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Pequeños dioses?

enero 14, 2010

En el libro de Hechos vemos como Pablo y Bernabé habitando por un largo período de tiempo en Iconio predicando el evangelio de Cristo. El Señor daba testimonio de que ellos habían sido enviados por Él, permitiendo que se hicieran diversos milagros por medio de estos dos grandes hombres de Dios (Hechos 14: 3).

Pero, como ocurre aún en nuestros tiempos, habían muchos en esa ciudad que rechazaron el mensaje que ellos llevaban e hicieron que Pablo y Bernabé tuvieran que salir a las ciudades vecinas. No podemos negar que en Su providencia, Dios había decretado esta pequeña persecución en Iconio para traer a Su redil a Sus ovejas en Listra y Derbe. Sin embargo, es en esas ciudades en donde ocurre algo muy particular.

Una vez llegados a Listra nos cuenta Lucas que había un hombre inválido. Éste nunca había caminado, pues era cojo. Quizás, viendo el griego, este hombre no podía caminar porque no tenía un pie (la palabra es χωλός). Específicamente Lucas escribe,

8 Y cierto hombre de Listra estaba sentado, imposibilitado de los pies, cojo de nacimiento, que jamás había andado. 9 Este oyó hablar a Pablo, el cual, fijando en él sus ojos, y viendo que tenía fe para ser sanado,10 dijo a gran voz: Levántate derecho sobre tus pies. Y él saltó, y anduvo.”

Lo que ocurrió después es sumamente interesante. Debido a que este hombre era conocido en la ciudad por su incapacidad física, el milagro hecho por Pablo causó gran conmoción entre los habitantes de aquella ciudad y todos decían, “Dioses bajo la semejanza de hombres han descendido a nosotros” (Hechos 14: 11). Tal fue la impresión causada por el milagro que los ciudadanos les llamaron con el nombre de sus dioses, Júpiter a Bernabé y Mercurio a Pablo. El sacerdote que trabajaba en el templo de Júpiter trajo toros e hizo sacrificios en honor a ellos (Hechos 14: 13, 18).

Lo que hicieron Pablo y Bernabé después es lo que deseo destacar el día de hoy. Lucas escribe que ellos rasgaron sus ropas y les dijeron a los ciudadanos de la Listra,

Varones, ¿por qué hacéis esto? Nosotros también somos hombres semejantes a vosotros, que os anunciamos que de estas vanidades os convirtáis al Dios vivo, que hizo el cielo y la tierra, el mar, y todo lo que en ellos hay. 16 En las edades pasadas él ha dejado a todas las gentes andar en sus propios caminos; 17 si bien no se dejó a sí mismo sin testimonio, haciendo bien, dándonos lluvias del cielo y tiempos fructíferos, llenando de sustento y de alegría nuestros corazones.”

Qué tan diferente es lo que ocurre hoy en día! Los supuestos milagros son lo que tiene preeminencia en muchos púlpitos escenarios. Lo vemos con Benny Hinn, Kenneth Copeland, Cash Luna, y casi todos en el canal Enlace TBN. Su énfasis está en los milagros! Pero que tan diferente serían las cosas si siguieran el ejemplo de los apóstoles. Lo que tenía más importancia para ellos era la predicación del evangelio. Ellos sabían que ese era el poder de Dios para salvación de los hombres (1 Corintios 1: 18-24).

Los milagros que hacían eran concedidos por el Señor tan sólo para testimonio a los incrédulos. Con estas cosas Cristo testificaba que los apóstoles habían sido enviados por Él y que el mensaje predicado era real y debía ser escuchado. Pero, la perversión pentecostal de los dones extraordinarios ha desechado el uso que fue dado a los apóstoles y ahora los ha transformado en engaños con el fin de atraer dinero.

Siempre que veo o tengo alguna conversación con algún pentecostal les pregunto: Cuántos cojos a curado Benny Hinn? Cuantas personas sin un pie han podido subir a su escenario para que “les haga el milagro”? Ninguna! Todas las personas que tienen la oportunidad de subir son aquellas que tienen dolencias indetectables externamente o que parecieran superables mediante la manipulación emocional. Nunca hemos visto por televisión ciegos recobrando la vista, o sordos recobrando sus sentidos. Porqué? Porque se confirma que esos dones eran para los apóstoles para dar testimonio del evangelio que les fue dado por Cristo.

Pero para hombres como Hinn o Luna, estos milagros les sirven para hacerse dioses. Ellos son idolatrados por miles de personas habiendo sido engañados con supuestos milagros. Qué tan diferentes fueron Pablo y Bernabé? Cuando supieron de lo que hacían los ciudadanos en Listra, tratándolos como si fueran dioses dijeron en voz alta, “¿por qué hacéis esto? Nosotros también somos hombres semejantes a vosotros.” Es esto lo que hacen los falsos apóstoles de la actualidad?

Por el contrario, ellos van de ciudad en ciudad, de paías en país pregonando un mensaje de sanación, como si la principal necesidad del hombre fuera escapar de la pobreza o de la enfermedad. Pablo y Bernabé sabían que el mayor problema del hombre era su pecado y por ello predicaban el único mensaje que podía libertarlos, esto es, el evangelio del Señor Jesucristo.

Dándole la preeminencia a los “milagros” los falsos maestros han enseñado que ellos son pequeños dioses. Pablo y Bernabé hubieran aborrecido tal blasfemia. Rechazaron quitarle la gloria al Dios verdadero y robársela para ellos mismos. Ellos, viendo la gravedad del pecado del pueblo rasgaron sus vestidos! Es lo que deberían aprender, entre muchas otras cosas, estos shamanes contemporáneos. Los apóstoles aprovecharon para predicar la verdad de Dios el Creador de todas las cosas, Rey y soberano del universo, misericordioso con todos los pecadores. Pero, estos mentirosos aprovechan para hacerse publicidad y en lugar de llevar a los hombres a Cristo, aprovechan para que sus engaños sirvan para hacer más y más dinero.

