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Spurgeon: Consumado Es

marzo 23, 2008

Un sermón predicado la mañana del Domingo 1 de Diciembre, 1861

Hermanos míos, yo quisiera que ustedes observaran con atención la singular claridad, el poder y la vivacidad de la mente del Salvador, en las últimas agonías de la muerte. Cuando los dolores y los gemidos acompañan la última hora, frecuentemente tienen el efecto de descomponer la mente, de tal forma que no es posible que el moribundo recoja sus pensamientos, o habiéndolos recogido, que pueda expresarlos de tal manera que otras personas los entiendan. En ningún caso podemos esperar de un hombre a punto de expirar, un notable ejercicio de la memoria, o un juicio profundo sobre temas complejos. Pero los últimos actos del Redentor estuvieron llenos de sabiduría y prudencia, aunque sus sufrimientos fueron agudísimos, más allá de toda medida. ¡Observen cuán claramente Él percibió el significado de cada tipo! ¡Cuán claramente pudo leer con Su ojo agonizante esos símbolos divinos que los ojos de los ángeles sólo podían mirar anhelantes! Él vio que los secretos que han sorprendido a los sabios y asombrado a los videntes, se cumplían todos en Su propio cuerpo.

No debemos dejar de observar el poder y el alcance de Su entendimiento acerca de la cadena que ligaba el pasado de sombras simbólicas con el presente iluminado por el sol. No debemos olvidar la brillantez de esa inteligencia que ensartaba todas las ceremonias y los sacrificios en un único hilo de pensamiento, y consideraba todas las profecías como una grandiosa revelación única, y todas las promesas como los heraldos de una persona, y que luego dijo de todo ello, “Consumado es, consumado en mí.”

¡Qué vivacidad de mente era esa que le permitió atravesar todos los siglos de profecía, penetrar la eternidad del pacto, y luego anticipar las glorias eternas! ¡Y todo esto mientras era escarnecido por multitudes de enemigos, y mientras Sus manos y Sus pies eran clavados a la cruz! Qué fuerza mental debe haber poseído el Salvador, para elevarse por encima de esos Alpes de Agonía, que tocaban las propias nubes. ¡En qué condición mental tan singular debe haberse encontrado durante el momento de Su crucifixión, para poder repasar todo el registro de la inspiración!

Ahora, podría parecer que esta observación no tiene gran valor, pero yo pienso que precisamente su valor radica en ciertas deducciones que se pueden establecer a partir de ella. A veces hemos escuchado que se dice: “¿Cómo pudo Cristo soportar, en tan corto tiempo, el sufrimiento que debería ser equivalente a los tormentos, los eternos tormentos del infierno?” Nuestra respuesta es que no somos capaces de juzgar lo que el Hijo de Dios es capaz de hacer inclusive en un momento, y mucho menos lo que podría hacer y lo que podría sufrir en toda Su vida y Su muerte.

Algunas personas que han sido rescatadas después de estar a punto de ahogarse, han afirmado con frecuencia que la mente de un hombre que se está ahogando es singularmente activa. Uno que, después de estar algún tiempo en el agua, fue al fin rescatado dolorosamente, comentó que la historia de su vida completa se agolpó en su mente mientras se estaba hundiendo, y que si alguien le hubiera preguntado cuánto tiempo había estado en el agua, habría respondido que veinte años, mientras en verdad había estado allí únicamente un momento o dos.

El extravagante relato del viaje de Mahoma montando a Alborak (1), no es una ilustración inadecuada. Él afirma que cuando el ángel vino en visión para llevarlo en su celebrado viaje a Jerusalén, atravesó todos los siete cielos y vio todas sus maravillas, y sin embargo se había ido por tan corto tiempo que aunque el ala del ángel había rozado una palangana de agua cuando se fueron, regresaron lo suficientemente pronto para evitar que el agua se derramara. El largo sueño del impostor epiléptico pudo haber ocupado realmente un segundo de tiempo nada más.

El intelecto del hombre mortal es tal que, si Dios así lo quiere, cuando se encuentra en ciertos estados, puede ponderar siglos de pensamiento de una sola vez; puede alcanzar, en un instante, lo que supondríamos que tomaría años y años para conocer o sentir. Por tanto pensamos que, por la singular claridad y la vivacidad del intelecto del Salvador en la cruz, es muy posible que en el espacio de dos o tres horas soportó en verdad, no sólo la agonía que podría haber sido contenida en siglos, sino inclusive un equivalente a lo que podría haber estado incluido en el castigo eterno.

