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Spurgeon: Salvación Perpetua

abril 13, 2008

“Por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos.” Hebreos 7: 25.

La salvación es una doctrina peculiar de la revelación. La revelación nos proporciona una historia completa de la salvación, y no podríamos encontrar indicios de ella en ninguna otra parte. Dios ha escrito muchos libros, pero únicamente uno de Sus libros tiene el propósito de enseñar los caminos de la misericordia. Ha escrito el grandioso libro de la creación, que es nuestro deber leer complacidos. Es un volumen con una superficie decorada con joyas relucientes y con los colores del arco iris, y en sus páginas interiores contiene maravillas que extasían al sabio a lo largo de todos los siglos, de las que obtiene renovados temas para sus conjeturas. La naturaleza es el silabario con el que hombre aprende a leer, donde aprende el nombre de su Hacedor. El Creador la ha decorado con bordados, con oro y con joyas. Encontramos doctrinas sobre la verdad en las incontables estrellas, y descubrimos lecciones escritas sobre la tierra verde y en las flores que brotan en medio del césped. Leemos los libros de Dios cuando vemos la tormenta y la tempestad, pues todas las cosas nos transmiten un mensaje de Dios; y si nuestros oídos estuviesen abiertos, podríamos oír la voz de Dios en las ondas de los riachuelos, en los retumbos de los truenos, en los destellos de los rayos, en el titilar de las estrellas y en el brotar de las flores. Dios ha escrito el grandioso libro de la creación para enseñarnos a conocerle: ¡cuán grande es, cuán poderoso!

Pero en la creación no leo nada acerca de la salvación. Las peñas me dicen: “la salvación no está aquí;” los vientos ululan, pero no anuncian salvación. Las olas rompen en la costa, pero entre los restos de los naufragios que arrojan a la playa, no muestran ningún vestigio de la salvación. Las cavernas insondables del océano engendran perlas pero no son las perlas de la gracia. Los cielos llenos de estrellas tienen meteoritos fulgurantes, pero no dan voces de salvación. No encuentro que la salvación esté escrita ninguna parte. Sólo en este volumen de la gracia de mi Padre, descubro Su amor bendito manifiesto a toda la gran familia humana, enseñándole que está perdida pero que Él puede salvarla, y que al salvarla, “es el justo, y el que justifica al impío.” Entonces, la salvación se encuentra en las Escrituras, y únicamente en las Escrituras, pues no podemos leer nada acerca de la salvación en ninguna otra parte. Y como solamente puede encontrarse en la Escritura, yo sostengo que la doctrina peculiar de la revelación es la salvación. Yo no creo que la Biblia haya sido inspirada para enseñarme la historia, sino para revelarme la gracia. No fue revelada para darme un sistema de filosofía, sino para entregarme un sistema de teología. No fue dada para enseñarme sabiduría mundana sino sabiduría espiritual.

Por esta razón, yo sostengo que toda predicación desde el púlpito sobre filosofía y ciencia, está completamente fuera de lugar. No pretendo reprimir la libertad de nadie en esta materia, pues únicamente Dios es el Juez de la conciencia del hombre; pero soy de la firme opinión que si profesamos ser cristianos, estamos obligados a apegarnos al cristianismo; si profesamos ser ministros cristianos, pero ofrecemos conferencias sobre botánica, o geología, en vez de predicar sermones acerca de la salvación, estaríamos desperdiciando el día de reposo, nos estaríamos burlando de nuestro oyentes y estaríamos insultando a Dios. Aquel que no predique siempre el Evangelio, no debería ser considerado un ministro con un llamado verdadero.

Bien, entonces yo deseo predicarles la salvación. Tenemos en nuestro texto, dos o tres elementos. En primer lugar, se nos dice quiénes serán salvados, “los que por Jesucristo se acercan a Dios;” en segundo lugar se nos enseña el poder de salvación del Salvador, “él puede salvar perpetuamente;” y en el tercer lugar, se nos explica la razón por la que puede salvar, “viviendo siempre para interceder por ellos.”

I. Primero, se nos describe AL PUEBLO QUE SERÁ SALVADO. Y el pueblo que será salvado es el pueblo “que por Jesucristo se acerca a Dios.” Aquí no encontramos una exclusión de secta o de denominación: no dice el bautista, el independiente, el anglicano que se acerca a Dios por Jesucristo, sino que dice simplemente “los que,” y mediante esa expresión yo entiendo: hombres de todos los credos, hombres de todos los rangos, hombres de todas las clases, que sólo tienen que acercarse a Dios por Jesucristo. Ellos serán salvados, independientemente de su posición aparente delante de los hombres, o independientemente de la denominación a la que estén vinculados.