Que veamos nosotros la necesidad de predicar el evangelio. Esto es lo único que puede libertar a los esclavos; dar vista a los ciegos, hacer que los sordos escuchen y que los muertos sean resucitados. Sólo mediante la predicación de todo el consejo de Dios podrán salir los hombres del engaño en el que han caído al estar bajo el dominio de estos falsos apóstoles. Prediquemos el evangelio!

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3 comentarios leave one →
  1. enero 15, 2010 2:50 am

    Gracias Eduardo por exhibir a estos charlatanes que se aprovechan de la gente. Sigamos predicando a Cristo y a este crucificado.

  2. enero 17, 2010 3:32 pm

    Mmm, interesante (Realmente interesante)

    La predicación es lo más importante en los caminos de Dios, pero es destacable decir ( nunca esta demás decir) que el Ministario apostilico esta aun vigente en estos tiempos recesivos.

    que stes muy bien, bendiciones.

    Au revoir & Adio.

  3. Jorge Sánchez permalink
    agosto 9, 2010 12:10 am

    Creo que ésta predicación de Spurgeon le va ayudar mucho, bendiciones
    El Púlpito del Tabernáculo Metropolitano
    El Evangelio de la Gloria de Cristo

    NO. 2077
    Sermón predicado el Domingo 31 de Marzo de 1889

    por Charles Haddon Spurgeon

    En el Tabernáculo Metropolitano, Newington

    “El resplandor del evangelio de la gloria de Cristo.”-II Corintios 4:4

    Sermones
    Estas palabras brillan en el centro del versículo, como una perla en su montura. Su traducción literal y precisa es así: “La luz del evangelio de la gloria de Cristo.” Éste es el sentido dado a mi texto por la Versión Revisada de la Biblia y es la que seguiré, porque se apega al original, palabra por palabra.

    Pablo era un hombre de una sola idea. El evangelio de Cristo había saturado su alma como el rocío saturó el vellón de Gedeón. Él no podía pensar en nada más ni hablar de nada más, sino de la gloria de Cristo crucificado. Importantes acontecimientos políticos ocurrieron en los días del Apóstol pero no puedo recordar ninguna alusión a ellos. Se tenían que resolver grandes problemas sociales pero la primera y única solución para él fue la predicación de ese gran Salvador que fue destinado para limpiar los establos donde se acumula la corrupción del mundo. Para Pablo sólo había una cosa por la que valía la pena vivir. También era digna de morir por ella. Él no consideraba su vida valiosa sino para ganar a Cristo y ser encontrado en Él.

    Por eso mismo su ánimo se levantaba o se abatía de acuerdo con la prosperidad o la caída del reino de Cristo. Cuando escribe una Epístola, su humor varía de acuerdo a la condición espiritual de la gente a quien escribe. Si la fe de ellos crece grandemente y la Palabra de Dios es proclamada en su seno, su tono es de júbilo. Pero si declinan en la Gracia Divina, si hay divisiones entre ellos, si la doctrina falsa causa estragos en ellos como un lobo en el rebaño-entonces su espíritu es solemne y escribe con una mano pesada. En este caso Pablo lamenta la condición de aquellos que no podían ver lo que era tan sencillo para él mismo-a saber, el Evangelio de la Gloria de Cristo.

    Él vio muy claramente la gloria de su Señor y ese precioso Evangelio construido sobre ella y se maravillaba que otros no pudieran verla también.

    Considerando su caso con cuidado, él percibía con tristeza que esos malos seguidores seguramente habían cerrado sus ojos con incredulidad deliberada. Por consiguiente él sentía que Satanás había ejercido un poder maligno sobre ellos y los había cegado completamente. El fuego del Evangelio es tan brillante que aunque apartaran sus ojos, alguna medida de luz debiera haber entrado en sus mentes-a menos que algún poder maligno especial hubiera obrado para mantenerlos en la oscuridad. El mismo diablo debió haberlos cegado, pero hasta Satanás mismo halló que era una tarea difícil apagar esa luz gloriosa. Para cumplir esa tarea tenía que juntar todo su poder como “el dios de este mundo.”

    Se necesitaba que la astucia con que se disfraza como ángel de luz se empleara a fondo para cerrar las facultades perceptivas de los hombres, ante la luz clara y poderosa de la verdad del evangelio. La luz del glorioso evangelio, como la del amanecer, debía haber sido vista aun por ojos empañados si no fuera porque el príncipe infernal vendaba los pensamientos de los hombres y hacía sus mentes tan negras como la suya. La luz del evangelio es intensa, y por medio de un ministerio fiel esa luz es proyectada directamente en los rostros de los hombres. Por consiguiente, por miedo de perder a sus súbditos, el príncipe de la oscuridad se apresura a cegar sus ojos. Jesús viene a dar la vista, pero Satán viene a destruirla. Ambos saben el valor de los ojos por los que los hombres ven y viven. La batalla se agudiza en la puerta de los ojos. El conflicto entre los dos paladines se levanta sobre la pregunta: ¿verán los hombres la luz, o se quedarán en las tinieblas?

    Me pregunto si hay en este momento quienes durante mucho tiempo han decidido ser incrédulos hasta el punto de ser completamente incapaces de percibir alguna gloria en el evangelio de Nuestro Señor Jesús. Cuando ellos lo oyen fielmente predicado, critican con impertinencia el estilo del orador. El asunto discutido les parece que es de poca importancia. Pasan junto a la cruz y el dolor del Señor no es nada para ellos. Pueden ser hombres y mujeres sumamente inteligentes en relación a otros asuntos, pero sin ninguna percepción de la verdad espiritual. Pueden percibir mil bellezas en la naturaleza pero no ven nada en la gracia. Han bebido de la fuente donde buscan inspiración los poetas pero nunca han tomado ni un sorbo de “las aguas de Siloé, que corren mansamente.”

    Ellos pueden disertar ampliamente sobre lo sublime y lo bello. Pero no ven ni lo bello ni lo sublime en Él que es todo lo que es precioso y todo lo que es celestial. Yo oro para que, mientras hablo de la luz del evangelio de la gloria de Cristo, esa luz pueda penetrar en sus mentes. Quiera Dios, que ordenó que la luz brillara en las tinieblas, que diga otra vez el “hágase” todopoderoso, diciendo, “Sea la luz”; y será la luz. Que el milagro de la antigua creación se repita en la nueva creación, para alabanza de la gloria de la gracia divina.