De cualquier manera, no nos corresponde a nosotros decir que no podría ser así. Cuando la Deidad está ataviada de humanidad, la humanidad se vuelve omnipotente para sufrir; y así como los pies de Cristo fueron una vez omnipotentes para caminar sobre los mares, así también su cuerpo entero se volvió todopoderoso para sumergirse en las grandes aguas, y para soportar una inmersión en “agonías desconocidas.” Les ruego que no intentemos medir los sufrimientos de Cristo con la línea finita de nuestra propia razón ignorante, sino que debemos saber y creer que lo que Él soportó allí, fue aceptado por Dios como el equivalente de todos nuestros dolores, y por tanto no podría haber sido algo sin valor; más bien debió haber sido todo lo que Hart concibió que era, cuando dice que Él cargó con:

“Todo lo que el Dios encarnado podía soportar,
Con la fuerza suficiente, pero toda Su fuerza requerida.”

No dudo que mi mensaje ilustrará de manera más clara la observación con la que comencé; procedamos a él de inmediato. Primero, oigamos el texto y entendámoslo; luego, oigámoslo y maravillémonos de él; y luego, en tercer lugar, oigámoslo y proclamémoslo.

I. OIGAMOS EL TEXTO Y ENTENDÁMOSLO.

El Hijo de Dios ha sido hecho hombre. Él ha vivido una vida de perfecta virtud y de total auto negación. Durante toda Su vida ha sido despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto. Sus enemigos han sido legión; ha tenido pocos amigos, y esos pocos Le han sido infieles. Al fin es entregado en manos de los que Le odian. Le arrestan cuando se encuentra orando; es denunciado tanto en las cortes espirituales como en las temporales. Le vistieron de púrpura para burlarse de Él y luego le desnudaron para avergonzarlo. Es colocado en Su trono para escarnecimiento y luego atado al pilar con crueldad. Es declarado inocente y sin embargo es entregado por el juez que debió haberlo protegido de Sus perseguidores. Es arrastrado a lo largo de las calles de Jerusalén, la que había matado a los profetas, y que ahora se teñiría de rojo con la sangre del Señor de los profetas. Es conducido a la cruz; es clavado firmemente al cruel madero. El sol Lo quema. Sus crueles heridas aumentan la fiebre. Dios lo desampara. “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”, contiene la angustia concentrada del mundo. Mientras está clavado allí en conflicto mortal con el pecado y Satanás, Su corazón está quebrantado, sus miembros dislocados. El cielo le abandona, pues el sol está velado en tinieblas. La tierra le desampara, pues “todos los discípulos, dejándole, huyeron.” Mira a todas partes, y no hay nadie que le ayude; lanza Su mirada alrededor, y no hay nadie que pueda compartir Su pena. Pisa solo el lagar, y de Sus amigos ninguno está con Él. Él sigue, sigue adelante, determinado con firmeza a beber hasta la última gota de ese cáliz que no debe pasar de Él, si debe cumplir la voluntad de Su Padre. Finalmente clama: “Consumado es,” y entrega el espíritu. ¡Óiganlo, cristianos, oigan este grito de triunfo que resuena hoy con toda la frescura y la fuerza que tuvo hace dos mil años! ¡Óiganlo desde la Palabra Sagrada y de los labios del Salvador, y que el Espíritu de Dios abra sus oídos para que puedan oír como los entendidos, y entender lo que oyen!

1. Entonces, ¿qué quiso decir el Salvador con la expresión: “Consumado es?” Antes que nada, quiso decir que todos los tipos, promesas, y profecías fueron ahora plenamente cumplidos en Él. Quienes están familiarizados con el original encontrarán que las palabras: “Consumado es,” aparecen dos veces en medio de tres versículos. En el versículo 28, encontramos esas palabras en el griego; en nuestra versión se traducen como “cumplido” (Versión King James, 1611) pero allí están: “Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba consumado, dijo, para que la Escritura se cumpliese: Tengo sed.” Y después dijo: “Consumado es.” Esto nos conduce a ver su significado claramente, que toda la Escritura se había cumplido ahora; que cuando dijo: “Consumado es,” el Libro entero, desde el principio hasta el fin, tanto en la ley como en los profetas, todo había sido consumado en Él.