1. Ahora, en primer lugar, les pido que noten adónde se acercan estas personas. Ellas “se acercan a Dios”. Por acercarse a Dios no debemos entender la simple formalidad de la devoción, puesto que esto podría ser sólo otro solemne medio de pecar. Cuán espléndida es esa confesión general contenida en el Libro de Oración de la Iglesia de Inglaterra: “Como ovejas perdidas nos hemos desviado y nos hemos descarriado de tus caminos; hemos hecho todo lo indebido, y hemos dejado de cumplir con nuestro deber, y no hay salud en nosotros.” No se podría encontrar una confesión más primorosa en lengua inglesa. Y, sin embargo, ¡cuán a menudo, mis queridos amigos, los mejores de nosotros nos hemos burlado de Dios, repitiendo verbalmente esas expresiones, pensando que hemos cumplido con nuestro deber! ¡Cuántos de ustedes asisten a la capilla, pero deben confesar su distracción mental cuando están de rodillas en oración, o cuando entonan un himno de alabanza!

Amigos míos, una cosa es asistir a la iglesia o a la capilla, y otra cosa muy diferente es acercarse a Dios. Hay muchas personas que pueden orar muy elocuentemente, y lo hacen; han aprendido una fórmula para orar de memoria, o, tal vez usan una forma improvisada, inventada por ellos: pero que, en lugar de acercarse a Dios, están en todo momento alejándose de Él. Permítanme persuadirles a todos ustedes que no se contenten con meras formalidades. Habrá muchas personas condenadas que nunca incumplieron con el día de reposo, según creían ellas, pero que durante toda su vida quebrantaron el día de guardar. Es tan posible quebrantar el domingo asistiendo a la iglesia como hacerlo yendo al parque; es tan fácil quebrantarlo aquí, en esta solemne asamblea, como en sus propios hogares. Cada uno de ustedes quebranta virtualmente el día domingo cuando cumple con un conjunto de obligaciones, y habiéndolo hecho, se retira a su aposento plenamente satisfecho consigo mismo, imaginando que ya terminó todo (que ha cumplido con la labor del día), pero no se acercó a Dios en lo absoluto, sino que se acercó simplemente a las ordenanzas externas y a los medios visibles, que es algo muy diferente a acercarse al propio Dios.

Y permítanme decirles, además, que acercarse a Dios, no es lo que suponen algunos de ustedes: hacer sinceramente un acto de devoción de vez en cuando, pero entregar al mundo la mayor parte de la vida. Ustedes piensan que si son sinceros a veces, que si de vez en cuando alzan un sentido clamor al cielo, Dios los aceptará; y aunque su vida sea mundana todavía, y sus deseos sean todavía carnales, suponen que por causa de esta ocasional devoción, Dios se agradará, en Su infinita misericordia, y borrará sus pecados. Les digo, pecadores, que no hay tal cosa como acercarse a Dios a medias, dejando lejos la otra mitad. Si un hombre viene aquí, quiero suponer que ha traído su ser entero con él; y así, si un hombre se acerca a Dios, no puede acercar una mitad de su ser, dejando la otra mitad lejos. Nuestro ser entero debe ser entregado al servicio de nuestro Hacedor. Debemos acercarnos a Él con una completa entrega de nuestro ser, entregando todo lo que somos, y todo lo que seremos jamás, para ser completamente dedicados a Su servicio, pues de otra forma no nos habríamos entregado como Dios requiere. Me sorprende ver cómo, en estos días, la gente pretende amar al mundo y a Cristo a la vez; de acuerdo al antiguo proverbio, ellos “se ponen de acuerdo con la liebre para perseguirla con los sabuesos.” Son verdaderamente buenos cristianos a veces, cuando piensan que deben ser religiosos; pero se vuelven individuos muy malos en otra ocasiones, cuando consideran que la religión les podría afectar en algo. Permítanme advertirles a todos ustedes. No tiene ninguna utilidad práctica que pretendan pertenecer a ambos bandos. “Si Jehová es Dios, seguidle; y si Baal, id en pos de él.” Simpatizo con los hombres que son de una sola pieza. Preséntenme a un hombre que es un pecador: tengo alguna esperanza por él cuando lo veo sincero en sus vicios, y presto a reconocer su propio carácter; pero si me muestran a un hombre indiferente, que no tiene el valor para estar del lado del diablo, ni es lo bastante sincero para ser de Cristo, yo les digo, no tengo esperanzas con un hombre así. El hombre que quiera unir ambos extremos es un caso verdaderamente desesperanzado. ¿Acaso piensan, pecadores, que serán capaces de servir a dos señores, cuando Cristo ha dicho que no podrán hacerlo? ¿Acaso suponen que pueden caminar con Dios y con las riquezas también? ¿Tomarán a Dios de un brazo y al diablo del otro? ¿Creen que se les permitirá beber simultáneamente de la copa del Señor y de la copa de Satanás? Yo les digo que serán apartados como malditos y miserables hipócritas, si se acercan de esta manera a Dios. El Señor quiere que se acerquen íntegramente, pues de lo contrario no podrán acercarse en absoluto. Todo el ser debe buscar al Señor; toda el alma debe ser derramada delante de Él; no es aceptable que no trate de acercarse a Dios íntegramente. Oh, ustedes que claudican entre dos opiniones, recuerden esto y tiemblen.