    Primero les pediré esta mañana que piensen en las palabras de Pablo y consideren que el nombre que le dio al evangelio es “el evangelio de la gloria de Cristo.” Segundo, consideremos la luz que fluye de ese evangelio de la gloria de Cristo. Cuando hayamos reflexionado en estas dos cosas, consideremos qué hacer con esta luz, esta maravillosa luz del evangelio de la gloria de Cristo.

    I. De entrada CONSIDEREMOS CÓMO LLAMA PABLO AL EVANGELIO: “el evangelio de la gloria de Cristo.”

    Es muy evidente que el apóstol se dio cuenta que el evangelio era completamente y solamente de Cristo. El Ungido era, desde su punto de vista, el único tema contenido en las buenas nuevas, desde el principio hasta el fin. Cuando Él nació, los ángeles proclamaron buenas nuevas de gran gozo a los hijos de los hombres; y después de su muerte, sus mensajeros humanos salieron a todas las naciones con mensajes de amor. Su muerte es el nacimiento de nuestra esperanza; su resurrección hace renacer nuestro gozo enterrado. La profecía de nuestra dicha eterna nos viene porque Él está a la diestra de Dios. Cristo es el autor del evangelio, el tema del evangelio, y el fin del evangelio. Su mano se ve en cada letra de esa maravillosa epístola de amor divino llamada Nuevo Testamento, o Nuevo Pacto.

    Él, Él mismo, es la buena nueva para nosotros en cada punto, y el evangelio es de Él en todo sentido. Si no se relaciona con Jesús no es evangelio. El conjunto de nuevas que no traiga la marca de la sangre con él, puede ser rechazado como falso. Así como Cristo es el tema, así también es el objeto del evangelio: su gloria es promovida por el evangelio. Es el evangelio de su gloria entre los hijos de los hombres en todas las épocas, y lo será por toda la eternidad. El evangelio y los pecadores salvados por él, glorificarán al Hijo de Dios para siempre.

    Para Pablo el evangelio fue siempre un evangelio glorioso. Él nunca tuvo una visión confusa de su excelencia. Él nunca habló de él como si estuviera en dudosa competencia con el Judaísmo, o el paganismo, o las filosofías de los Estoicos y de los Epicúreos. Estas cosas no eran sino escoria para él en comparación con el “abundante oro fino” del evangelio. Habló de él en términos brillantes: él sintió que era un gran privilegio y responsabilidad que se le hubiera confiado, y que le fuera permitido predicarlo. El gozo de su corazón era vivir en él y su único propósito era proclamarlo a otros. “El glorioso evangelio del Dios bendito” era el único conocimiento que lo absorbía y determinó no saber de nada más.

    ¡Oh, ustedes que comienzan a pensar con ligereza del viejo evangelio y sueñan que está perdiendo su fuerza, que el Espíritu que descansó sobre el apóstol descanse sobre ustedes, hasta que ustedes puedan percibir la gloria del divino método de gracia y puedan hablar de él fervientemente como “el glorioso evangelio de Cristo”!

    Veamos con atención que el Apóstol se dio cuenta que la excelencia del evangelio descansa en la gloria de Cristo. Trataré de demostrarles esto. El glorioso Salvador es la sustancia del glorioso evangelio. Al tocar este tema, solamente puedo repetirles lo que ya saben, y en esa repetición no me esforzaré por conseguir expresiones sofisticadas sino contar sencillamente la historia. “Así que, teniendo tal esperanza, actuamos con mucha confianza.” La gloria de Cristo sería insultada al tratar de expresarla con refinamiento de palabras. Permitamos que sea visto en su propia luz.

    Entonces, la gloria del evangelio descansa sustancialmente en la gloria de la persona de nuestro Señor. El Salvador de los hombres es Dios-“Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos.” ¿No está escrito “al introducir al Primogénito en el mundo, dice: Adórenle todos los ángeles de Dios”? Con los ángeles de Dios adoramos a Jesucristo como Dios. Nuestro Redentor es también hombre-hombre como nosotros mismos, con esta excepción, que en Él no hay ninguna mancha de depravación natural, y ningún acto de pecado ha ensuciado jamás su carácter. ¡Contemplen la gloria de Él que es Dios y hombre, unidos misteriosamente en una Persona! Él es único: es el brillo de la gloria del Padre, y el hermano nacido para la adversidad.

    Este es el evangelio-que el Hijo de Dios mismo gloriosamente emprendió la tarea de salvar a la humanidad, y por consiguiente fue hecho carne, y vivió entre nosotros, y nosotros vimos su gloria. Si aquí tuviéramos un gran hospital lleno de enfermos, sería la mejor noticia para los que languidecieran en él, que se les pudiera decir que un gran médico se va a dedicar a curarlos; y entre más se pudiera ensalzar al médico que llega a visitarlos, sería una mejor noticia para ellos. Si pudiera decirles, “El médico que los va a socorrer posee una sabiduría infalible y una destreza sin límites, y en él se unen una ternura amorosa y un infinito poder,” ¡cómo sonreirían en sus lechos!

    ¡Pues bien, la simple noticia prácticamente los restablecería! ¿No debería de suceder así con las almas desanimadas y desesperadas cuando oyen que quien ha venido a salvarlas es nada menos que el glorioso Cristo de Dios? La misteriosamente majestuosa persona de Cristo es el fundamento del evangelio. Quien es capaz de salvar no es un ángel, ni un simple mortal; sino que es “Emanuel, Dios con nosotros.” Sus recursos son infinitos, sin fronteras su gracia. Oh ustedes culpables, tendidos en las camas del remordimiento, listos para morir de aflicción, aquí está el Salvador que necesitan. Cuando piensen en lo que son y desesperen, piensen también en lo que Él es y tengan ánimo.