No hay una sola joya de promesa, desde esa primera esmeralda que cayó en el umbral del Edén, hasta la última piedra de zafiro de Malaquías, que no haya estado incrustada en el pectoral del verdadero Sumo Sacerdote. Es más, no hay ningún tipo, desde la vaca alazana hasta la tórtola, desde el hisopo hasta el propio templo de Salomón, que no se haya cumplido en Él; y ni una sola profecía, ya sea que hubiera sido dada junto al río Quebar, o en las márgenes del Jordán; ningún sueño de los sabios, ya sea que lo hubieran soñado en Babilonia, o en Samaria, o en Judea, que no haya sido obrado con plenitud en Cristo Jesús.

Y, hermanos, ¡qué cosa tan maravillosa es que una multitud de promesas, y profecías, y tipos, aparentemente tan heterogéneos, se hayan cumplido todos en una persona! Supongamos que quitáramos a Cristo por un momento, y que le diera el Antiguo Testamento a cualquier sabio de la tierra, diciéndole: “Toma esto; esto es un problema; vete a casa y construye en tu imaginación un carácter ideal que se ajuste con exactitud a todo lo que fue prefigurado aquí; recuerda, debe ser un profeta como Moisés, y también un campeón como Josué; debe ser un Aarón y un Melquisedec; debe ser tanto David como Salomón, Noé y Jonás, Judá y José. Es más, no debe ser únicamente el cordero que fue inmolado, y el chivo expiatorio que no fue inmolado, la tórtola que era sumergida en sangre, y el sacerdote que sacrificaba al ave, sino que debe ser también el altar, el tabernáculo, el propiciatorio, y el pan de la proposición.”

Es más, para confundir todavía más a este sabio, le recordamos las profecías tan aparentemente contradictorias, que uno pensaría que no se podrían conciliar nunca en un solo hombre. Como estas: “Todos los reyes se postrarán delante de él; todas las naciones le servirán;” y sin embargo, es “Despreciado y desechado entre los hombres.” Debe comenzar por mostrar a un hombre nacido de una madre virgen: “He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo.” Debe ser un hombre sin mancha ni arruga, y sin embargo alguien en quien el Señor concentra las iniquidades de todos nosotros. Debe ser alguien glorioso, un Hijo de David, y sin embargo, debe ser una raíz de tierra seca.

Ahora, y lo digo sin ningún temor, si todos los más grandes intelectos de todas las edades se pusieran a resolver este problema, a inventar otra clave para los tipos y las profecías, no podrían hacerlo. Los veo, hombres sabios, ustedes están descifrando estos jeroglíficos; alguien sugiere una clave, y abre dos o tres de estas figuras, pero no puede proseguir, pues la siguiente figura lo desconcierta. Otro estudioso sugiere otra clave, pero resulta que falla allí donde es más necesaria, y otro, y otro, y así estos maravillosos jeroglíficos trazados antaño por Moisés en el desierto, deben quedar sin explicación, hasta que alguien pasa al frente y proclama: “La cruz de Cristo, Hijo de Dios encarnado;” entonces todo se aclara, de tal forma que uno que corre puede leer y un niño puede entender.

¡Bendito Salvador! En Ti vemos cumplido todo lo que Dios habló desde el principio por medio de los profetas; en Ti descubrimos que todo ha sido consumado con plenitud, todo aquello que Dios había establecido para nosotros en la sombría niebla del humo sacrificial. ¡Gloria sea dada a Tu nombre! “Consumado es,” todo está compendiado en Ti.

2. Pero las palabras tienen un significado todavía más rico. No solamente fueron todos los tipos, y las profecías, y las promesas consumados así en Cristo, sino que todos los sacrificios tipo de la antigua ley judía fueron abolidos y también fueron explicados. Se terminaron, se terminaron en Él. ¿Se podrían imaginar por un minuto a los santos en el cielo, mirando inclinados lo que fue hecho en la tierra? Abel y sus amigos que habían estado sentados en las glorias de arriba desde mucho antes del diluvio; ellos observan mientras Dios enciende estrella tras estrella en el cielo. Promesa tras promesa proyecta luz sobre las densas tinieblas de la tierra. Ven llegar a Abraham y se inclinan y contemplan y se maravillan cuando miran a Dios revelando a Cristo a Abraham en la persona de Isaac. Ellos miran, al igual que lo hacen los ángeles, anhelando descifrar el misterio.