Me parece oír que alguien comenta: “bien, entonces, dinos qué es acercarse a Dios.” Yo respondo: acercarse a Dios implica renunciar a muchas cosas. Si un hombre se acerca a Dios, debe abandonar sus pecados; debe renunciar a su justicia propia; debe dejar tanto sus malas como sus buenas obras, y debe acercarse a Dios dejando enteramente todo lo demás.

Además, acercarse a Dios, implica que no existe aversión hacia Él; pues el hombre no se acercará a Dios mientras le odie; procurará mantenerse alejado. Acercarse a Dios significa sentir algún amor a Dios. Además: acercarse a Dios significa desear a Dios, anhelar estar cerca de Él. Y sobre todo significa orar a Dios y poner la fe en Él. Eso es acercarse a Dios; y quienes se acercan a Dios de esa manera, se cuentan entre los salvos. Ellos se acercan a Dios: ese es el lugar al que sus ávidos espíritus se apresuran.

2. Pero observen, a continuación, cómo se acercan. Ellos “se acercan a Dios por Jesucristo.” Hemos conocido a muchos individuos que se llaman a sí mismos devotos fanáticos de la naturaleza. Ellos adoran al Dios de la naturaleza, y piensan que se pueden acercar a Dios sin necesidad de Jesucristo. Hay algunos hombres que desprecian la mediación del Salvador, y, que, si se encontraran en la hora de peligro, elevarían de inmediato su oración a Dios, sin fe en el Mediador. ¿Acaso suponen los tales que serán oídos y salvados por el grandioso Dios, su Creador, aparte de los méritos de Su Hijo? Permítanme asegurarles solemnemente, en el santísimo nombre de Dios, que jamás ha sido contestada por Dios el Creador una oración para salvación, desde la caída de Adán, sin Jesucristo el Mediador. “Nadie puede acercarse al Padre si no es por Jesucristo;” y si alguno de ustedes niega la Divinidad de Cristo, y si un alma entre ustedes no se acercara a Dios por medio de los méritos del Salvador, la valiente fidelidad me obliga a pronunciar que ustedes son personas condenadas; pues por muy buenos que sean, no podrán estar bien en todo lo demás, a menos que entiendan claramente Su oficio. Podrán decir todas las oraciones que quieran, pero serán condenados, a menos que oren por medio de Jesucristo. Es en vano que tomen sus oraciones y las lleven ustedes mismos delante del trono. “Apártate, pecador; apártate de aquí,” dice Dios; “nunca te conocí. ¿Por qué no pusiste tu oración en las manos de un Mediador? Habría tenido la garantía de una respuesta. Pero como la presentaste tú mismo, ¡mira lo que hago con ella!” Y lee tu petición, y la arroja a los cuatro vientos del cielo; y tú te alejas sin haber sido escuchado, sin haber sido salvado. El Padre no salvará nunca a un hombre sin la mediación de Cristo; no hay ahora ni una sola alma en el cielo, que no haya sido salvada por Jesucristo; no hay nadie que se haya acercado a Dios según Su voluntad, que no se haya acercado por medio de Jesucristo. Si quieren estar en paz con Dios, deben acercarse a Él por Cristo, que es el camino, la verdad y la vida, argumentando Su justicia y únicamente Su justicia.

3. Pero cuando las personas se acercan, ¿para qué se acercan? Hay algunos que piensan que se están acercando a Dios, pero no se acercan con un motivo correcto. Muchos jóvenes estudiantes claman a Dios pidiendo ayuda en sus estudios; muchos comerciantes se acercan a Dios para recibir dirección en un dilema que se les ha presentado en su negocio. En cualquier dificultad están acostumbrados a elevar algún tipo de oración, aunque, si conocieran su valor, cesarían de ofrecerla, pues “El sacrificio de los impíos es abominación a Jehová.” Pero el pobre pecador, cuando se acerca a Cristo, sólo tiene un objetivo. Si le fuera ofrecido todo el mundo, no lo consideraría digno de su aceptación, si no pudiera tener a Jesucristo.

