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Spurgeon: Los Dos Advenimientos de Cristo

octubre 5, 2008

Sermón predicado la noche del domingo 22 de diciembre, 1861

“Y de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio, así también Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos; y aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan.” Hebreos 9: 27,28.

Hemos de comenzar advirtiendo el paralelo que plantea aquí el apóstol. Las palabras “y de la manera” y “así también” sugieren una comparación entre dos verdades cuya correspondencia se proponía establecer; la una, un hecho generalmente aceptado; la otra, un hecho que estaba ansioso de inculcar. Ahora ustedes notarán que dice: “está establecido para los hombres que mueran una sola vez,” y sólo una. Esto es una verdad innegable. La regla es universal; las excepciones son inapreciables. Una o dos personas habrían muerto dos veces; como, por ejemplo, Lázaro, y los demás que fueron resucitados de los muertos por Cristo. Estos, no podemos dudarlo, después de vivir otro poco, regresaron otra vez a la tumba.

Pero en general, hablando de la raza, “Está establecido para los hombres que mueran una sola vez.” Los asuntos más grandes de la vida se realizan una sola vez. Nacemos naturalmente una vez; nacemos espiritualmente una vez; no hay dos nacimientos naturales, ni tampoco hay dos nacimientos espirituales. Vivimos en la tierra solamente una vez; recibiremos la sentencia final únicamente una vez, y entonces seremos recibidos en el gozo de nuestro Señor una vez para siempre, o echados de Su presencia una vez para no regresar nunca.

Ahora, una parte del paralelo del apóstol radica aquí. De la manera que los hombres mueren sólo una vez, así también Cristo murió sólo una vez. Como la ley requería una sola muerte, Jesucristo, habiendo ofrecido esa única muerte como rescate por Su pueblo, cumplió Su tarea. “Porque el día que de él comieres, ciertamente morirás”: ese era el castigo; “Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras”: ese fue el pago. “El pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte.” Eso es un hecho, el primero. “Pero ahora, en la consumación de los siglos, se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado.” Eso es un hecho, el segundo.Pero todavía no han recibido todo el peso de la comparación. Después de que el espíritu de un hombre ha estado una vez en la tierra, ha vivido su tiempo, y el cuerpo ha muerto, su alma ha de visitar otra vez esta tierra, pues “Después de esto el juicio”. Todo hombre tendrá dos advenimientos: el advenimiento del que disfruta ahora o que usa ahora indebidamente sobre la tierra; y el advenimiento que espera más allá del presente curso de probación.

Después de que el hombre hubiere descendido a la tumba vendrá aquí otra vez; sus huesos se volverán a unir, cada hueso con su correspondiente; la carne cubrirá el esqueleto y el espíritu regresará, ya sea del cielo en el que se regocija, o del infierno donde aúlla, para ocupar el cuerpo una vez más y estar en la tierra. Todos hemos de venir aquí otra vez.

¿Qué pasaría si el lugar que ahora nos conoce no nos conociera nunca más? No obstante eso, en algún lugar de esta tierra estaremos. ¿Qué sucedería si fuéramos incapaces de reconocer alguna semejanza entre eso y el lugar en el que vivíamos, e incapaces de reconocer alguna semejanza entre nosotros y lo que éramos antes? No obstante eso, hemos de regresar aquí para recibir la sentencia dictada.

Ahora, lo mismo sucede con Cristo. Él murió una vez, y ha de venir una segunda vez. Una segunda vez Su cuerpo ha de estar sobre la tierra. ¡Y después de la muerte, el juicio! Sólo que cuando decimos que Cristo vendrá, Él vendrá, no para ser juzgado sino para ser el Juez. Después de la muerte, nuestra recompensa viene con nosotros; después de la muerte Su recompensa viene con Él. Después de nuestra muerte viene nuestra resurrección; la resurrección ya ha acontecido en Cristo. Cuando acontezca una resurrección tanto para el santo como para el pecador, tendrán lugar la audiencia final y el pronunciamiento de la sentencia. También Cristo vendrá para la postrera reunión de Sus elegidos y el final derrocamiento de Sus enemigos, y para Su coronación final, cuando sujete todo bajo Sus pies, y reine eternamente y para siempre.

