son todos sus esfuerzos, porque el Salmista dice, “El que habita en los cielos se reirá; el Señor se burlará de ellos. Entonces les hablará en su ira y los turbará en su furor: ¡Yo he instalado a mi rey en Sion, mi monte santo!”

Sí, no hay poder que pueda oponerse efectivamente a las palabras de Cristo. “Cuando habla el rey, hay poder, pero cuando habla Dios, hay infinito poder.” Lo que Él dice, debe hacerse. Antes que dijera, “Sea la luz,” no había ni una chispa en medio de la oscuridad de toda la tierra, que pudiera ayudar a hacer el día; no había nada aquí que pudiera haber creado la luz, y sin embargo las tinieblas volaron ante el hágase de Dios.

Y así, hoy, aunque no haya nada sobre la tierra que ayude al cumplimiento de la palabra de Cristo, Él le ha dicho a este pobre mundo oscuro, “Sea la luz,” y esa luz que Él encendió, se torna cada vez más brillante, y aumentará hasta que el día llegue a ser perfecto. Oh, demonios del infierno, ¿podrían apagar esa luz? ¡Imposible! La palabra de Cristo debe permanecer.

Y más todavía, la palabra de Cristo debe permanecer, porque Su honor está involucrado en su permanencia. Si Él tuviera que alterar alguno de Sus dichos, sería manifiesto que ha cometido errores que tendría que rectificar. A menudo recibo libros, en los que hay una hoja de papel que muestra las erratas, anexada al principio del libro. Se dice que se trata de la lista de las torpezas del impresor, pero no me extrañaría que también fueran las equivocaciones del autor; pero ahí están, y debo hacer con mi lápiz esas enmiendas en el volumen. No hay erratas en las palabras de Cristo, ni puede haber correcciones en nada de lo que Él haya dicho. Lo declarado por David se aplica a todas las palabras de Jesús: “La ley del Señor es perfecta.”

Las palabras de Cristo son todo lo que deben ser, ni menos ni más; y será maldito aquel hombre que quiera agregarles o quitarles algo. No puede haber ninguna alteración en ellas, porque ello sería una deshonra para la sabiduría de Cristo. ¡Nada que alterar! Eso haría creer que Cristo dijo cosas sin importancia cuando estuvo aquí. O que dijo algo que luego requeriría necesariamente de una retractación, y que Él fue, después de todo, un buscador de la verdad, acercándose a ella tanto como pudo, y corrigiendo Sus equivocaciones como un doctor que no entiende una enfermedad, y da una medicina que lleva a su paciente hacia un estado delicado, y luego le da otra medicina que lo regresa a su estado anterior, pero que nunca lo cura completamente.

Cristo no tiene que actuar nunca de esta manera. Él sabía lo que quería decir, y dijo lo que quería decir; y eso que dijo, y eso que quiso decir, perdurará aun cuando, -como higos secos que se caen del árbol- las estrellas caigan de sus lugares, el sol se vuelva sangre, y la luna se torne negra como tela de cilicio. Eso debe ser así; por tanto, todos ustedes que creen en Jesús, crean firmemente en esta doble aseveración que hizo, “El cielo y la tierra pasarán pero mis palabras no pasarán.”

II. Ahora, en segundo lugar, ESTA DECLARACIÓN SE APLICA A TODAS LAS PALABRAS DE CRISTO; no simplemente a algunas de ellas, sino a todas, porque contiene una indefinición intencional que hace que se refiera a todo lo que Él dijo:”Mis palabras no pasarán.”

Esta declaración se aplica, entonces, a la enseñanza doctrinal de Cristo. Cualquier doctrina enseñada por Cristo mismo, o por Sus apóstoles guiados por el Espíritu de Dios, es una verdad precisa, clara, inmutable.