Un pobre hombre, condenado a muerte, está encerrado en la celda de los condenados: la campana está tañendo: pronto lo sacarán para ejecutarlo en el patíbulo. “Toma, hombre, te he traído un vestido fino. ¡Qué! ¿No sonríes al verlo? ¡Mira, está recubierto de plata! ¿Acaso no ves que está profusamente adornado con joyas? Un manto como ese cuesta muchísimas libras esterlinas, y se requirió de mucha habilidosa confección para terminarlo.” ¡Le sonríe con desprecio! “Mira aquí, hombre, te ofrezco algo más: aquí tenemos una gloriosa propiedad para ti, con muchos acres, elegantes mansiones, parques y jardines; toma esta escritura, la propiedad es tuya. ¡Qué!, ¿no sonríes, amigo? Si yo le hubiese dado esa propiedad a cualquiera que fuera pasando por la calle, menos pobre que tú, habría bailado de puro gozo. Y tú, ¿no vas a esbozar ni una sonrisa cuando te hago rico y te visto de oro? Entonces déjame intentarlo una vez más. Está disponible la púrpura de César para ti; póntela sobre tus hombros. Está también su corona; no la llevará nadie más sobre su cabeza, sino sólo tú. Es la corona de los imperios que no conocen límites. Te haré un rey; tendrás un reino sobre el que no se pondrá nunca el sol; reinarás desde un polo de la tierra hasta el otro. Levántate; puedes llamarte César. Tú eres un emperador. ¡Qué!, ¿no sonríes? ¿Qué es lo que quieres?” “Quítenme esa chuchería,” responde, refiriéndose a la corona; “rompan ese pergamino; quítenme ese manto; ay, arrójenlo a los vientos. Dénselo a los reyes de la tierra que cuentan con vida; pero yo tengo que morir, y ¿de qué me sirven estas cosas? Otórguenme un perdón, y no me importará ser un César. Prefiero vivir como mendigo que morir como un príncipe.” Lo mismo sucede con el pecador cuando se acerca a Dios: se acerca buscando la salvación. Dice:

“Las riquezas y el honor desdeño;
Los consuelos terrenales, Señor, son vanos,
No pueden satisfacer nunca,
Dame a Cristo, pues de lo contrario, muero.”

Su única petición es la misericordia. Oh, amigos míos, si se han acercado a Dios clamando por la salvación, y únicamente por la salvación, entonces se han acercado a Dios de la manera correcta. Entonces sería inútil burlarse de ustedes. Ustedes piden pan: ¿acaso les daré piedras? No harían sino arrojarlas contra mí. ¿Les ofreceré riquezas? Sería demasiado poco. Debemos predicarle al pecador que se acerca a Cristo, el don que pide: el don de la salvación por Jesucristo el Señor, como si ya le perteneciera por fe.

4. Un pensamiento más sobre este acercamiento a Cristo. ¿De qué manera se acercan estas personas? Voy a procurar darles una descripción de ciertas personas que se acercan, todas ellas, a la puerta de la misericordia buscando la salvación, según piensan. Se acerca uno, una buena persona. Viene acompañada de un séquito con librea, y sus caballos están ricamente aparejados; él es rico, sumamente rico. Llega hasta la propia puerta, y dice: “Llamen a la puerta por mí; soy lo suficientemente rico, pero creo que es mejor que me asegure; soy un caballero muy respetable; cuento con suficientes buenas obras propias y tengo mis propios méritos, y este carruaje, me atrevo a decir, me permitirá atravesar el río de la muerte, y me depositará a salvo al otro lado; pero aún así está de moda ser religioso, así que me acercaré a la puerta. ¡Portero, abre las puertas y déjame entrar!; comprueba cuán honorable soy.” Las puertas no se abrirán nunca para ese hombre; no se acerca de la manera correcta.

Allí viene otro; él no tiene tanto mérito, pero aún así tiene alguno; viene caminando, y habiendo avanzado tranquilamente, clama: “¡Ángel, ábreme la puerta!; me acerco a Cristo: yo pienso que debería ser salvado. No siento que requiera mucho de la salvación. Siempre he sido un hombre honesto, recto y moral. No considero que haya sido un gran pecador. Cuento con mis propias ropas de justicia pero no me importaría ponerme las vestiduras de Cristo; no me harían ningún daño. Me pueden dar el traje de bodas, pero quisiera conservar el mío también.” ¡Ah!, las puertas permanecen firmemente cerradas, y no hay la posibilidad de que se abran.

Pero permítanme mostrarles al candidato idóneo. Allí viene, suspirando y gimiendo, llorando y enjugándose las lágrimas a lo largo de todo el camino. Trae una soga alrededor de su cuello, pues piensa que merece ser condenado. Está vestido de harapos, a pesar de que se acerca al trono celestial; y cuando llega a la puerta de la misericordia, casi tiene miedo de tocar. Alza sus ojos y ve que está escrito allí: “Llamad, y se os abrirá;” pero aún así teme tocar para no profanar la puerta con el contacto de su pobre mano; al principio da un ligero golpe, y si la puerta de la misericordia no se abre, se queda como una pobre criatura agonizante. Da otro ligero golpe, y luego otro y otro; y aunque llama incontables veces sin recibir una respuesta, él se siente un hombre pecador y se reconoce indigno; así que continúa llamando, y finalmente el buen ángel sonríe desde la puerta, y dice: “¡Ah!, esta puerta fue construida para mendigos, no para príncipes; la puerta del cielo fue puesta para indigentes espirituales, no para hombres ricos. Cristo murió por los pecadores, no por aquellos que son buenos y excelentes. Él vino al mundo para salvar a los viles.”

“No a los justos, sino a los
Pecadores, Jesús vino a llamar.”