Habiendo resaltado de esta manera el paralelo del texto, dejaré que sean ustedes quienes reflexionen sobre él. Y de la manera que está establecido para los hombres que mueran una vez, y después de esto el juicio, así también Cristo fue ofrecido una sola vez. Eso se ejecutó. La secuela es ahora señalada: aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan.

Dedicaremos nuestro tiempo en esta noche, -y Dios nos conceda que lo invirtamos provechosamente- observando, primero, la semejanza entre los dos advenimientos de Cristo; segundo, la desemejanza entre ellos, que es un tema mucho más extenso, y luego haremos algunas observaciones concernientes a nuestro interés personal en ambos advenimientos.

I. El texto sostiene muy claramente que, así como estaremos aquí dos veces: una vez en una vida de probación, y una segunda vez en el día del juicio, así también Cristo estará aquí dos veces: una vez en Su vida de sufrimiento, y luego una segunda vez, en Su hora de triunfo, y LAS DOS VENIDAS DE CRISTO TIENEN ALGÚN GRADO DE SEMEJANZA.

Primero, las dos venidas son semejantes entre sí en el hecho de que ambos son advenimientos personales. Cristo vino la primera vez, no como un espíritu, pues un espíritu no tiene carne y huesos como Él tenía. Él era un ser que podía ser cobijado por el pecho de una madre; que podía ser sostenido por los brazos de un padre. Fue uno que pudo caminar después en Su propia persona al templo; uno que pudo llevar nuestros pecados en Su propio cuerpo sobre el madero.

Hemos acabado de una vez por todas con las necias ideas de algunos de los primeros herejes, que afirmaban que la apariencia de Cristo sobre la tierra no era sino la de un fantasma. Nosotros sabemos que Él estuvo aquí real, personal y físicamente en la tierra. Pero no está muy claro para algunas personas que Él ha de venir real, personal y literalmente, una segunda vez.

Yo sé que hay algunos individuos que se están esforzando para descartar un reino personal, pero según lo entiendo, el advenimiento y el reino están tan íntimamente ligados, que hemos de tener un advenimiento espiritual si hemos de tener un reino espiritual. Ahora, nosotros creemos y sostenemos que Cristo vendrá súbitamente una segunda vez para levantar a Sus santos en la primera resurrección; esto será el comienzo del gran juicio, y ellos reinarán con Él posteriormente. El resto de los muertos no vivirá sino hasta después de que terminen los mil años. Entonces se levantarán de sus tumbas al sonido de la trompeta, y su juicio vendrá y recibirán sentencia por los actos que hicieron en sus cuerpos.

Ahora, nosotros creemos que el Cristo que se sentará en el trono de Su padre David, y cuyos pies estarán sobre el Monte del Olivar, es un Cristo tan personal como el Cristo que vino a Belén y lloró en el pesebre. Nosotros creemos efectivamente que el propio Cristo cuyo cuerpo colgó sobre el madero se sentará sobre el trono; que la propia mano que sintió el clavo, sostendrá el cetro; que el propio pie que fue clavado a la cruz, aplastará el cuello de Sus enemigos. Nosotros esperamos el advenimiento personal, el reino personal, la audiencia personal y el juicio final de Cristo.

Los dos advenimientos no son menos semejantes en el hecho de que ambos serán de acuerdo a la promesa. La promesa de la primera venida de Cristo alegraba a los primeros creyentes. “Abraham vuestro padre se gozó de que había de ver mi día; y lo vio, y se gozó.” El epitafio grabado sobre las losas que cubrían los sepulcros de los antiguos santos, tiene inscrita esta leyenda: “Murieron todos estos sin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos.”

Y hoy nosotros creemos que Cristo ha de venir de acuerdo a la promesa. Creemos que tenemos una abundante evidencia en las palabras que fueron expresadas por los labios de los inspirados profetas y videntes, y más especialmente en las palabras procedentes de la extasiada pluma de Juan en Patmos. ¿Acaso no testifican que Cristo ha de venir en verdad?