En estos tiempos hay ministros que piensan que deben cambiar sus límites doctrinales, y hay otros que no tienen ningún límite. Ellos creen algo, o todo, o nada. Es difícil definirlo; y su grito común es, “Debemos ser caritativos.” He conocido a muchos que estaban dispuestos a ser caritativos, pero dando el dinero que no es suyo; y he conocido a otros que son caritativos con las doctrinas que no son suyas. Como son doctrinas de Cristo, pueden deshacerse de ellas con facilidad. Estos supuestos guardianes se preocupan tan poco por ellas que las regalan con pretendida generosidad.

Pero un sirviente fiel del Evangelio de Cristo no haría eso; el que ama a Cristo, y desea honrarlo, guarda Sus palabras y las atesora. Yo he oído de algún cuerpo de doctrinas o de otro diferente; pero el cuerpo de doctrinas en el que creo es el cuerpo de Cristo; y la verdadera doctrina, la teología real es ese maravilloso LOGOS, la Palabra encarnada de Dios, nuestro Señor y Salvador Jesucristo.

Si tomamos a Jesús, y sólo a Él, para que sea nuestro Líder, hay una gran cantidad de caminos que no andaríamos, y hay una gran cantidad de cosas que son hechas por diferentes sectas de cristianos profesos, que no haríamos, pues Cristo nunca hizo esas cosas; y si Él no las hizo, tampoco las haremos nosotros.

Hay una buena regla para todos los cristianos, que vi escrita en un salón de un orfanato: “¿Qué haría Jesús en este caso?” No puede haber una guía mejor que ésa, para los creyentes, pues nuestro texto es verdadero en lo que se refiere a la doctrina: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.”

A menudo dicen de mí que soy un tipo pasado de moda, de mente estrecha, y yo no tengo la menor objeción para esa acusación. Yo ciertamente no soy alguien a la nueva moda, y no pretendo serlo, porque “lo viejo es mejor”; y, en teología no hay nada nuevo que sea verdadero, ni nada verdadero que sea nuevo. La verdad es tan eterna como las eternas montañas, y a ella deseo consagrarme hasta el fin, y confío en que ustedes tengan ese mismo pensamiento.

A continuación, tenemos las palabras de Jesús, no solamente acerca de la doctrina, sino que Él nos ha dado sencillos mandamientos prácticos. El Maestro enseñó un maravilloso sistema de ética, y a ese sistema debemos aferrarnos con la misma tenacidad que debe caracterizar nuestra firmeza hacia las doctrinas que Cristo enseñó.

Hermanos, no nos alejemos nunca de una enseñanza tan divina como ésta: “Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen; haced bien a los que os odian y orad por los que os ultrajan y os persiguen.” No sólo debemos amarnos unos a otros, sino que debemos buscar hacer el bien a todos los hombres que podamos, especialmente a aquellos que son de la familia de la fe. Que sea nuestro diario deleite sacudir toda la malicia y crueldad de nuestros corazones, y que se cumpla la ley del amor en nosotros, “para los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.”

Ustedes pueden estar seguros que nunca se podrá mejorar la enseñanza de Cristo; ha habido algunas personas que han intentado mejorarla, pero han fracasado notablemente en todos sus intentos. Su enseñanza ética, -e incluso Su enseñanza de la moral-, ha impresionado a algunos que no han aceptado Sus doctrinas, ni han creído en Su Divinidad; se han asombrado por la pureza, la santidad y el amor que Jesucristo inculcó en las leyes que estableció para guía de Sus discípulos.

Pero debo proseguir, y recordarles que las promesas de Cristo permanecerán para siempre. El cielo y la tierra pasarán, pero Sus promesas no pasarán. ¿No es esto una verdad bendita? Porque Él dijo, “Venid a mí, todos los que estáis fatigados y cargados, y yo os haré descansar.”

Apresúrense, entonces, pobres seres fatigados y cargados, pues Él los hará descansar; el cielo y la tierra pasarán, pero Él los hará descansar si ustedes acuden a Él. Y Él ha dicho, “El que cree y es bautizado será salvo.” Sí, apresúrense. Obedezcan ambos mandamientos; primero crean, y luego sean bautizados, porque, aunque la tierra y el cielo pasen, ustedes serán salvos.