    Si los hiciera dudar de la Divinidad del Salvador cortaría el fundamento de la única esperanza de ustedes; pero mientras vean que Él es Dios pueden recordar que nada es demasiado difícil para Él. Si los hiciera dudar de su humanidad, también les robaría su consuelo, pues no verían en Él la tierna comprensión que nace del parentesco. Amados, el Señor Jesús está ante ustedes, enviado por el Dios eterno, con el Espíritu del Señor descansando sobre Él sin medida; y así, siendo en naturaleza y persona el primero y el mejor, su mensaje de salvación es para ustedes el más completo y seguro, y su gloria es evangelio para ustedes.

    La gloria de Cristo está no sólo en su persona, sino en su amor. Recuerden esto, y vean el evangelio que está ahí. Desde toda la eternidad el Hijo de Dios ha amado a su gente: y desde antiguo, Él decía: “tengo mi delicia con los hijos del hombre.” Mucho antes que Él viniera a la tierra, amaba tanto a los hombres que su Padre le dio, que determinó ser uno con ellos y pagar por su redención el terrible precio de la vida por la vida. Él vio a toda la compañía de sus elegidos en el cristal de su presciencia y los amó con un amor eterno. ¡Oh el amor que resplandeció en el corazón de nuestro Redentor “en el principio”! Ese mismo amor nunca conocerá un final.

    Para nosotros, aquí está su gloria. Él nos amó tanto, que el cielo no lo pudo retener; nos amó tanto, que descendió para redimirnos; y, habiendo venido entre nosotros en medio de nuestro pecado y vergüenza, nos ama aún. “Como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin.” ¡Amor, has alcanzado tu suprema gloria en el corazón del divino Salvador! Y la gloria de este amor que no tiene principio, frontera, cambio, o final es la misma sangre vital del evangelio. El amor de Jesús es la buena nueva de gran alegría. Nuestro grandioso Médico ama a los enfermos y se deleita en curarlos. Él llega a las salas entre los paralíticos y los contaminados por las plagas con un anhelo intenso de bendecirlos. Jesús es el Amigo del pecador. ¡Con cuánto entusiasmo le canta mi alma: “Jesús, amado de mi alma”! ¡Hay un evangelio de gracia en la gloria del amor de Cristo!

    Siendo esto así, mis amados, enseguida vemos la gloria de su encarnación. Para nosotros fue la gloria de Cristo que nació en Belén, y vivió en Nazaret. Parece una deshonra que fuera el hijo de un carpintero; pero a través de la historia ésta será la gloria del Mediador, que se dignó participar de nuestra carne y sangre. Hay gloria en su pobreza y vergüenza; gloria al no tener donde reposar su cabeza; gloria en su cansancio y su hambre. Una gloria incomparable surge de Getsemaní y del sudor sangriento, del Calvario y de su muerte en la cruz. Todo el cielo no podría haberle dado tal renombre como el que Le vino de ser escupido y azotado, de ser clavado y traspasado.

    Una gloria de gracia y ternura rodea al Dios encarnado; y esto para los que tienen convicción de pecado, es el evangelio. Cuando vemos a Dios encarnado esperamos reconciliación. Cuando vemos que cargó con nuestras debilidades y llevó nuestras enfermedades, confiamos en el perdón y en la reconciliación. Nacido de una virgen, nuestro Señor ha venido entre nosotros, y ha vivido en la tierra una vida de servicio y de sufrimiento: debe haber esperanza para nosotros. No vino al mundo para condenarlo, sino para que el mundo pudiera ser salvado por medio de Él. Vean, les ruego, la gloria de su vida haciendo el bien, realizando milagros de misericordia, de tiernos cuidados para los caídos; y pregúntense si no hay en Su vida entre los hombres buenas nuevas para los corazones tristes.

    ¿No cubrió Dios mismo su gloria con el velo de nuestra arcilla inferior? Entonces, Él quiere el bien para la humanidad. La humanidad, honrada de esta manera por la unión con la Divinidad, no está totalmente aborrecida. En la Palabra encarnada vemos la gloria de Dios, y al notar cómo predomina el amor, cómo reina la misericordia condescendiente, vemos en esto un evangelio de gracia para todos los creyentes.

    La gloria de Cristo se ve también en su sacrificio expiatorio. Pero ustedes me detendrán y dirán, “Eso fue su humillación y su vergüenza.” Sí, es cierto, y por lo tanto es su gloria. ¿Acaso no es el Cristo, para todo corazón que Lo ama, especialmente glorioso en su muerte en la cruz? ¿Qué ropa le sienta mejor a nuestro Amado que sus vestidos bañados en su propia sangre? “¡Todo él es deseable!” independientemente de la manera en que se vista; pero cuando nuestros corazones creyentes lo ven cubierto del sudor sangriento lo contemplamos en adoración con asombro y amor desbordantes. El rojo carmesí que fluye lo adorna con un manto más glorioso que la púrpura imperial. Nos arrojamos a sus pies con creciente reverencia cuando vemos las señales de su pasión. ¿Acaso no es Él, como nuestro sustituto agonizante, ilustre por sobre todo? Amados, aquí se encuentra la médula del evangelio. Jesucristo sufrió en lugar nuestro. “Él mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero.” Esa gloria de su cruz, que, lo afirmamos nuevamente, es mayor que cualquier otra, es evangelio para nosotros. En su cruz soportó el peso completo de la justicia divina en lugar nuestro; sobre Él cayó la vara de hierro de Jehovah que debía quebrantarnos y desmenuzarnos como vasijas de alfarero. Él se hizo “obediente hasta la muerte, ¡y muerte de cruz!,” y en ese acto Él mató a la muerte, y venció al que tenía poder de muerte, es decir, al demonio.

    “Su Cruz puso una base firme
    Para la gloria y el renombre,
    Cuando atravesó las regiones
    De los muertos para alcanzar la corona.”

    Pero la gloria del sacrificio de su muerte, por medio de la cual borró nuestro pecado y magnificó la ley, es el evangelio de nuestra salvación.