Nosotros ahora, al igual que Abraham, en efecto vemos Su día. Nuestros ojos captan el esplendor venidero. Nuestra alma se encuentra sobrecogida por la gloria que se aproxima. ¿Esperaba el judío al Mesías, al Príncipe? Nosotros también lo esperamos. ¿Esperaba el judío que reinara? Nosotros también esperamos que reine. De hecho, el mismo Príncipe esperado ahora por Israel en toda la dureza de su corazón, es el que esperamos nosotros. Ellos dudan del primer advenimiento del Mesías, y esperan que venga como el señalado entre diez mil, el Príncipe de los Reyes de la tierra. ¡Salve, Israel! En esto tus hermanos gentiles están de acuerdo. Tus hermanos gentiles esperan Su llegada en la misma forma y manera, y cuando Su llegada haya quitado las escamas de los ojos ciegos de los miembros las tribus de Israel, entonces la plenitud de los gentiles, conjuntamente con la simiente de Abraham, alabará y engrandecerá al Cordero que fue una vez inmolado, y que viene la segunda vez como el León de la tribu de Judá. Nosotros creemos que en ambos casos, el advenimiento de Cristo está plenamente prometido.

Pero hemos de notar, a continuación, que el segundo advenimiento de Cristo será semejante al primero en que será inesperado para la vasta mayoría del pueblo. Cuando vino anteriormente, sólo había unos cuantos que le esperaban. Simeón y Ana y algunas humildes almas semejantes, sabían que estaba a punto de llegar. Los otros sabían que los patriarcas y los profetas de su nación habían profetizado Su nacimiento; pero la vanidad de sus pensamientos, y la conducta de sus vidas discrepaban tanto del credo en el que habían sido educados, que no le otorgaban ninguna importancia. Los magos llegaron del distante oriente, y los pastores se presentaron de las llanuras vecinas, pero cuán poco impacto generó en las calles de la atareada Jerusalén, en los salones de los reyes, y en las casas de comercio.

El reino de Dios no vino con observación. El Hijo del Hombre no vino en tal honor como en el que pensaron que vendría. Y ahora, aunque tenemos las palabras de la Escritura que nos aseguran que Él vendrá pronto, y que Su recompensa viene con Él, a pesar de ello, ¡cuán pocos le están esperando!

La llegada de algún Príncipe extranjero o la proximidad de algún grandioso evento se esperan y se anticipan desde la misma hora en que el propósito es promulgado entre la gente. Pero en cuanto a Tu venida, Jesús, a Tu glorioso advenimiento, ¿dónde están los que esfuerzan sus ojos para captar los primeros rayos del sol naciente? Hay unos cuantos de Tus seguidores que esperan Tu aparición. Nos encontramos con unos cuantos individuos que saben que el tiempo es breve, y que el Señor puede venir al canto del gallo, o a la medianoche o al despuntar el alba. Conocemos a unos cuantos discípulos amados que con corazones anhelantes pasan las tediosas horas de espera, mientras preparan cánticos para recibirte, ¡oh Emanuel!

“Extranjeros en la tierra, te esperamos;
Oh, abandona el trono del Padre,
Ven con un grito de victoria, Señor,
Y reivindícanos como propiedad Tuya.
No buscamos un lugar de reposo en la tierra,
No vemos nada de hermosura,
Nuestra mirada está fija en el trono real,
Preparado para nosotros y para Ti.”

¡Señor, incrementa el número de los que esperan en Ti, y desean, y oran, y están atentos, y vigilan a lo largo de las monótonas horas de la noche, en espera de la mañana que anuncie Tu llegada!