Hay muchas cosas que tan sólo son ficciones; se disuelven como las visiones espectrales de una noche, pero ustedes serán salvados; eso es cosa segura, eso es cierto, está fuera de toda duda. El Señor Jesús ha prometido tan grandes cosas a Su pueblo, que tendría que detenerlos aquí toda la noche si intentara repetir esas gratas palabras de promesas que fluyeron de Sus labios. Aquí está una de las más dulces: “Todo lo que el Padre me da vendrá a mí; y al que a mí viene, jamás lo echaré fuera.” Si ustedes van a Él, entonces Él no los echará fuera jamás; Él debe, Él quiere recibirlos; el cielo y la tierra pueden pasar, y pasarán a su debido tiempo, pero un alma que venga a Jesús no será rechazada nunca por Él.

¡Oh, que muchos de ustedes quisieran aprovecharse de esa promesa en esta misma hora! Querido amigo anciano, te estás poniendo muy débil, y has pasado a través de muchos grandes cambios, pero esa promesa no ha sido alterada en todo este tiempo. ¿Te acuerdas cuando tu madre te habló de Cristo cuando tú eras un muchacho de cabellos rizados? “¡Ah!” dices, “ahora es demasiado tarde.” No, mi querido amigo, no; el cielo y la tierra no han pasado todavía y esa promesa no ha pasado; tú puedes venir a Cristo todavía, así que ven y sé bienvenido, porque todavía está escrito, “Al que a mí viene, jamás lo echaré fuera.” “También puede salvar por completo a los que por medio de él se acerquen a Dios, puesto que vive para siempre para interceder por ellos.” Confía en Su promesa ahora mismo; inclina tu cabeza, y silenciosamente busca al Siempre Bendito, y tú lo encontrarás, porque Su palabra es tan cierta para ti como lo fue para mí, tan cierta para ti como lo ha sido para decenas de miles que, en tiempos diferentes la han buscado, y han encontrado que esa promesa es verdadera.

Pero recuerda, también, que así como cada palabra de promesa de Cristo permanecerá, así permanecerá cada palabra de profecía. Hay un Libro completo: el Apocalipsis, el cual no entiendo, pero en el cual yo creo completamente. Me pongo muy contento cuando encuentro algo en la Biblia que no puedo comprender, pero que puedo creer plenamente, porque yo no le llamo fe a eso que limita su creencia a lo que se pueda entender.

Si tú tienes niños pequeños, te deleitas al ver la forma en la que confían en ti cuando no pueden entender lo que estás haciendo, pues están seguros de que tú lo estás haciendo bien. Yo quiero que ustedes, queridos amigos, tengan justo esa clase de fe en el Libro de Apocalipsis; todo es verdadero, aunque ustedes no puedan interpretar todos sus misterios; y todo llegará a ser verdadero -cada palabra suya- en el tiempo preciso de Dios. El Señor vendrá, el Señor reinará, el Señor juzgará, el Señor justificará y glorificará a su pueblo, y ordenará a los impíos que se aparten de Él bajo Su maldición.

Yo ruego que todos seamos ayudados a creer en cada palabra suya. Cuando leo la Biblia, me gusta leerla con el espíritu del niño cuya madre le dijo algo por lo que sus compañeros de escuela se rieron de él por creerlo. Le preguntaron cómo supo que eso era verdadero, y él dijo que su mamá se lo había dicho así, y que su mamá nunca le había dicho una mentira. Ellos intentaron probar que eso no podía ser así, pero él respondió, “Miren, mi mamá dijo eso, y eso es así, aun si eso no es así.”

