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Spurgeon: Has Nacido de Nuevo?

diciembre 18, 2009

En uno de sus más grandes sermones, Spurgeon le hizo esta pregunta a su congregación, predicando del texto de Isaías 9: 6. El Príncipe de los Predicadores dijo lo siguiente,

Pero,” dirá alguno, “¿cómo puedo saber si soy nacido de nuevo o no?” Respondan esta pregunta haciendo a la vez otra pregunta: ¿Ha habido algún cambio obrado por la gracia divina dentro de ti? ¿Son tus amores totalmente lo contrario de lo que antes eran? ¿Odias ahora las cosas vanas que una vez admiraste, y buscas esa preciosa perla que en un tiempo despreciabas? ¿Ha sido tu corazón enteramente renovado en sus objetivos? ¿Puedes decir que la propensión de tu deseo ha cambiado? ¿Vuelves tu rostro a Sion, y tus pies están encaminados en el sendero de gracia? Mientras que tu corazón antes anhelaba los profundos sorbos del pecado, ¿ansías ahora ser santo? Y mientras que antes amabas los placeres del mundo, ahora se han vuelto como desperdicios y escorias para ti, pues sólo amas los placeres de cosas celestiales, y ansías gozar más de ellos en la tierra, para que estés preparado para gozar su plenitud en el más allá. ¿Has sido renovado internamente? Pues, observa, mi querido lector, el nuevo nacimiento no consiste en lavar la parte exterior de la copa y del plato, sino en la limpieza del hombre interior. Es totalmente en vano poner la piedra sobre el sepulcro, lavarlo hasta que quede extremadamente blanco, y adornarlo con las flores de la estación; el sepulcro mismo debe ser limpiado. Los huesos del muerto que yacen en ese osario del corazón humano deben ser limpiados. No, deben ser revividos. El corazón no debe ser más una tumba de muerte, sino un templo de vida. ¿Sucede así contigo, lector? Pues recuerda, puedes ser muy diferente en lo exterior, pero si no eres cambiado en lo interior, este niño no es nacido para ti.

Pero hago otra pregunta. Aunque el principal asunto de la regeneración yace en el interior, sin embargo se manifiesta en lo exterior. Dime, entonces, ¿ha habido un cambio en ti en lo exterior? ¿Piensas que otros que te miran se verán forzados a decir: este hombre no es lo que solía ser? ¿Acaso tus compañeros no observan un cambio? ¿No se han reído de ti por lo que consideran tu hipocresía, tu puritanismo, tu severidad? ¿Crees ahora que, si un ángel te siguiera en tu vida secreta, y siguiera tu pista hasta tu aposento y te viera de rodillas, detectaría algo en ti que nunca habría podido ver antes? Pues escucha, mi querido lector, debe haber un cambio en la vida exterior, pues de lo contrario no hay cambio en lo interior.

En vano me muestras el árbol, y me dices que la naturaleza del árbol ha cambiado. Si veo que está todavía produciendo uvas silvestres, es todavía un viñedo silvestre. Y si te comparo con las manzanas de Sodoma y las uvas de Gomorra, todavía eres un árbol maldito y condenado, independientemente de tu experiencia imaginaria. La prueba del cristiano está en su vida. Para otras personas, la prueba de nuestra conversión no es lo que sintamos, sino lo que hagamos. Para ti mismo, tus sentimientos podrán ser una evidencia suficiente, pero para el ministro y para otras personas que te juzgan, el caminar exterior es la guía principal. A la vez, permítanme observar que la vida exterior de un hombre puede ser muy semejante a la de un cristiano, y sin embargo, puede ser que no haya ninguna religión en él.

¿Han visto alguna vez a dos juglares en la calle con espadas, pretendiendo pelear entre sí? Miren cómo cortan y cercenan, y se tajan mutuamente, hasta que llegas a estar medio temeroso que pronto se cometerá un asesinato. Dan la impresión que lo están haciendo en serio, y llegas a pensar en llamar a la policía para que los separe. Mira con qué violencia uno le ha tirado un golpe tremendo a la cabeza del otro, que su camarada evita con destreza, protegiéndose oportunamente. Sólo obsérvalos un minuto, y verás que todos estos cortes y arremetidas siguen un orden preestablecido. La pelea es fingida, después de todo. No pelean tan ferozmente como lo harían si fueran enemigos verdaderos.

De la misma manera, a veces he visto a un hombre que pretendía estar muy airado contra el pecado. Pero obsérvalo un corto tiempo, y verás que es únicamente el truco de un espadachín. No da sus tajos espontáneamente, no hay intención en sus golpes; todo es pretensión, es un teatro de mimos. Los espadachines, después que han terminado su espectáculo, se dan la mano, y dividen las ganancias que la multitud boquiabierta les ha proporcionado; y lo mismo hace este hombre, se da la mano con el diablo en privado, y los dos engañadores comparten el botín. El hipócrita y el diablo son después de todo muy buenos amigos, y se regocijan mutuamente por sus ganancias: el diablo mirando socarronamente porque ha ganado el alma del que profesa la fe, y el hipócrita riéndose porque ha ganado sus riquezas mal adquiridas. Cuiden, entonces, que su vida exterior no sea una mera puesta en escena, sino que su antagonismo contra el pecado sea real e intenso; y den golpes a diestra y siniestra, como si verdaderamente quisieran matar al monstruo, y arrojar sus miembros a los vientos del cielo.

Sólo voy a hacer otra pregunta. Si has nacido de nuevo, hay otro asunto por el que se te puede probar. No sólo se ha alterado tu yo interno, y tu yo externo también, sino que la verdadera raíz y el principio de tu vida deben ser totalmente nuevos. Mientras estamos en el pecado, vivimos para el yo, pero cuando hemos sido renovados, vivimos para Dios. Mientras no hemos sido regenerados, nuestro principio es buscar nuestro propio placer, nuestro propio avance; pero el hombre que no vive con una meta totalmente diferente a esta, no ha nacido de nuevo verdaderamente. Cambien los principios de un hombre, y habrán cambiado sus sentimientos, y habrán cambiado sus acciones. Ahora, la gracia cambia los principios del hombre. Pone el hacha a la raíz del árbol. No corta con sierra alguna rama gruesa, ni trata de alterar la savia; sino que proporciona una nueva raíz, y nos planta en un terreno nuevo. El yo más íntimo del hombre, las profundas rocas de sus principios sobre las que descansa la superficie del terreno de sus acciones, el alma de su condición humana es enteramente cambiada, y él es una nueva criatura en Cristo.”

La pregunta de Spurgeon aplica para todos nosotros. Hemos nacido de nuevo? Nuestra eternidad depende de que tan sinceros seamos al contestar esa pregunta.

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