Sin embargo, observen que cuando Él venga, habrá que decir esto al respecto: que Él vendrá para bendecir a quienes efectivamente le esperan de igual manera que lo hizo al principio. Bienaventurados fueron los ojos que lo vieron; bienaventurados fueron los corazones que lo amaron; bienaventurados fueron los oídos que lo oyeron; bienaventurados fueron los labios que lo besaron; bienaventurados fueron las manos que quebraron el frasco de alabastro para tributo de Su gloriosa cabeza. Y bienaventurados serán quienes sean considerados dignos de la resurrección y del reino que ha preparado. Bienaventurados aquellos que, habiendo sido nacidos del Espíritu pueden ver el reino de Dios; pero doblemente bienaventurados son aquellos que, habiendo sido nacidos de agua y del Espíritu, entrarán en el reino de Dios.

Pues no a todo el mundo le es dado esto. Hay algunos que todavía no ven el reino, y otros que no pueden entrar porque no obedecen la ordenanza que los convierte en discípulos de Cristo. Triplemente bienaventurados serán aquellos que, con sus lomos ceñidos, siendo siervos obedientes y habiendo hecho Su voluntad, le oirán decir: “Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo.” Él viene para bendecir a Su pueblo.

Pero, luego, hay una semejanza adicional, y con su mención, concluyo este primer punto: Él viene, no únicamente para bendecir a Su pueblo, sino para ser piedra de tropiezo y roca que hace caer para aquellos que no creen en Él. Cuando Él vino la primera vez, Él fue como fuego purificador, y como jabón de lavadores. Así como el fuego purificador quema la escoria, así consumió Él a los fariseos y saduceos; y así como el jabón de lavadores limpia la inmundicia, así lo hizo Él con esa generación cuando la condenó, -como el profeta Jonás lo hizo con los hombres de Nínive- pues condenó a los hombres de Jerusalén debido a que no se arrepintieron.

Así también, cuando venga la segunda vez, a la par que bendecirá a Su pueblo, Su aventador estará en Su mano, y limpiará Su era, y recogerá el trigo en Su granero, y quemará la paja en el fuego que nunca se apagará.

No anhelen la venida de Cristo si no le aman, pues el día del Señor será para ustedes tinieblas y no luz. No pidan el fin del mundo; no digan: “Ven pronto”, pues Su venida será la destrucción de ustedes; Su advenimiento será la llegada del horror eterno para ustedes. Que Dios nos conceda amar al Salvador y poner nuestra confianza en Él; pero sólo hasta entonces podremos decir: “¡Ven pronto, ven pronto, Señor Jesús!”

II. Ahora vamos a referirnos a la segunda parte de nuestro tema, LA DESEMEJANZA ENTRE LOS DOS ADVENIMIENTOS.

En las profecías de Su venida la primera y la segunda vez, hubo una disparidad así como también una correspondencia. Es cierto que en ambos casos Él vendrá acompañado por ángeles, y el cántico será: “¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!” Es cierto que en ambos casos los pastores que guardan sus rebaños incluso por la noche, se contarán entre los primeros en aclamarlo con ojos insomnes; bienaventurados son los pastores que vigilan los rebaños de Cristo y que por tanto verán al Grandioso Pastor cuando venga. Sin embargo, cuán diferente será Su venida, yo digo. Al principio vino como un infante de un palmo de longitud; ahora vendrá siendo el Glorioso:

“Ceñido con guirnalda de arcoíris y nubes de tormenta.”

Entonces entró en un pesebre; ahora ascenderá a Su trono. Entonces se sentó sobre las rodillas de una mujer, y descansó en el pecho de una mujer; ahora la tierra estará a Sus pies y el universo entero descansará en Sus hombros eternos. Entonces pareció un infante; ahora el infinito. Entonces nació para experimentar aflicciones como chispas que vuelan a lo alto; ahora viene para gloria como el rayo de un extremo del cielo hasta el otro. Un establo lo recibió entonces; ahora los altos arcos de la tierra y del cielo serán demasiado pequeños para Él. Bueyes de largos cuernos fueron entonces Sus compañeros, pero ahora los carros de Dios que son veinte mil, incluyendo miles de ángeles, estarán a Su diestra. Entonces, en pobreza, Sus padres estuvieron muy contentos de recibir las ofrendas de oro, incienso y mirra; pero ahora, en medio de esplendor, Rey de reyes y Señor de señores, todas las naciones se inclinarán ante Él, y reyes y príncipes le rendirán homenaje a Sus pies. Aun así, Él no necesitará nada de mano de ellos, pues podrá decir: “Si yo tuviese hambre, no te lo diría a ti, porque míos son los millares de animales en los collados.” “Todo lo pusiste debajo de sus pies: ovejas y bueyes, todo ello, y asimismo las bestias del campo.” “De Jehová es la tierra y su plenitud.”