    Proseguiremos ahora un poco más adelante, hacia su resurrección, en la que su gloria es más palpable para nosotros. No pudo ser retenido por los lazos de la muerte. Estaba muerto: su cuerpo santo podía morir, pero no podía ver la corrupción; por lo tanto, habiendo dormido un poco dentro de la cueva de su tumba, se levantó y salió a la luz y a la libertad-el Cristo viviente glorificado por su resurrección. ¿Quién podrá decir la gloria del Señor resucitado?

    “Al resucitar, Él trajo nuestro cielo a la luz,
    Y tomó posesión de la alegría.”

    Al resucitar, selló nuestra justificación. Al resucitar, vació el sepulcro y liberó a los cautivos de la muerte. Él fue “declarado Hijo de Dios con poder, por su resurrección de entre los muertos.”

    Regocijémonos porque no está muerto, sino que vive para siempre para interceder por nosotros. Éste es el evangelio para nosotros; que debido a que Él vive, nosotros también viviremos. “Puede salvar por completo a los que por medio de él se acercan a Dios, puesto que vive para siempre para interceder por ellos.” ¡Oh, la gloria de nuestro Señor resucitado! Considérenlo profundamente, mediten en ello con mucha seriedad; y cuando lo hagan, escuchen el claro sonido de las nuevas de gran gozo. Para nuestra mayor consolación no necesitamos recurrir a este precepto o a esa promesa, sino a Jesús mismo, quien por su resurrección de los muertos nos ha dado la prenda más segura y la garantía de nuestra liberación de la prisión de la culpa, el calabozo de la desesperación, y el sepulcro de la muerte.

    Una vez más, dirijan su mirada un poco más alto, y observen la gloria de la entronización de nuestro Señor y de su segunda venida. Él está sentado a la diestra de Dios. Quien una vez fue colgado en el madero de la vergüenza ahora se sienta en el trono del dominio universal. En lugar de los clavos, observen el cetro de todo el mundo en su muy bendita mano. Todas las cosas han sido puestas bajo sus pies. Jesús que fue hecho por poco tiempo menor que los ángeles por el sufrimiento de la muerte, fue coronado ahora con gloria y honor, y este es el evangelio para nosotros. Porque así está claro que ha conquistado a todos nuestros enemigos, y tiene todo el poder en el cielo y en la tierra a favor nuestro. Su aceptación con Dios es la aceptación de todos a quienes ama; y Él ama a todos los que confían en Él.

    Como Él se sienta en la gloria, tenemos la garantía de que todos los redimidos por la sangre se sentarán allí a su debido tiempo. Su segunda venida, que esperamos cada día, es nuestra más divina esperanza. Tal vez, antes que nos durmamos, el Señor mismo descenderá del cielo con aclamación, con trompeta de arcángel y con voz de Dios; y entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre. Entonces nuestros días de cansancio terminarán: las contiendas de la lengua, el combate contra el pecado, las estratagemas del error, todo terminará, y la verdad y la santidad reinarán supremas.

    ¡Oh, hermanos míos, si tan sólo me pudiera librar de los impedimentos de mi boca y de mi lengua y que hablara mi corazón sin estos pesados órganos, entonces podría hacerlos regocijarse en la gloria de mi divino Señor sentado en su trono hoy, y en su gloriosa venida a la hora señalada. Si pudiéramos verlo como Juan lo vio en Patmos, caeríamos desmayados a sus pies; pero sería por el éxtasis de la esperanza, y no por el escalofrío de la desesperación.

    Observen esto: entre menos valoren a Cristo, menor será el evangelio en el que pueden confiar. Si se deshacen de Cristo en sus creencias, habrán destruido al mismo tiempo todas sus buenas nuevas. Entre más prediquemos el evangelio, más debemos de proclamar acerca de Cristo. Si ustedes elevan a Cristo, elevan al evangelio. Si sueñan en predicar el evangelio sin exaltar a Cristo en él, ustedes darán a la gente cáscaras en lugar de pan verdadero. En la proporción que el Señor Jesús esté sentado en un glorioso trono elevado, se vuelve salvación para los hijos de los hombres. Un Cristo pequeño significa un evangelio pequeño; pero el verdadero evangelio es el evangelio de la gloria de Cristo.

    II. Segundo, CONSIDEREMOS LA LUZ DE ESTE EVANGELIO. Nuestro apóstol habla de “la luz del evangelio de la gloria de Cristo.”

    Esa luz es, ante todo, una luz sin velos. Cualquier luz que hubiera en la ley-y había mucha-era luz latente. El velo sobre el rostro de Moisés era un tipo de la manera que las ceremonias de la ley estaban ocultas de la vista de los hombres. Olvidamos que una gran mayoría de esas cosas que leemos en la ley nunca eran vistas por los israelitas en su conjunto. No piensen que cualquier israelita veía alguna vez más allá del velo: nadie sino solo el sumo sacerdote entraba allí. Aun el lugar santo fuera del velo estaba reservado a los sacerdotes. La mayor parte de los tipos contenidos en los sacrificios eran materia de fe para los israelitas así como su significado es asunto de fe para nosotros. Ni siquiera veían las figuras de las cosas celestiales: tenían necesidad que se les dijeran; y cuando lo escuchaban, tenían que ejercitar su fe, como lo hacemos nosotros también.

    Pero, hermanos míos, nuestro evangelio es uno, no del velo que oculta, sino de la lámpara que brilla. No usamos reservas con ustedes. Declaro solemnemente ante Dios que yo no creo en nada que no predique abiertamente ante ustedes, y no le doy ningún significado especial a las palabras que uso sino que siempre guardan su sentido natural. “Porque no somos, como muchos, traficantes de la palabra de Dios; más bien, con sinceridad y como de parte de Dios, hablamos delante de Dios en Cristo.”

    Hemos tenido noticia de predicadores que, en privado, creen cosas muy diferentes a lo que dicen en público. El pacto de confianza requiere estar de acuerdo en lo mínimo con la doctrina evangélica, pero ellos la aborrecen en sus almas, y se lo dicen en privado a sus hermanos. Pero, en lo que respecta a nosotros, “rechazamos los tapujos de vergüenza, no procediendo con astucia, ni adulterando la palabra de Dios.” Nos atrevemos a predicar todo aquello en lo que creemos, y lo predicamos de la manera más sencilla posible. Entre más nos conozcan, mejor. Nuestro evangelio se puede anunciar en cualquier parte: no tenemos nada que ocultar.