Y si yo encontrara algo en la Palabra de Dios, y alguien con una sabiduría superior me dijera que eso no puede ser así, que está completamente seguro, me reiría de sus “no puede ser” y los olvidaría, y replicaría, “eso es así, aun si eso no es así; tu supuesta prueba no es nada para mí. Si Dios lo ha dicho, aunque todas las otras lenguas humanas lo nieguen, yo diría todavía: ‘Sea Dios veraz, aunque todo hombre sea mentiroso.'” Apóyense pues, queridos amigos, en las palabras de Cristo, aun cuando ustedes no siempre las entiendan.

También debo recordarles que cada palabra de amenaza que Jesucristo ha expresado, es verdadera. ¡Oh, que hubiéramos podido ver Su rostro, y escuchado los tonos de Su voz! La predicación de Jesucristo debe haber contenido una inexpresable dulzura, y una inefable ternura. Todos aquellos que lo oían hablar sabían que los amaba; y los publicanos y los pecadores, los pobres marginados, los proscritos, los que eran rechazados por todo el mundo, se acercaban a oírlo, porque sentían que había comprensión hacia ellos en ese gran corazón suyo.

Sin embargo, ¿se han dado cuenta alguna vez -ustedes deben haberse dado cuenta- que nunca hombre alguno dijo tan terribles palabras de amenaza al impío, como las que dijo este Hombre? Fue Jesús quien habló del gusano que nunca morirá, y del fuego que nunca se apagará; fue Jesús quien habló de destruir tanto el cuerpo como el alma en el infierno; fue Él quien dijo muchas de las cosas más terribles que jamás se hayan expresado acerca del castigo futuro, tal como esa parábola del hombre rico que “murió y fue sepultado. Y en el Hades, estando en tormentos, alzó sus ojos y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno. Entonces dando voces, dijo: ‘Padre Abraham, ten misericordia de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua y refresque mi lengua; porque estoy atormentado en esta llama.'”

Cuando escuchen a hombres que tratan de suavizar las amenazas de las Escrituras, no crean que su amor a las almas les sugiera ese curso de acción. A menudo la prueba de un verdadero amor consiste en decir cosas ásperas. Si un hombre llega, y dice cosas muy placenteras acerca de ti, cuídate de él; no es tu amigo; pero el hombre que puede advertirte, -que puede señalar tu falta y tu locura- que puede correr el riesgo de perder tu estimación indicándote el peligro, ése es el que tiene un sincero afecto por ti, y un hombre sensato escogería a un amigo así.

A pesar de lo que alguien pueda pensar o decir, no hay una palabra terrible que haya caído de los labios del Salvador, que no perdure. Aunque no te guste, no la puedes alterar; no será afectada según te guste o no. “El que no cree será condenado.” A eso llamas una palabra dura; sin embargo, es verdadera; de otra manera Cristo no la habría expresado. Debe de haberle costado a Él mucha angustia interna la expresión de una frase como esa; debe de haber sido una suerte de crucifixión mental para Él, cuando se pronunció como lo hizo acerca de los terrores del mundo futuro; y ustedes estén seguros que no son menos terribles de como los describió ni menos espantosos de como los pintó; así que, a cualquiera que quiera decir algo que los atenúe, rechácenle sus falsedades, porque el cielo y la tierra pasarán, pero las palabras de Cristo no pasarán.

III. Finalmente, en tercer lugar, quiero mostrarles que ESTA VERDAD NOS CONCIERNE A TODOS.

Primero, estoy seguro que tiene una relación con el predicador. Mi texto me concierne íntimamente a mí y a todos los que son llamados a ser ministros del Evangelio.

Queridos hermanos, tenemos que predicar el mismo Evangelio que predicó nuestro Señor Jesucristo, y ningún otro. Doy gracias porque no conozco ningún otro evangelio. Hace mucho tiempo llegué a la resolución de Pablo y “me propuse no saber nada entre vosotros, sino a Jesucristo, y a él crucificado.” Me apego a eso, y eso es lo que todos nosotros debemos hacer, si queremos complacer a nuestro Maestro. No hay progresión en la verdad misma; progresamos en nuestro conocimiento de lo que Cristo dijo, y en nuestro entendimiento de ello; pero las verdades que expresó permanecen justamente como eran en Su día.