Ni tampoco habrá una simple diferencia en Su venida; habrá una muy clara y evidente diferencia en Su persona. Él será el mismo, de tal manera que seremos capaces de reconocerlo como el Hombre de Nazaret, pero, ¡oh, cuán cambiado! ¿Dónde está ahora el vestido de obrero? La realeza se ha puesto ahora su manto de púrpura. ¿Dónde están ahora los pies cansados de caminar que necesitaban ser lavados después de sus largas jornadas de misericordia? Ahora esos pies calzan sandalias de luz y son “semejantes al bronce bruñido, refulgente como en un horno.” ¿Dónde está ahora el clamor: “Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; mas Yo, el Hijo del Hombre no tengo dónde recostar mi cabeza”? El cielo es Su trono; la tierra es Su estrado.

Me parece que en visiones nocturnas contemplo el despuntar del día. Y al Hijo del Hombre le es dado “dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran.” ¡Ah!, quién pensaría reconocer en el hombre cansado y lleno de dolores, al Rey eterno, inmortal, invisible. Quién pensaría que el humilde hombre, despreciado y rechazado, era el trigo para siembra del cual crecería grano lleno en la espiga, Cristo todo glorioso, delante de Quien los ángeles velan Sus rostros y claman: “¡Santo, santo, santo es el Señor Dios Todopoderoso!”

¡Él es el mismo, y, sin embargo, cuán cambiado está! Ustedes que lo despreciaban, ¿lo despreciarían ahora? Imaginen que el día del juicio ha llegado, y supongan que esta vasta audiencia representa la reunión de la última terrible mañana. ¡Ahora ustedes que despreciaban Su cruz, pasen al frente e insulten Su trono! ¡Ahora ustedes que decían que era un simple hombre, acérquense y resístanle, mientras Él les demuestra que es su Creador! Ahora ustedes que decían: “no queremos que este hombre reine sobre nosotros”, díganlo ahora si se atreven; ¡repitan ahora, si se atreven, su desafío presuntuoso! ¡Cómo!, ¿se quedan callados? ¿Dan la vuelta y huyen? En verdad, en verdad, eso se dijo de ustedes en el pasado. Los que le odian huirán delante de Él. Sus enemigos lamerán el polvo. Gritarán a las rocas que los cubran y a los montes que los escondan de Su rostro. Cuán cambiado, repito, estará Él en la apariencia de Su persona.

Pero la diferencia será más aparente en el tratamiento que recibirá entonces. Ay, Señor mío, Tu recibimiento en la tierra la primera vez no fue tal que te motivara a regresar aquí. “Todos los que me ven me escarnecen; estiran la boca, menean la cabeza, diciendo: se encomendó a Jehová; líbrele él; sálvele puesto que en él se complacía; me he convertido en vituperio, en la canción del bebedor; me han puesto por burla y escarnio.” “Le veremos, mas sin atractivo para que le deseemos.” Esta era la opinión del mundo acerca del Ungido de Dios. Así saludaron al Cristo de Jehová cuando vino la primera vez.

Mundo ciego, abre tus ojos mientras los terribles truenos del juicio te sobresaltan de terror y de asombro, y mira a tu alrededor. Este es el hombre en quien no podías ver belleza; ¿te atreverías a decir lo mismo de Él ahora? Tiene ojos como llamas de fuego y de Su boca sale una espada aguda; el pelo de Su cabeza como lana limpia y Sus pies semejantes al oro bruñido. ¡Cuán glorioso es ahora! ¡Cuán diferente es ahora la opinión del mundo acerca de Él! Los malvados lloran y se lamentan por causa de Él. Los piadosos claman: “¡Salve! ¡Salve! ¡Salve!”, y aplauden, e inclinan sus cabezas, y saltan de gozo. A Su alrededor un innumerable grupo de ángeles espera; querubines y serafines con ruedas ardientes le sirven a Sus pies, y alzan siempre su voz a Él, continuamente, continuamente, continuamente, diciendo: “Santo, santo, santo es el Señor Dios Todopoderoso.”