    Yo escuché la historia de William Gadsby de Manchester, quien viajando en un carruaje un día, preguntó a dos teólogos heréticos que le dijeran cómo es justificado un pecador ante la vista de Dios. “No, dijeron, no nos vas a atrapar de ese modo. Cualquier respuesta que te demos se conocería en todo Manchester en menos de una semana.” “Oh, dijo él “entonces les voy a decir a ustedes. Un pecador es justificado ante la vista de Dios por medio de la fe en la sangre y en la justicia de Jesucristo. Vayan y digan eso por todo Manchester, y por toda Inglaterra, tan pronto como quieran; porque yo no creo en nada que me avergüence.”

    La luz se regocija de proclamarse a sí misma. El evangelio es una luz, y las luces no son para ser escondidas debajo de los cajones o de las camas. Si se entierran de esa manera abrirán con llamas su camino hacia la resurrección, y los cajones y las camas serán consumidas, y darán una luz mayor. El evangelio del Dios Bendito tiene por objeto ser visible como el faro sobre la roca, que es visto desde lejos. Ilumina de tal manera que cualquiera en la casa puede ver por él. El evangelio que no es conocido no tiene valor: tiene por objeto que se pueda entender de la misma manera que la luz existe para que se pueda ver.

    En seguida diremos que esta luz se basta a sí misma. Ustedes no pueden iluminar al evangelio: él es en sí mismo una iluminación. ¿No sería yo tonto si le dijera a mi diácono, “Querido amigo, por favor consígueme una vela, le quiero mostrar el sol a toda esta gente. Aquí mismo no veo el sol, pero los voy a llevar a la calle, y con la ayuda de esta vela, vamos a buscarlo en el cielo hasta que lo encontremos”? Creo oírles decir, “nuestro pastor se ha vuelto loco.” Una conducta tal muy bien justificaría esa sospecha. No es con luz humana que podemos mostrar el evangelio de Dios. No es por medio de la retórica y el razonamiento que los hombres perciben la luz del evangelio. El evangelio tiene el poder de manifestarse a sí mismo y de hacerse evidente. Corre con sus propios pies, y no necesita muletas.

    Si los hombres leyeran sus Biblias, como regla general, creerían en sus Biblias; pero no quieren leerlas. Si los hombres escucharan el evangelio con atención, como regla general creerían en el evangelio. Pero ellos no le dan la atención que merece. No se necesita ningún esfuerzo para ver una luz brillante. Si los hombres abrieran sus ojos a la luz del evangelio, lo verían. Si tan solo pensaran en la gloria del evangelio de Cristo, su luz hallaría el camino para entrar en sus almas. Allí donde el evangelio brilla con toda su claridad, los hombres tienen que cerrar sus ventanas para bloquear su luz; pero hacen algo peor, porque llaman al diablo para que les saque sus ojos para que no puedan ser forzados a ver.

    El evangelio tiene en sí mismo un poder tan maravilloso para hacerse sentir, que, si los hombres no resistieran su influencia, les revelaría cosas divinas. Quisiera poder motivar a los incrédulos para que leyeran la historia de la crucifixión cada mañana, y que siguieran leyéndola y estudiándola; porque estoy convencido que la luz que fluye de la cruz, con la bendición de Dios, abriría sus ojos y penetraría en sus almas para su salvación.

    Porque, observen, la luz del evangelio de la gloria de Cristo es luz divina. Pablo nos lo hace notar cuando dice, “Porque el Dios que dijo: ‘La luz resplandecerá de las tinieblas’ es el que ha resplandecido en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de Jesucristo.” El evangelio es divino, o es una mentira: tiene un poder sobrenatural en él, o de lo contrario es una impostura. El verdadero poder del evangelio de Cristo no radica en el hecho que es razonable, ni en su adaptación a las necesidades humanas, ni en su belleza moral, sino en el poder del Espíritu de Dios que lo acompaña. Dios está en el evangelio, y eso lo hace poderoso.

    Podemos predicarles a ustedes durante mil años y nunca ninguno de ustedes recibiría a Cristo, si el mismo Espíritu que creó por su palabra la luz en la primera oscuridad no dijera: “Sea la luz.” La salvación es un proceso sobrenatural. Dios mismo debe venir a escena antes de que puedan ver los ojos de un hombre que nació ciego. ¡Cómo exalta a Dios esta verdad y pone al hombre en su debido lugar! Sí; y entre más empequeñecidos mejor. Cuando llegamos a sentir nuestra total impotencia, entonces esa extrema necesidad se convertirá en la oportunidad para la gracia de Dios. ¡Oh luz celestial, brilla ahora dentro del alma de todos aquellos que oyen o leen este sermón!

    Esta luz es una luz reveladora. Cada vez que la luz de la gloria de Cristo entra a torrentes en el corazón, revela las cosas ocultas de la oscuridad. Cuando se ve la gloria de Cristo, entonces vemos nuestra propia vergüenza y nuestros pecados. ¿Se necesitó que Dios mismo nos redimiera? Entonces estábamos en una esclavitud extrema. ¿Se necesitó que el Dios encarnado tuviera que morir? Entonces el pecado debió ser en extremo grave. Es un pozo muy profundo el que requiere que Dios venga del cielo para sacarnos de él. Nunca vemos la impotencia y la depravación de la naturaleza humana tan bien como a la luz de la gloria de Cristo; cuando Él es visto sobrellevando esta tremenda tarea y poniéndola sobre sus poderosos hombros, entonces percibimos con claridad cuánta ayuda necesitaba el hombre y cuán grande fue su caída. ¡Qué revelación es cuando la luz brilla en las cámaras secretas de la imaginación y los ídolos hechos dioses se manifiestan en toda su fealdad! Ojalá Dios mande esta luz a muchos, de manera que su perdición, su destino funesto, su remedio, y el camino para obtenerlo, puedan ser claramente percibidos.