Ustedes saben que, cuando sus niños van a la orilla del mar, construyen castillos y casitas, y hacen jardines en la arena; pero todos son barridos por las olas de la marea cuando pasan sobre ellos. Yo no quiero predicar una teología que sea constantemente barrida por las olas, dejándome la tarea de comenzar de nuevo con más arena.

El faro de Eddystone ha permanecido gloriosamente, y la única razón de que se deba construir otro es que la roca ha cedido en sus cimientos; el faro como tal está bien. Agradecemos a Dios porque construimos sobre lo que nos dice Cristo; construimos sobre una roca que no cederá bajo nosotros; y si somos tan firmes como ese viejo faro, y ninguna de nuestras piedras se mueve, estaremos perfectamente justificados por la misma firmeza de esa verdad sobre la que construimos. No hay nada que sacuda esa roca formada con lo que Cristo dijo.

La tierra puede no sólo temblar, sino derretirse; y la bóveda sin pilares del cielo, que ha permanecido tan firme a lo largo de tantas edades, incluso ella se desplomará con estrépito; pero ninguna palabra de Jesucristo se disolverá o pasará alguna vez. Por lo tanto debemos apegarnos al antiguo Evangelio. Para nuestros padres y nuestros abuelos fue suficiente; y será suficiente para nuestros nietos, si el mundo dura tanto como para verlos crecer y predicar a su vez ese antiguo Evangelio.

Este texto también concierne a los miembros de la iglesia, especialmente a ustedes, almas tímidas, que de vez en cuando se asustan de que todo lo bueno esté llegando a su fin. Me encuentro con algunas queridas damas ancianas, que están muy nerviosas por lo que pueda pasar. Ellas tienen miedo de que vengan tiempos horribles. Sí, sin duda vendrán; pero hay una timidez pecadora que deshonra al poder y a la palabra de Dios.

Han existido, en todas las épocas, hombres como Latimer y como Lutero que no tuvieron temor de la verdad de Dios. La gente se quejaba de que eran muy dogmáticos; pero no les preocupaba lo que decían de ellos; eran probablemente lo mismo de felices sin importar lo que el mundo dijera. Lutero tenía un amigo muy especial entre los príncipes alemanes, y alguien le preguntó al Reformador, “Supón que te quitara su protección, ¿dónde te esconderías?” “Bajo el amplio escudo del cielo,” contestó; Lutero respondió sabiamente. El no sentía que dependiera de ningún hombre, sino sólo de Dios.

Desearía, mi pobre amigo tembloroso, que tuvieras algo de su santo valor. No caigas otra vez en ese estado de duda en tu mente; el cielo y la tierra pasarán, así pues espera hasta que veas que se vayan; y cuando ya se vayan, basta que permanezcas sentado quietamente, y cantes:

“Si los viejos pilares de la tierra temblaran,
Y todas las ruedas de la naturaleza saltaran,
Nuestras almas firmes no tendrían ya más miedo,
Como sólidas rocas cuando rugen las olas.”

Pero, continuando, nuestro texto concierne a todos los creyentes. Queridos amigos, si las palabras de Cristo no pasarán nunca, entonces debemos aceptarlas como ciertas para nosotros mismos. ¿Es perseguido alguno de ustedes? Que no se rinda ni un solo momento; que permanezca fiel a su bandera; que nunca se avergüence de contar con su Señor.

Recuerden que dijo, “¿Quién eres tú para que temas al hombre, que es mortal; al hijo del hombre que es tratado como el pasto? ¿Te has olvidado ya de Jehovah, tu Hacedor, que desplegó los cielos y puso los fundamentos de la tierra para que continuamente y todo el día temas la furia del opresor cuando se dispone a destruir?” Aférrate a Cristo, pues Sus palabras no pasarán nunca.