Supongamos de nuevo que el día del juicio ha llegado, y retemos al mundo a que trate al Salvador como lo hizo antes. ¡Entonces, ahora, muchedumbres, arrástrenle para despeñarle desde la cumbre del monte! Den un paso al frente, ustedes fariseos, y tiéntenle y procuren enredarlo en Sus palabras. Herodianos, ¿acaso no tienen ahora un centavo para que puedan hacerle una pregunta difícil para atraparlo? Qué, saduceos, ¿no les queda ningún acertijo? ¡Ajá! ¡Ajá!, ríanse de los escribas y de los hombres sabios; vean cómo el Hombre sabio de Nazaret los ha confundido a todos ellos. ¡Miren cómo el Sufridor ha reducido a nada a los perseguidores! ¡Vamos, Judas, architraidor, véndelo por treinta piezas de plata! ¡Pilato, da un paso al frente y lava tus manos en inocencia y di: “inocente soy yo de la sangre de este justo”! Pongan atención, ustedes padres del Sanedrín, despierten de sus largos sueños y digan otra vez, si se atreven, “Este blasfema”. Soldados, hiéranlo en la mejilla; pretorianos, denle otra vez de puñetazos. Siéntenlo una vez más en la silla y escúpanle el rostro. Tejan su corona de espinas y cíñanla sobre Su cabeza, y pongan la caña en Su diestra. ¡Cómo!, ¿no tienen un viejo manto para arrojarlo nuevamente sobre Sus hombros? ¡Qué!, ¿ya no tienen cantos, ni burlas obscenas, y no hay nadie entre ustedes que se atreva a arrancarle Sus cabellos?

No, ¡véanlos cómo huyen! Sus lomos no están ceñidos; los escudos de los valientes han sido arrojados a los vientos. El valor les ha faltado; los valerosos romanos se han vuelto cobardes, y los fuertes toros de Basán se han alejado presurosamente de sus pastos. Y ahora, ustedes que son judíos, clamen: “¡Muera!”, digan que quieren que Su sangre sea sobre ustedes y sobre sus hijos. Ahora pasen al frente, ustedes que conforman la cuadrilla de libertinos, y búrlense de Él como lo hicieron cuando estaba sobre la cruz. Señalen Su heridas; escarnezcan Su desnudez; búrlense de Su sed; denigren Su oración; párense y saquen sus lenguas e insulten Sus agonías si todavía se atreven. ¡Ustedes lo hicieron una vez; se trata de la misma persona; háganlo otra vez!

Pero no; caen postrados sobre sus rostros y un gemido se eleva de la muchedumbre congregada, de naturaleza tal, que no se había escuchado jamás en la tierra, ni siquiera en el día en el que los hijos de Egipto sintieron la espada del ángel; y, un llanto peor que el que se conoció en Boquim; y lágrimas más amargas que las que Raquel derramó cuando no quiso ser consolada por sus hijos.

Sigan llorando, aunque ahora es demasiado tarde para su aflicción. ¡Oh!, si hubiera habido una lágrima de penitencia antes, no existiría el remordimiento que gime ahora. ¡Oh!, si hubiera habido la mirada del ojo de la fe, no habría la marchitez y el asolamiento de sus ojos con horrores que los consumirán por completo. Cristo viene, repito, para ser tratado de manera muy diferente del tratamiento que recibió anteriormente.