    La luz del evangelio también da vida. Ninguna otra luz le dará vida a los muertos. Ustedes pueden hacer que la luz más poderosa del mundo brille con frecuencia sobre un cadáver, pero no le dará ni aliento ni pulso. Pero la luz del evangelio de la gloria de Cristo trae la vida con ella. “La vida era la luz de los hombres.” “¡Despiértate, tú que duermes, y levántate de entre los muertos, y te alumbrará Cristo!” La oscuridad es muerte, pero la luz de Dios es vida. Cuando este Sol de Justicia se levanta, Él no solamente trae la curación sino la vida. ¡Brilla, Señor glorioso: que tu gloria brille, y cuando derrame su brillo en las mentes de los hombres, sus corazones muertos palpitarán con la vida de la esperanza y la santidad, y ellos verán al Señor!

    Esta luz es fotográfica-eso lo pueden comprobar en los textos vecinos, en el último versículo del tercer capítulo. “Por tanto, todos nosotros, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor.” La luz del evangelio de la gloria de Cristo imprime la imagen de Cristo en el carácter de los creyentes. Lo vemos, y, viendo su amor, aprendemos a amar; viendo su vida, aprendemos a vivir; viendo su total expiación, odiamos el mal; viendo su resurrección, resucitamos a una nueva vida. Por el poder del Espíritu trabajando cada día, somos transformados quietamente de nuestro viejo yo, y conformados a semejanza a Cristo, hasta que nuestra deformidad se pierde en un bendito encanto de conformidad con Él.

    Si lo viéramos con creciente claridad, creceríamos en su semejanza más rápidamente. No vale la pena tener ninguna santificación sino la que viene de la comunión con el santo Señor a través del poder del Espíritu Santo. Ustedes pueden leer las biografías de hombres buenos, y los pueden copiar en toda su sencillez y sin embargo al final pueden terminar como una caricatura de la perfección, y no la verdadera imagen de ella. El carácter perfecto de Jesús es sin embargo el más fácil de imitar. Es seguro copiar a Jesús; porque en Él no hay exceso ni defecto; y, es extraño decirlo, ese carácter que es, en algunos aspectos, inimitable, en otros es el más imitable de todos.

    A menudo me he sentido deprimido al ver el elevado carácter de algunos santos a los que admiro, porque he sentido que nunca podría yo ser como ellos, bajo ninguna circunstancia. Conozco a uno que está lleno de fe y de bondad; pero él es siempre muy solemne, y siempre está absorto “en elevadas meditaciones.” Nunca podría yo llegar a ser exactamente como él; porque hay ciertos rasgos alegres en mi constitución; y si me los quitaran, ya no sería yo el mismo hombre. Cuando veo a mi Señor, veo mucho en Él que es sobrenatural, pero nada que no sea natural. Vemos en Él la humanidad en su perfección; pero la perfección nunca oculta la humanidad. Es tan santo como para ser un modelo perfecto; tan humano como para ser un modelo disponible para pobres criaturas como nosotros. Amados, la luz del evangelio de la gloria de Cristo es fotográfica.

    Aún más, crea paz y alegría. Esta luz trae deleite. Yo no me puedo imaginar a un hombre que sea infeliz si claramente percibe la luz de la gloria de Cristo. ¿Es glorioso Cristo? Entonces no importa tanto lo que llegue a ser de mí.

    ¿Nunca han oído de los soldados heridos y moribundos en las guerras napoleónicas que se aferraban a su emperador con un amor idolátrico a la hora de la muerte? Apoyándose sobre su codo, el soldado de la Vieja Guardia vitoreaba una última vez a su gran capitán. Si el guerrero agonizante veía a Napoleón cabalgando en el campo, en su último aliento gritaba: “¡Viva el emperador!” y después moría. Leemos de uno, que cuando los cirujanos intentaban extraerle una bala de su pecho, dijo: “Vayan un poco más profundo, y hallarán al emperador.” Lo tenía en su corazón.

    Infinitamente más digna de ser elogiada es la lealtad del creyente a Cristo el Señor. Aunque muramos en una zanja, ¿qué importa si “También Dios lo exaltó hasta lo sumo y le otorgó el nombre que es sobre todo nombre; para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, en la tierra y debajo de la tierra; y toda lengua confiese para gloria de Dios Padre que Jesucristo es Señor”? Hace que el santo que está enfermo se sienta bien al pensar en los triunfos de su Señor. Cuando han estado algunas veces con el corazón pesado ¿No se han sentido transportados en el aire sobre las alas del deleite al cantar:

    “Traigan la diadema real,
    Para coronarlo Señor de todo”?

    Seguramente hay un evangelio en la gloria de Cristo para nuestros tristes corazones. Ese evangelio nos transporta de las profundidades de la duda y del temor al claro cielo azul de la comunión celestial. ¡Qué Dios conceda que nosotros podamos sentir esta elevación más y más! Así he intentado describir las cualidades de esta luz; pero deben verla por ustedes mismos.

    III. Ahora termino diciendo, CONSIDEREMOS QUÉ VAMOS A HACER CON ESTA LUZ.

    ¿Qué hacer? Mirar hacia ella. Primero debemos darnos el gusto de una larga y serena contemplación de esa luz. Nadie puede ver al sol por un momento, porque quedaría ciego; pero ustedes pueden mirar a Jesús, el Sol de Justicia, todo el tiempo que quieran, y sus ojos se volverán más fuertes entre más contemplen sus perfecciones. Les ruego, amados en el Señor, que vayan, y que se entreguen a la meditación de la gloria de Jesús, que fue despreciado. Miren su vida de la cuna a la cruz, de la cruz a su reino. No les puedo sugerir ningún tema más instructivo, más reconfortante, más ennoblecedor que este. Miren hacia esa luz; es una cosa placentera mirar a este sol.