¿Estás muy enfermo y débil, o te estás volviendo muy pobre? Bien, tu salud y tu propiedad también pasarán; pero las palabras de Cristo no pasarán. ¿Te estás muriendo? Las palabras de Cristo nunca morirán o pasarán; muere con ellas en tu corazón.

La semana pasada fui a ver a uno de los miembros de esta iglesia que está muy enfermo, y recibí un poco de mi propia enseñanza que me enseñaba ahora a mí. Este querido hermano me comentó, “¿Recuerdas que nos dijiste hace años que la frase: ‘cuando tenga miedo, confiaré en ti,’ es un vagón de ferrocarril de tercera clase, pero de todos modos sigue estando en el tren del Evangelio y te llevará al cielo?” Sin embargo agregaste, “¿Pero por qué no te vas en un carro de primera clase: ‘confiaré, y no tendré miedo’?” Yo les recomiendo ese carro de primera clase a todos ustedes: “confiaré, y no tendré miedo.” Dejen que la fe expulse al temor y así viajarán al cielo en primera clase. Ustedes muy bien pueden hacerlo, porque no hay razón para tener miedo.

Si cualquiera de las palabras de Cristo pudiera pasar al soplo de este viento, y de ese viento, y de aquel otro viento, ¡Dios mío!, ¡en qué castillo de naipes viviríamos! Pero si todas ellas permanecen firmemente para siempre, -como así es- ¿entonces por qué y por cuál causa consentimos aun el más pequeño temor? Una razón por la que algunos de ustedes no descansan en Cristo como debieran, es debido a que no caen sobre sus rostros ante Sus palabras confiando completamente en ellas.

Ustedes saben lo que el hombre humilde respondió cuando le preguntaron por qué estaba tan confiado en la salvación. Contestó, “ustedes intenten estar firmes; pero yo caeré rostro en tierra ante la promesa y al estar así, ya no podré caer más abajo.” Justo así; caigan rostro en tierra ante la promesa; y si permanecen allí, aferrándose y descansando en ella, entonces el cielo y la tierra pasarán, pero no las palabras en las que están confiando.

Ahora, por último, ésta es una palabra para los pecadores. Qué mensaje tiene mi texto para aquellos de ustedes que no aman a Cristo, para aquellos de ustedes que no están decididos. Las palabras de Cristo no pasarán; ¿entonces qué? Éste es el único Evangelio que ustedes oirán; el último tren está a punto de partir. Si ustedes no se van en él, no hay otro que los lleve al cielo; “Porque no hay otro nombre debajo del cielo dado a los hombres, en que podamos ser salvos.”

El Evangelio jamás cambiará su carácter. ¿Acaso algunos de ustedes pretenden esperar hasta que así sea, como el campesino que dijo que cruzaría el río cuando toda el agua hubiera terminado de correr? Nunca habrá un camino más fácil hacia el cielo que el que hay en este momento. Yo creo verdaderamente que algunas personas, por su dilación, hacen el camino al cielo más duro para ellos de lo que sería de otra manera. Aunque al fin sean salvados, es más difícil que confíen en Cristo cuando han estado largo tiempo dilatándose.

La misericordia parece actuar algunas veces como actuó Benjamín Franklin cuando un hombre entró a su tienda para comprar un libro, y le hizo perder el tiempo con su tonta indecisión. El hombre preguntó, “¿señor, cuál es el precio de este libro?” “Cuatro pesos,” dijo Franklin. “Es muy caro,” comentó; “no me lo llevaré.” Esperó aproximadamente diez minutos, y entonces le preguntó, “¿cuánto pues, realmente, quiere usted por ese libro?” “Cinco pesos,” dijo Franklin. “No, dijo el cliente, usted acaba de pedir hace unos momentos cuatro pesos.” Franklin replicó, “señor, usted ha tomado diez minutos de mi tiempo para atenderlo. Eso hace que el precio del libro suba un peso más. Ahora son cinco pesos. Y si usted no lo compra rápidamente, el precio subirá más.” Había algo de sentido común en esa forma de negociar; y ustedes verdaderamente encontrarán, en materia espiritual, que nada se gana por la dilación, sino que se incrementa el pecado, se incrementa la dureza del corazón y aún se incrementa la dificultad de entregar el alma a Cristo.