La diferencia se presenta una vez más en esto: Él vendrá de nuevo con un propósito muy diferente. Él vino la primera vez así: “El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado.” Él viene una segunda vez para reclamar la recompensa y para repartir despojos con los fuertes. Él vino la primera vez con una ofrenda por el pecado; habiendo presentado esa ofrenda una vez, ya no hay más sacrificio por el pecado. Él viene la segunda vez para administrar justicia. Él fue justo en Su primera venida pero era la justicia de la obediencia. Él será justo en Su segunda venida con la justicia de la supremacía. Él vino para sufrir el castigo; Él viene para obtener la recompensa. Él vino para servir; Él viene para gobernar. Él vino para abrir de par en par las puertas de la gracia; Él viene, no para salvar, sino para pronunciar la sentencia; no para llorar mientras invita, sino para sonreír mientras recompensa; no para temblar en el corazón mientras proclama la gracia, sino para hacer temblar a otros mientras declara su condenación. ¡Oh, Jesús, cuán grande es la diferencia entre Tus dos advenimientos!

III. Ahora debo dedicar los pocos minutos que restan a HACER UNAS CUANTAS PREGUNTAS.

¿Qué tiene que ver esto con nosotros? Tiene algo que ver con cada uno de nosotros, desde el calvo más anciano hasta el sonrosado niñito que nos está escuchando con ojos sorprendidos ante el pensamiento que Cristo vendrá, y que todo ojo le verá. Hay muchos espectáculos que únicamente unos cuantos entre los hijos de los hombres pueden ver, pero todo ojo le verá a Él. Muchos de nosotros nos habremos ido de esta tierra cuando la siguiente gran exhibición sea vista en Londres, pero todo ojo le verá a Él.

Puede haber algunos grandiosos espectáculos por los que no sientan ningún interés; no los verían si pudieran evitarlo, pero a Él sí lo verán. Podrías no asistir a ningún lugar de adoración para oírlo, pero le verás. Tal vez asististe a la casa de Dios algunas veces, y cuando te encontrabas allí, hiciste votos de no regresar nunca. ¡Ah!, pero allí estarás en aquel momento, sin que se te pregunte tu preferencia. Y tendrás que permanecer hasta la conclusión, hasta que Él pronuncie sobre tu cabeza ya sea la bendición o la maldición. Pues todo ojo le verá. No habrá ninguno de nosotros que estará ausente en el día en que Cristo aparezca; entonces todos tenemos un interés en ello.

¡Ay, es un pensamiento aflictivo que muchos le verán para llorar y lamentar! ¿Te encontrarás dentro de ese número? No, no mires a alrededor tuyo, a tu vecino: ¿te encontrarás entre ese número? ¡Ay de ti! Si nunca lloras por el pecado en la tierra, estarás entre ellos. Si no lloras por el pecado en la tierra, llorarás por el pecado allí; y, fíjate, si no vuelas a Cristo y confías en Él ahora, estarás obligado a huir de Él y ser maldecido por Él entonces. “El que no amare al Señor Jesucristo, sea anatema. El Señor viene”; ¡maldito con un anatema! Pablo dijo eso. En el nombre de la Iglesia, por medio de su apóstol más amoroso y tierno, el alma que no ama a Cristo es maldecida. En aquel día el cielo ha de ratificar solemnemente la maldición con un “Amén”; y el día del juicio trae sus truenos que retumbarán con terribles coros el sonido: “Amén; el que no amare al Señor Jesucristo, sea maldito.”

Pero habrá algunos allí que, cuando Cristo venga, se regocijarán grandemente de verle. ¿Estarás tú entre ese número? ¿Habrá una corona para ti? ¿Participarás de ese magnífico triunfo? ¿Serás un miembro de esa corte real que se deleitará y “verá al Rey en su hermosura” en “la tierra que está lejos”?

Hermana, ¿estarás entre las hijas de Jerusalén que saldrán a recibir al Rey Salomón con la corona que su madre le coronó el día de sus esponsales? Hermano, ¿estarás entre aquellos que saldrán a recibir al Rey cuando venga acompañado de: “Hosanna; Bendito el que viene en el nombre del Señor”?