    ¿Nunca han oído como ciertas tribus nórdicas, trepan las colinas cuando el sol por fin va a volver a salir después de los largos meses de invierno? ¡Cómo se regocijan con los primeros rayos del sol naciente! Levantémonos para una elevada meditación, y miremos a nuestro Dios y Señor, hasta que percibamos su gloria intercesora, y seamos bendecidos por ella. ¿No tienen tiempo? Renuncien a leer el periódico durante una semana para que puedan apartar el tiempo para el noble fin de considerar la gloria de nuestro Señor; y les garantizo que obtendrán mil veces más bendiciones de tal reflexión que de hojear su periódico cotidiano. Miren a Jesús, y la luz interior crecerá como la gloria del cielo.

    Prosigo. Si dicen que un hombre no puede estar siempre mirando al sol, lo admito, y cambio mi consejo. Vean todas las cosas por medio de esta luz. ¡Qué diferentes se ven las cosas a la luz del sol que cuando se ven a través de la luz de una lámpara o de una vela! Consideremos todas las cosas por su apariencia a la luz de la gloria de Cristo. Entonces, si ustedes oyen un sermón que no glorifique a Cristo, será un discurso perdido para ustedes. No permitan ver que su Señor es colocado en un lugar bajo. No escuchen más esa plática que minimiza su sangre y su sacrificio de sustitución. Cuando lean un libro, aunque sea un libro muy ingenioso, que en lugar de honrar a Cristo glorifica a la naturaleza humana, ustedes pueden dejar de leerlo de inmediato. Sólo es un buen evangelio el que glorifica a Cristo. Bajo esta luz ustedes ven las cosas verdaderamente.

    Muchos de los hombres sabios de esta época deben ser tratados como Diógenes trató a Alejandro. El conquistador del mundo le dijo al hombre del barril, “Qué puedo hacer por ti?” Pensó que podría hacer cualquier cosa por el pobre filósofo. Diógenes sólo replicó, “Quítate de la luz del sol.” Estas sabias personas no nos pueden hacer un favor mayor que quitar sus eruditas personas de interferir entre nosotros y la luz del sol del siempre-bendito evangelio de la gloria de Cristo. Estos Alejandros pueden seguir gobernando al mundo Cristiano y al mundo infiel, pero no nos han conquistado a nosotros; porque nuestra fe y nuestro gozo están fuera del mundo, en aquel Sol de Justicia cuya luz es el regocijo de nuestros ojos.

    Amados míos, cuando se me pregunta qué debemos hacer con esta luz, respondo de nuevo, darle todo su valor. Estimen al glorioso evangelio de Cristo más que todo lo demás. ¡Vean como lo valora el demonio! Se toma la molestia de salir del pozo sin fondo para cegar los ojos de los hombres, para evitar que puedan verlo. Cuando percibe el esplendor del evangelio de la gloria de Dios, se dice a sí mismo, “¡Ah! Ellos van a poder mirar la verdad y se me escaparán. Debo ir yo mismo, y cegarlos.” Así el “Dios de este mundo,” como él mismo se considera, se acerca a los incrédulos, y los ciega de una manera u otra. Él presiona el hierro candente de la fatal incredulidad contra los ojos interiores de los hombres, y los sella en la más negra noche, para que no puedan ver “la luz del evangelio de la gloria de Cristo.” Si él piensa tanto de esta luz, démosla a conocer con toda diligencia. Si Satanás la odia, amémosla nosotros. Si este es el gran cañón que teme, empujémoslo hasta el frente, y sostengamos un cañoneo constante con él.

    El evangelio es nuestro Mons Meg, el cañón más poderoso del castillo; no es un cañón anticuado: lanzará sus balas lo suficientemente lejos como para alcanzar el corazón del pecador que esté más lejos de Dios. Satanás tiembla cuando oye el rugir del cañón del evangelio. No permitamos que descanse nunca.

    Por tanto, sostengámoslo con la mayor confianza. Esta luz debe ganar a la larga. Si ustedes vinieran a este edificio a media noche, alguien podría decirles, “¿Cómo podemos quitar la oscuridad de este edificio?” Sería una tarea imposible. ¿Cómo podría hacerse? Ustedes no podrían bombear hacia fuera para sacar a la oscuridad; pero si llenan la casa de luz, la oscuridad se desvanecerá por sí misma.

    Prediquen a Cristo y el dios de este mundo huye lejos. Exalten a Cristo, y el demonio se hunde. Amados, convenzamos a los hombres que dejen que esta luz brille alrededor de ellos. No la pueden ver debido a su incredulidad; pero si brilla alrededor de ellos, les puede abrir los ojos. Si Dios el Espíritu Santo la bendice, la luz engendrará la vista. Alienten a sus amigos a oír el evangelio y leer la Palabra de Dios, ¿y quién puede decir si no serán salvados?

    Y, finalmente, que todos los que quieran predicar y enseñar, mantengan a Cristo siempre al frente. El evangelio debe tener a Cristo como su centro y su circunferencia; de hecho, como su todo en todo. El evangelio no es el evangelio sin Cristo. La única idea dominante del evangelio es Cristo. Es un noble corcel, pero no soportará a ningún jinete sino a Él cuya vestidura está empapada de sangre. He leído del famoso caballo Bucéfalo que cuando era sacado con sus arreos reales sobre él, no permitía que ninguno de los más altos nobles de la corte lo montara; él no llevaba a nadie sino a Alejandro, el rey. El evangelio es glorioso cuando cabalga y lleva a Jesús en su silla; pero si se predican a ustedes mismos, o predican filosofía humana, el evangelio los echará al suelo después de hacerlos dar unas volteretas por sobre su cabeza.

    Cantemos con la Virgen bendita, “Engrandece mi alma al Señor; y mi espíritu se alegra en Dios, mi Salvador.” Éste es un soneto evangélico: ésta es una canción que merece nuestro Bien-Amado de nosotros. ¡Oh, predicadores y maestros, pongan en alto a Cristo! Él es como la serpiente en la vara y todos los que miren hacia Él vivirán para siempre. Miren hacia Él, todos los que están muriendo por las mordeduras de serpientes, porque viéndolo vivirán. ¡Dios bendiga estas palabras en las que yo he deseado glorificar a mi Señor! Amén.

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