El mejor tiempo para cualquiera de ustedes que quiera venir a Jesús, es ahora; ustedes nunca podrán tener otra oportunidad más bella que esta que está frente a ustedes en el momento presente. Estoy seguro de ello, debido a que la sabiduría de Dios siempre selecciona la mejor oportunidad; ¿y qué dice la sabiduría de Dios? “Hoy si ustedes quieren oír su voz no endurezcan sus corazones;” y además, “vean, ahora es el tiempo aceptado; vean, ahora es el día de la salvación.” Si las palabras de Cristo permanecerán, nunca habrá otro Evangelio que sea presentado jamás a ustedes. Si las palabras de Cristo permanecerán, ¿por qué esperar? Algunas veces, cuando he regresado de predicar lejos de aquí, he visto gente fuera del teatro al pasar, una multitud, y le he preguntado a algún amigo por qué estaban esperando “¡Oh!” me respondió, “están esperando pagar la mitad del precio.”

Bueno, ahora, ustedes no deben esperar por esa razón en el asunto de la salvación, porque el costo original es “sin dinero y sin precio,” y el precio no puede ser más bajo de lo que es ahora. Entonces ¿por qué no venir de una vez? Yo llegué a Jesucristo cuando tenía quince años de edad, y quisiera haber podido llegar a Él quince años antes, si eso hubiera sido posible. ¡Oh, que yo haya vivido un solo minuto sin el dulce conocimiento de la salvación por Jesús Cristo! No es una cosa para hacerla a un lado; ¡Dios conceda que ustedes ya no la hagan más a un lado! Ya han esperado mucho, así que apresúrense, y vengan a Cristo en este momento.

Déjenme rogarles con todo mi corazón que no anden buscando una esperanza más grande que les pueda llegar después de la muerte. Esa es una terrible ilusión vana; yo les ruego que no arriesguen su alma en ello. El cielo y la tierra pasarán, pero las palabras de Cristo no pasarán; y como les recordé, Él ha dicho, “El que no cree será condenado.” Y así será condenado, y no hay nada sino ese espantoso destino para él.

Pueden escoger ahora. Si confían en Cristo, tendrán gloria eterna. Si no quieren recibir a Cristo como su Salvador, tendrán un eterno castigo. No hay otra esperanza para ustedes. Yo ruego a Dios que los guíe a venir a Cristo de inmediato. ¡Oh, no duden, pues Él los está invitando! ¡Oh, no se demoren, pues eso sería insultarlo! ¡Que su Espíritu bendito los impulse a venir, para que la casa de Su misericordia pueda estar llena!

Todo lo que deben hacer es confiar en Él; no necesitan hacer nada antes de confiar en lo que Él ha hecho. Después Él mismo los convertirá en hacedores. Vengan sin nada; vengan los que son pecadores; vengan los de corazón empedernido; vengan simplemente como son. No se detengan para limpiarse o para enmendarse; sino que tal como se encuentran, descansen en Jesús. Caigan rostro en tierra ante Su promesa. Dependan del mérito de Su sangre, y del poder de Su siempre viva intercesión. Que Dios los ayude ahora a hacer esto, ¡por causa de su querido nombre! Amén.

sujetosalaroca.org
Suscribete para recibir actualizaciones de entradas como esta.
Suscribete por email.
Suscribete al podcast por iTunes.
Apoya este sitio visitando los patrocinadores aquí.

Anuncios
No comments yet

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: