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Esperanza en Medio del Sufrimiento

febrero 2, 2010

El sufrimiento es algo para lo que el hombre no fue hecho. Tan claro es esta realidad que a todos nosotros nos da temor experimentarlo. Yo lo veo todos los días en mi trabajo. Como médico escucho siempre lo mismo de mis pacientes, “Doctor, haga lo que haga, le pido que no me vaya a doler mucho.” En fin, el hombre no fue creado para sufrir.

Nunca hemos visto a alguien-por lo menos en su sano juicio-a quien le guste el dolor, ya sea emocional o físico. El dolor entró en la creación a causa del pecado. El hombre fue creado con la meta de vivir en comunión perfecta con Dios, sin embargo, a causa de su rebelión, el hombre fue sujetado junto a la creación a las consecuencias de su transgresión, entre ellas, el sufrimiento.

El error de muchos está en creer que ese sufrimiento fue tan sólo un castigo de Dios, sin pensar que Él tiene un propósito para todas las cosas que ocurren en Su creación, incluyendo el dolor y el sufrimiento. El error es tan grave que muchos creyentes piensan que cuando un cristiano sufre es una indicación de que Dios no lo ama, que tiene falta de fe, o que está en pecado.

Ciertamente el sufrimiento y el dolor pueden venir a una persona como consecuencia del juicio de Dios, sin embargo el fin último de Dios es brindar esperanza. Es bueno recalcar aquí que el creyente que sufre lo hace por el decreto soberano de Dios, quien como un Padre lo trae a su vida en amor y no en juicio o ira, como creído por muchos.

Nunca el creyente sufre dolor por falta de fe. Esto queda más claro cuando leemos el pasaje en el salón de la fe de Hebreos 11. En ese pasaje vemos a los profetas, quienes alcanzaron buen testimonio de la fe y de los cuales el mundo no era digno, sufrieron dolores indescriptibles. El autor del libro de Hebreos nos cuenta que muchos fueron,  “36 Otros experimentaron vituperios y azotes, y a más de esto prisiones y cárceles. 37 Fueron apedreados, aserrados, puestos a prueba, muertos a filo de espada; anduvieron de acá para allá cubiertos de pieles de ovejas y de cabras, pobres, angustiados, maltratados” (Hebreos 11: 36-37).

Es que acaso alguien podría afirmar que el profeta Isaías, de quien la tradición judía dice que fue muerto habiéndole sido pasado una sierra por la mitad de su cuerpo, no tenía fe? O peor aún, que tenía poca fe? O es que acaso alguien podría decir que Cristo, habiendo sido pobre, no tenía fe? Sería inconcebible! Pues esto es lo que muchos creen. En muchos púlpitos se les enseña que el sufrimiento es causa de falta de fe de parte de la persona que está experimentándolo y falta de amor de Dios hacia él.

Gravísimo es hacerle creer a un creyente que está experimentando dolor, que Dios no le ama. La verdad es que es precisamente porque Dios le ama por lo que está experimentando el dolor. Como dije antes, el fin de Dios en el dolor es producir esperanza. Esto es lo que nos dice Pablo en la epístola a los Romanos. En el capítulo 8 el apóstol escribe,

18 Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse. 19 Porque el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios. 20 Porque la creación fue sujetada a vanidad, no por su propia voluntad, sino por causa del que la sujetó en esperanza; 21 porque también la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios. 22 Porque sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora; 23 y no sólo ella, sino que también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo. 24 Porque en esperanza fuimos salvos; pero la esperanza que se ve, no es esperanza; porque lo que alguno ve, ¿a qué esperarlo? 25 Pero si esperamos lo que no vemos, con paciencia lo aguardamos.” Romanos 8: 18-25

Toda la Biblia nos da ejemplos claros de grandes creyentes y hombres de fe sufriendo graves tormentos. Podríamos decir que Dios no les amaba o que no tenía Él un propósito a cumplir en ellos? El mismo apóstol Pablo le escribió a la iglesia en Filipos, “Porque a vosotros os es concedido a causa de Cristo, no sólo que creáis en él, sino también que padezcáis por él” (Fil. 1: 29). Pedro también quedó anonadado de aquellos creyentes en Asia que estaban sorprendidos por el sufrimiento que estaban experimentando a causa de las persecuciones romanas. En su primera epístola escribió,