“¡Entra, pobre hombre! Entra. ¡Sé tres veces bienvenido!” Y los ángeles cantan: “¡Tres veces bienvenido!” ¿Cuántos de ustedes, queridos amigos, se han acercado a Dios por Jesucristo de esta manera? Sin el orgullo pomposo de los fariseos, sin la hipocresía del hombre bueno que piensa que merece la salvación, sino con el clamor sincero del penitente, con el verdadero deseo de un alma sedienta que busca el agua viva, bramando como el ciervo en el desierto en busca de las corrientes de aguas, deseando a Cristo como aquellos que esperan la mañana; yo digo, más que como aquellos que esperan la mañana. Vive mi Dios, que está en el trono del cielo, que si ustedes no se han acercado de esta manera, no se han acercado a Dios del todo; pero si se han acercado así, he aquí la palabra gloriosa para ustedes: “Puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios.”

II. Así hemos concluido el primer punto: acercarse a Dios; y ahora, en segundo lugar, ¿CUÁL ES EL PODER DE SALVACIÓN DEL SALVADOR? Esta es una pregunta de vida o muerte en cuanto a su importancia: una pregunta en cuanto a la capacidad de Jesucristo. ¿Cuán lejos puede llegar la salvación? ¿Cuáles son sus confines y sus fronteras? Cristo es un Salvador: ¿cuál es el alcance de Su salvación? Él es un Médico: ¿hasta qué punto llega su habilidad para sanar las enfermedades? ¡Cuán noble respuesta nos proporciona el texto! “Puede también salvar perpetuamente.” Ahora, voy a afirmar con certeza, y ninguno podrá negarlo, que aquí nadie sabe lo que significa perpetuamente. David dijo: “Si tomare las alas del alba y habitare en el extremo del mar, aun allí me guiará tu mano, y me asirá tu diestra.” Pero, ¿quién conoce dónde está el límite? Pídanle prestada un ala al ángel, y vuelen muy lejos, más allá de la estrella más remota: lleguen hasta la región que no ha sido batida nunca por un ala, y donde el éter incólume está tan sereno y quieto como el pecho del mismo Dios: no habrían alcanzado todavía el límite. Sigan adelante; montados en el rayo de la mañana, continúen volando, más allá de los confines de la creación, donde el espacio se desvanece y donde el caos inicia su reino; no habrían alcanzado todavía el límite. Está demasiado lejos para que el intelecto de un mortal lo pueda concebir; está más allá del alcance de la razón o del pensamiento. Ahora nuestro texto nos dice que Cristo “puede salvar perpetuamente.”

1. Pecador, me voy a dirigir primero a ti; y, santos de Dios, después me dirigiré a ustedes. Pecador, Cristo “puede salvar también perpetuamente;” y por esto entendemos que el máximo alcance de la culpa no está más allá del poder del Salvador. ¿Podría alguien calcular cuál es el tope de la cantidad de pecados que un hombre puede cometer? Algunos de nosotros concebimos que Palmer ha llegado al máximo límite de la depravación humana; concebimos que ningún corazón podría ser más depravado que ese corazón que concibió un asesinato tan deliberado, y contempló un crimen tan premeditado; pero yo pienso que es posible que haya seres peores que él, y que si su vida fuera perdonada, y se le dejara en libertad, Palmer podría volverse peor de lo que es ahora. Sí, suponiendo que fuera a cometer otro asesinato, y luego otro, y otro, ¿habría llegado hasta el límite? ¿Sería imposible que un hombre fuera todavía más culpable? Mientras tenga vida, puede volverse más culpable de lo que fue el día anterior. Pero sin embargo mi texto dice que Cristo “puede también salvar perpetuamente.”

Puedo imaginar que alguien haya llegado arrastrándose hasta aquí, porque se considera el más despreciable de todos los seres, el más condenado de todas las criaturas. “De verdad,” dice, “he alcanzado los límites del pecado; nadie podría superarme en el vicio.” Mi querido amigo, supón que ya llegaste al límite, pero debes recordar que aun así, no habrías sobrepasado el alcance de la misericordia divina; pues Él “puede también salvar perpetuamente,” y es posible que tú mismo puedas llegar un poco más allá, lo cual indica que todavía no has llegado al límite. Independientemente de cuán lejos hayas llegado: aunque hayas llegado a las propias regiones del ártico del vicio, donde el sol de la misericordia derrama unos pocos rayos oblicuos, hasta allí podrá alcanzarte la luz de la salvación.

Si un pecador va tambaleándose en su progreso al infierno, no lo consideraría un caso perdido, aun cuando hubiese alcanzado la última etapa de la iniquidad. Si su pie se estuviese balanceando sobre el precipicio de la perdición, no cesaría de orar por él; y aunque continuara tambaleándose, en su ebria depravación, hasta llegar al punto en que un pie estuviera sobre el infierno, y estuviera a punto de perecer, no desesperaría de él. Mientras el abismo no hubiese cerrado su boca para tragarlo, es posible todavía que la gracia divina pueda salvarle. ¡Miren allá! Está al borde del abismo, a punto de caer; pero antes de que caiga, la gracia inmerecida da la orden: “¡Detengan a ese hombre!” Entonces desciende la misericordia, lo sujeta sobre sus anchas alas, y es salvado, y se convierte en un trofeo del amor redentor.

Si hay alguien así en esta vasta asamblea, si hay alguien que sea un proscrito de la sociedad, el ser más vil, la hez y el desperdicio de este pobre mundo, ¡oh, tú, el peor de los pecadores!, Cristo “puede salvar perpetuamente.” Pregona eso por doquier, en cada desván, en cada sótano, en cada guarida del vicio, en cada pocilga del pecado; ¡anúncialo en todas partes! “¡Perpetuamente!” “Por lo cual puede también salvar perpetuamente.”

2. Además, no únicamente hasta el límite del crimen, sino hasta el límite del rechazo. Debo explicar qué quiero decir con esto. Hay muchos de ustedes aquí, que han oído el Evangelio desde su juventud. Veo a algunos aquí, que al igual que yo, son hijos de padres piadosos. Hay algunos de ustedes sobre cuyas frentes infantiles cayeron continuamente las puras gotas celestiales de las lágrimas de una madre; hay muchos aquí que fueron educados por alguien cuyas rodillas, cuando estaban dobladas, estaban dobladas por ustedes. Ella nunca descansaba en su cama por la noche, hasta no haber orado por ti, su primogénito. Tu madre se ha ido al cielo, tal vez, y todas las oraciones que dijo por ti, todavía no han sido respondidas. Algunas veces lloraste. Recuerdas muy bien cómo tomó tu mano y te dijo: “¡Ah!, Juan, tú romperás mi corazón por tu pecado, si continúas corriendo por esos caminos de iniquidad. ¡Oh!, si supieras cómo desea vivamente el corazón de tu madre tu salvación, de verdad tu alma se derretiría, y acudirías a Cristo.” ¿No recuerdas ese momento? Un sudor tibio corría por tu frente, y tú dijiste (pues no podías herir su corazón), “madre, voy a pensarlo;” y en verdad lo pensaste; pero te encontraste con tu amigo afuera, y todo se desvaneció: la reconvención de tu madre fue barrida, como los hilos finísimos de la telaraña, agitados por el fuerte viento del norte, y no quedó ni un rastro de ella.

Desde entonces, a menudo has entrado a la capilla para oír al ministro. No hace mucho, le escuchaste un poderoso sermón; el ministro habló como si fuese un hombre recién salido de la tumba, con una sinceridad como si hubiese sido un espíritu amortajado que regresara del reino de la desesperación, para proclamar su propio destino terrible, y advertirles de ello. Tú recuerdas cómo rodaron las lágrimas por tus mejillas, mientras te hablaba del pecado, de la justicia, y del juicio venidero; recuerdas cómo te predicó sobre Jesús y la salvación por medio de la cruz, y te levantaste de tu asiento en esa capilla, y dijiste: “Dios quiera que otro día me sea concedido, para volverme a Él con pleno propósito de corazón.” Pero allí estás, sin haber cambiado todavía, tal vez siendo peor de lo que eras; y has pasado la tarde de tu domingo donde sólo tu ángel sabe: y el espíritu de tu madre también sabe dónde lo has pasado, y si pudiese llorar, lloraría por ti que has despreciado este día, el día de reposo del Señor, y has pisoteado Su Palabra santa.

Pero, ¿sientes acaso en tu corazón, el día de hoy, los tiernos movimientos del Espíritu Santo? ¿Sientes que algo te dice: “¡pecador!, acércate a Cristo ahora”? ¿Acaso no oyes a tu conciencia que te censura y te recuerda tus pasadas transgresiones? Y ¿no escuchas alguna dulce voz angélica que te dice: “acércate a Jesús, acércate a Jesús; Él te puede salvar todavía”? Yo te digo, pecador, podrás haber rechazado a Cristo hasta el límite máximo; pero Él todavía puede salvarte. Tú has pisoteado mil oraciones, has desperdiciado cientos de sermones, has quebrantado miles de días de guardar; has rechazado a Cristo, has despreciado a Su Espíritu; pero aún así no cesa de clamar: “¡Regresa, regresa!” “Él puede también salvar perpetuamente,” si tú te acercas a Dios por Él.

3. Hay otro caso que demanda mi particular atención el día de hoy. Es el del hombre que ha llegado al límite de la desesperación. Hay algunas pobre criaturas en este mundo, que por una carrera en el crimen, se han endurecido, y cuando al fin son despertadas por el remordimiento y las punzadas de la conciencia, hay un espíritu malo que los conduce a rumiar, repitiéndoles que es inútil que individuos como ellos busquen la salvación. Hemos conocido a algunas personas que han ido tan lejos, que han llegado a pensar que incluso los diablos podrían ser salvados pero no ellos. Tienen la convicción de estar perdidos, y han firmado su propia sentencia de muerte, y en ese estado mental han puesto en su mano la cuerda de ahorcar para terminar con sus infelices vidas. La desesperación ha llevado a muchos hombres a una muerte prematura; ha afilado muchos cuchillos, y ha mezclado el veneno en muchas copas.

¿Contamos aquí con alguna persona desesperada? Lo reconozco por su rostro sombrío y sus miradas de abatimiento. Desearía estar muerto, pues considera que el propio infierno no es un peor tormento que su misma espera aquí. Permítanme decirle al oído palabras de consuelo. ¡Alma que desesperas! Ten esperanza todavía, pues Cristo “puede también salvar perpetuamente;” y aunque te encierren en el más profundo calabozo del castillo de la desesperación, aunque hayan girado muchas llaves para encerrarte, y el enrejado de hierro de tu ventana desaliente cualquier esfuerzo de limarlo, y la altura de la pared de tu prisión sea tan tremenda que no esperarías escapar, déjame decirte que hay alguien en la puerta que puede romper cada cerrojo, y abrir cada cerradura; hay alguien que te puede sacar al aire libre de Dios y salvarte, porque por mucho que empeoren las cosas, Él “puede también salvar perpetuamente.”

4. Y ahora, una palabra para el santo, para consolarlo: pues este texto es suyo también. ¡Amado hermano en el Evangelio! Cristo puede salvarte perpetuamente. ¿Estás muy abatido por la adversidad? ¿Has perdido casa y hogar, amigo y propiedad? Recuerda, todavía no has llegado “al límite.” Por muy mal que estés, podrías estar peor. Él puede salvarte; y supón que llegues al extremo de quedarte incluso sin tus harapos, sin un mendrugo de pan, sin una gota de agua, todavía Él puede salvarte, pues “puede también salvar perpetuamente.”

Lo mismo sucede con la tentación. Si fueres asediado por la tentación más severa que jamás haya abrumado a algún mortal, aún así, Él puede salvarte. Si te vieras envuelto en tal situación que el pie del diablo estuviese presionando tu cuello, y el demonio dijera: “ahora voy a acabar contigo,” Dios puede salvarte incluso en esa condición. Ay, y en límite de la debilidad en que vivieras durante muchos años, hasta que tuvieras que apoyarte en tu bastón, vacilante a lo largo de tu cansada vida, y sobrevivieras a Matusalén, no podrías vivir más allá de la perpetuidad, y Él te podría salvar entonces.

Sí, y cuando tu barquita sea botada al agua por la muerte en el mar desconocido de la eternidad, Él estará contigo; y aunque los densos vapores de las lúgubres tinieblas se junten a tu alrededor, y no puedas ver al confuso futuro, aunque tus pensamientos te digan que serás destruido, Dios “podrá salvarte perpetuamente.”

Entonces, mis queridos amigos, si Cristo puede salvar a los cristianos perpetuamente, ¿pueden suponer que Él dejará alguna vez que un cristiano perezca? Dondequiera que voy, espero siempre presentar mi más sentida protesta en contra de la sumamente maldita doctrina que afirma que un santo puede perder su salvación y perecer. Hay algunos ministros que predican que un hombre puede ser un hijo de Dios, (ahora, ¡ángeles!, no oigan lo que estoy a punto de decir, escúchenme, los que están allá abajo en el infierno, pues les puede venir bien), que un hombre puede ser un hijo de Dios hoy, y un hijo del diablo mañana; que Dios puede absolver a un hombre, y sin embargo condenarlo (salvarlo por gracia y luego dejar que perezca), permitir que un hombre sea arrebatado de las manos de Cristo, aunque Él mismo ha dicho que tal cosa nunca sucederá. ¿Cómo explicarían esto? Ciertamente no se trata de falta de poder. Tienen que acusarle entonces de falta de amor, y, ¿se atreverían a hacer eso? Él está lleno de amor; y puesto que también tiene el poder, no permitirá nunca que un miembro de Su pueblo perezca. Es verdad, y siempre lo será, que los salvará perpetuamente.

III. Ahora, en último lugar, ¿POR QUÉ ES QUE JESUCRISTO “PUEDE SALVAR PERPETUAMENTE”? La respuesta es que Él está “viviendo siempre para interceder por ellos.” Esto implica que Él murió, lo cual es ciertamente la grandiosa fuente de Su poder salvador. ¡Oh, cuán dulce es reflexionar en las obras grandiosas y maravillosas que Cristo ha realizado, por las que se ha convertido en “sumo sacerdote de nuestra profesión,” poderoso para salvarnos! Es consolador volver nuestra mirada al monte del Calvario, y contemplar a ese Ser moribundo sobre el madero; es dulce, sorprendentemente dulce, escudriñar con ojos de amor entre esos robustos olivos, y oír los gemidos del Hombre que suda grandes gotas de sangre.

Pecador, si tú me preguntas por qué puede salvarte Cristo, te respondo esto: Él puede salvarte porque no se salvó a Sí mismo; puede salvarte, porque asumió tu culpa y soportó tu castigo. No hay ningún otro camino de salvación que no sea el de la satisfacción de la justicia divina. El pecador debe morir o de otra manera Uno debe morir por él. Pecador, Cristo puede salvarte, porque, si tú te acercas a Dios por Él, entonces Él murió por ti. Estamos en deuda con Dios, y Él no perdona esa deuda; requerirá su pago. Cristo paga la deuda, y entonces el pobre pecador queda libre.