“Así lo espero”, afirma uno. Yo así lo espero también, pero, ¿estás seguro? “Bueno, pues yo lo espero”. No te contentes con tener una esperanza a menos que sepas que es una buena esperanza por medio de la gracia. ¿Qué dices esta noche: has nacido de nuevo? ¿Has pasado de muerte a vida? ¿Eres una nueva criatura en Cristo Jesús? ¿Ha tenido el Espíritu de Dios algún trato contigo? ¿Has sido conducido a ver la falacia de toda confianza en lo humano? ¿Has sido conducido a ver que ninguna buena obra tuya puede hacerte idóneo para reinar con Cristo? ¿Has sido conducido a desechar tu justicia como trapos inmundos? Alma, ¿podrías decir el día de hoy?:

“Mi fe en verdad apoya su mano
Sobre esa amada cabeza Tuya;
Y allí como un penitente permanezco,
Y confieso mi pecado.”

¿Podrías decir humildemente, débilmente, pero aun así, sinceramente: “Cristo es mi todo; Él es todo lo que deseo en la tierra; Él es todo lo que necesito para el cielo”? Si así fuera, entonces anhela Su venida, pues le verás, y serás glorificado en Él. ¡Pero si no pudieras decir eso…!

Nos estamos acercando al fin del año. Esta es la última vez que tendré el placer de dirigirme a ustedes en este año. ¡Oh, que el Señor trajera más personas en la última semana del año que en todas las semanas que han pasado! Es posible; nada es demasiado difícil para Dios. Ciertamente sucederá eso si el Señor despierta sus corazones, hermanos y hermanas, a orar por ello.

¿Acaso no hay jóvenes aquí que todavía no son seguidores del Cordero? ¡Oh, que esta noche, que esta misma noche, el Espíritu de Dios diga a sus corazones: “Volveos, volveos… ¿por qué moriréis?”! Y, ¡oh!, que sean conducidos a estar tan intranquilos, que esta noche sean incapaces de dar descanso a sus ojos ni sueño a sus párpados, hasta no haber puesto su confianza en Cristo, y que Él les pertenezca.

Probablemente mañana oirán las armas señalando el momento en el que las cenizas del Príncipe sean colocadas en su lugar de descanso. Que cada disparo sea un sermón para ustedes, y cuando su corazón esté resonando con violencia, que este sea su mensaje:

“Preséntate al juicio,
Preséntate al juicio; ven presto.”

Y que puedan ser capaces de responder conforme oigan ese mensaje: “sí, bendito sea Dios, no tengo miedo de presentarme al juicio, pues:

“Osado estaré en aquel grandioso día;
¿Ya que quién podría acusarme de algo?
Pues, a través de Tu sangre absuelto soy,
De la tremenda maldición y vergüenza del pecado.”

Recuerden que la salvación es por Cristo; no por obras, ni por la voluntad de varón, ni por la sangre, ni por nacimiento; y este es el mensaje que Cristo nos ordena entregar: “Todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo. ¡Oh!, que fueran conducidos a invocar Su nombre por medio la oración y la fe humilde, y serán salvos. “El que en él cree, no es condenado.” ¡Oh!, que creyeran en Él esta misma noche si no lo hubiesen hecho anteriormente. Toca el borde de Su manto, tú que padeces de flujo de sangre. Di: “¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí!”, tú que estás ciego. Di: “¡Señor, sálvame, que perezco!”, tú que estás a punto de ahogarte. Y los oídos atentos de Jesús, y las manos prestas del Salvador oirán ahora y bendecirán si el corazón está listo, y si el alma está pidiendo misericordia. Que Dios les conceda las más ricas bendiciones de Su gracia por Cristo nuestro Señor. Amén.

Nota agregada al final del sermón:

‘Tal vez sería impropio desearles desde el púlpito “las felicitaciones de la estación”, pero yo en verdad les deseo la bendición de Dios en todas las estaciones, a tiempo y fuera de tiempo, y esa es mi bendición para ustedes esta noche, que reciban la bendición de Dios mientras vivan, y Su bendición cuando mueran; Su bendición en Su advenimiento, y Su bendición en el juicio. Que el Señor los bendiga más y más; que les conceda una feliz Navidad y el más feliz de los años nuevos, y a Él sea toda la alabanza y la honra.’

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