12 Amados, no os sorprendáis del fuego de prueba que os ha sobrevenido, como si alguna cosa extraña os aconteciese, 13 sino gozaos por cuanto sois participantes de los padecimientos de Cristo, para que también en la revelación de su gloria os gocéis con gran alegría. 14 Si sois vituperados por el nombre de Cristo, sois bienaventurados, porque el glorioso Espíritu de Dios reposa sobre vosotros. Ciertamente, de parte de ellos, él es blasfemado, pero por vosotros es glorificado. 15 Así que, ninguno de vosotros padezca como homicida, o ladrón, o malhechor, o por entremeterse en lo ajeno; 16 pero si alguno padece como cristiano, no se avergüence, sino glorifique a Dios por ello. 17 Porque es tiempo de que el juicio comience por la casa de Dios; y si primero comienza por nosotros, ¿cuál será el fin de aquellos que no obedecen al evangelio de Dios?” 1 Pedro 4: 12-17

Diría alguien que estos creyentes en Asia estaban sufriendo sin algún propósito divino? Estaba pasando en Asia algo fuera del control de Dios? Nunca! Estas persecuciones estaban diseñadas por Dios para que Él fuera glorificado en medio del martirio de muchos de Sus hijos. Si este juicio que ocurre en amor es así, imagínense como será el juicio de Dios para aquellos que son sus enemigos y por los cuales no hay más que ira sobre sus cabezas?

Dios ama a los suyos y ha diseñado sufrimientos en sus vidas con el fin, como dije antes, de que Su nombre sea glorificado y para producir esperanza. Nunca es por falta de amor. Cómo sabemos esto? En el evangelio de Mateo hay un versículo muy interesante. En el capítulo 27 leemos lo siguiente, “Confió en Dios; líbrele ahora si le quiere; porque ha dicho: Soy Hijo de Dios” (versículo 43). El contexto de este pasaje es la crucifixión de Jesucristo. El Señor está sufriendo un terrible tormento en la cruz. Su cuerpo había sido despedazado por los latigazos previos; cansado de cargar ya sin fuerzas y habiendo sufrido gran pérdida de sangre, la cruz; sus manos y pies sufriendo el terrible dolor de clavos atravesándoles, etc. Viendo todo este dolor, los sacerdotes y fariseos, demostrando su pésima teología-como muchos hoy en día-dijeron, “líbrele ahora si le quiere.”

Lo que estaban diciendo es que si Dios verdaderamente amaba a Jesús le libraría de tal sufrimiento. Quién podría afirmar que Dios no amaba a Su Hijo? Qué el Padre no amaba a la segunda persona de la Trinidad, con quien ha tenido perfecta comunión desde la eternidad? El Padre ya había dado testimonio de lo que sentía por Su Hijo Jesucristo. Ante la multitud había testificado, “Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia” (Marcos 1: 11). Y en privado frente a Pedro, Juan y Jacobo dijo, “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd” (Mateo 17: 5).

Si nuestra teología sale de la Biblia debemos afirmar que el sufrimiento es algo que va a ser experimentado casi universalmente por el creyente. Dios cuando salva a un pecador no lo libra del dolor, sino que lo utiliza para que Él sea glorificado y para producir esperanza en el creyente. Porqué sufrió Cristo? Verdaderamente sufrió voluntariamente para expresar ese amor infinito y perfecto que hay entre Él y el Padre, con el fin de hacer la voluntad suya de salvar a un pueblo escogido por Dios y darles vida eterna. El sufrimiento de Cristo fue predeterminado por Dios como un medio para llevar a cabo Su plan de redención. En esperanza fue sujeto Cristo al terrible sufrimiento de la cruz, en donde experimentó el odio de los hombres y la ira de Dios por los pecados de Su pueblo (2 Corintios 5: 21).

Si Cristo sufrió, no vamos a sufrir nosotros? Por el contrario, la promesa del Señor es que nos es concedida la fe para creer en Él y el sufrimiento para padecer por Él. Con qué fin? Que Dios sea glorificado! Y además para producir en nosotros la esperanza de lo que nos espera en la eternidad, cuando el pecado, el dolor y el mal sean quitados de nosotros y de la creación por Dios. Entonces, en las palabras de Pedro, “si alguno padece como cristiano, no se avergüence, sino glorifique a Dios por ello.

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