Se nos informa de otra razón por la que Él puede salvar: no sólo porque murió, sino porque vive siempre para interceder por nosotros. Ese Hombre que una vez murió en la cruz, vive; ese Jesús que fue enterrado en la tumba, vive. Si me preguntan qué está haciendo, les pido que escuchen. ¡Oigan, si tienen oídos para oír! ¿Acaso no le oíste, pobre pecador penitente? ¿No escuchaste Su voz, más dulce que la música de los arpistas que tocan sus arpas? ¡Escuchen! ¿Qué es lo que dijo? ¡Oh, Padre mío, perdona a______!” ¡Vamos, Él mencionó tu propio nombre! “Oh, Padre mío, perdónalo; no sabía lo que hacía. Es verdad que pecó en contra de la luz, y del conocimiento y de las advertencias; pecó deliberada y funestamente; pero, Padre, ¡perdónalo!” Penitente, si puedes escuchar, podrás oírle orando por ti. Y esa es la razón por la cual puede salvarte.

Una advertencia, y una pregunta, y habré concluido. Primero, una advertencia. Recuerden, la misericordia de Dios tiene un límite. Les he dicho por las Escrituras que “Él puede también salvar perpetuamente;” pero Su propósito de salvar tiene un límite. Es el pecado contra el Espíritu Santo. Tiemblen, pecadores sin perdón, no suceda que cometan ese pecado. Si me permiten decirles lo que yo creo que es ese pecado contra el Espíritu Santo, debo decirles que creo que es diferente en diferentes personas; pero en muchas personas, el pecado contra el Espíritu Santo consiste en sofocar sus convicciones. Tiemblen, queridos lectores, no suceda que el sermón de hoy sea el último que reciban. Pueden retirarse y burlarse del predicador, si quieren; pero no descuiden su advertencia. Tal vez la próxima vez que te rías de un sermón, o te burles de una oración, o desprecies un texto, con el próximo juramento que profieras, Dios diga: “él es dado a ídolos; déjalo; no contenderá mi espíritu con ese hombre; no le hablaré nunca más.” Esa es la advertencia.

Y ahora, por último, la pregunta. Cristo ha hecho mucho por ti: ¿qué has hecho por Él? ¡Ah!, pobre pecador, si tú sabes que Cristo murió por ti (y yo sé que murió por ti, si te arrepientes), y si supieras que un día serás Suyo, ¿le escupirías ahora? ¿Te burlarías del día del Señor, si supieras que un día será tu día? ¿Despreciarías a Cristo, si supieras que ahora te ama, y que muy pronto te manifestará ese amor? ¡Oh!, habrá algunos de ustedes que se aborrecerán cuando conozcan a Cristo porque no le trataron mejor. Él se acercará a ustedes una de estas mañanas brillantes, y dirá: “pobre pecador, Yo te perdono;” y tú mirarás Su rostro y dirás: “¡Cómo!, Señor, ¿acaso me perdonas? Yo solía maldecirte, y me burlaba de Tu pueblo, y despreciaba todo lo que tenía que ver con la religión. ¿Tú me perdonas?” “Sí,” responde Cristo, “dame tu mano; Yo te amé cuando tú me odiabas: ¡acércate!” Y de verdad no hay nada que quebrante tanto el corazón como el recordar la manera en que pecaste contra Aquel que te amó tanto.

¡Oh!, amados, oigan de nuevo el texto: “Puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios.” Yo no soy un orador y no poseo elocuencia; pero si fuera orador y poseyera elocuencia, les predicaría con toda mi alma. Como están las cosas, sólo continúo hablándoles y diciéndoles lo que sé; sólo puedo decir otra vez:

“Él puede;
Él quiere: no lo dudes más.

Acérquense, sedientos, acérquense y bienvenidos,
Glorifiquen la munificencia gratuita de Dios:
Fe verdadera y arrepentimiento cierto,
Toda gracia que nos acerca a Él,
Sin dinero,
Acérquense a Cristo, para que la puedan comprar.”

Él puede salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios.” ¡Oh, Señor! ¡Haz que los pecadores se acerquen! ¡Espíritu de Dios! ¡Indúcelos a acercarse! Fuérzalos a venir a Cristo por Tu dulce influencia, y no permitas que nuestras palabras sean en vano, o que nuestra labor se pierda; ¡por Jesucristo nuestro Señor! Amén.

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2 comentarios leave one →
  1. abril 15, 2008 3:46 am

    Hola Eduardo: Gracias a Dios por tu vida y ministerio, tu blog ha sido muy provechoso para mi vida espiritual. Gracias por enviarme cada día los estudios que publicas . Te bendigo a ti y a tu familia.

  2. Eduardo permalink
    abril 16, 2008 9:56 pm

    Chuy,

    Gracias por tus comentarios y por estar siempre dispuesto a motivarme. Todo sea siempre para la gloria de Dios. Bendiciones para ti y tu familia!

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