Desde los tiempos de Noé, Abraham, Isaac, y Jacob, ellos contemplan altares humeantes, señales del hecho que el hombre es culpable, y los espíritus ante el trono dicen: “Señor, ¿cuándo terminarán los sacrificios? ¿Cuándo no se derramará ya más sangre?” El ofrecimiento de sacrificios sangrientos aumenta pronto. Ahora son llevados a cabo por hombres ordenados para ese propósito. Aarón y los sumos sacerdotes, y los levitas, cada mañana y cada tarde ofrecen un cordero, mientras que grandes sacrificios son ofrecidos en ocasiones especiales. Los novillos gimen, los carneros sangran, los cuellos de las palomas son quebrados, y durante todo ese tiempo los santos están clamando: “Oh, Jehová, ¿hasta cuándo? ¿Cuándo cesará el sacrificio?”

Año tras año el sumo sacerdote atraviesa el velo y rocía con sangre el propiciatorio; el año siguiente lo ve hacer lo mismo, y el siguiente, y otra vez, y otra vez, y otra vez. David ofrece hecatombes, y Salomón sacrifica a decenas de miles; Ezequías ofrece ríos de aceite, Josías da abundancia de la grosura de bestias engordadas, y los espíritus de los justos preguntan: “¿Cuándo será suficiente? ¿Cuándo se terminará el sacrificio? ¿Deberá haber siempre un recuerdo del pecado? ¿No vendrá pronto el último Sumo Sacerdote? ¿No harán pronto a un lado su trabajo, el orden y el linaje de Aarón, porque se ha consumado todo?” Todavía no, todavía no, espíritus de los justos, pues después de la cautividad todavía permanece el sacrificio de las víctimas.

¡Pero he aquí, Él viene! Miren más atentamente que antes: ¡Viene Quien va a poner fin al linaje de sacerdotes! ¡Miren! Allí está, vestido (pero ahora sin el efod de lino, sin las campanas que tintinean, y sin las brillantes joyas en su pectoral) sino que ataviado con un cuerpo humano, siendo Su altar la cruz, y Su cuerpo y Su alma la víctima, y siendo Él mismo el sacerdote, ¡miren!, ante Su Dios ofrece Su propia alma detrás del velo de densas tinieblas que Lo han cubierto de la mirada de los hombres. Presentando Su propia sangre, atraviesa el velo, la rocía allí, y avanzando desde el centro de las tinieblas, mira hacia abajo, a la tierra atónita, y hacia arriba, al cielo expectante, y clama: “¡Consumado es! ¡Consumado es!” Eso que ustedes esperaron durante tanto tiempo, ha sido cumplido y perfeccionado plenamente y para siempre.

3. El Salvador quiso decir, sin duda, que en ese momento Su obediencia perfecta había sido consumada. Era necesario, para que el hombre pudiera ser salvado, que se guardara la ley de Dios, pues ningún hombre puede ver el rostro de Dios a menos que sea perfecto en justicia. Cristo se comprometió a guardar la ley de Dios por Su pueblo, a obedecer cada uno de Sus mandamientos, y a preservar intactos cada uno de Sus estatutos. Durante todos los primeros años de Su vida, Él obedeció en privado, honrando a Su padre y a Su madre; durante los siguientes tres años, Él obedeció a Dios públicamente, gastándose y siendo gastado en Su servicio, al punto que si quisieras saber cómo sería un hombre cuya vida está plenamente conformada a la ley de Dios, puedes verlo en Cristo.

“Mi amado Redentor y mi Señor,
Leo mi deber en Tu palabra,
Pero en Tu vida la ley se muestra
Dibujada en caracteres vivos.”

No se necesitaba nada para completar la perfecta virtud de vida sino la obediencia perfecta en la muerte. Quien quiere servir a Dios debe estar presto, no solamente a entregar toda su alma y su fuerza mientras viva, sino que debe estar preparado a renunciar a su vida cuando sea para la gloria de Dios. Nuestro perfecto sustituto puso la última pincelada en Su obra al morir, y por tanto Él argumenta que está absuelto de cualquier deuda, pues “Consumado es.” ¡Sí, glorioso Cordero de Dios, consumado es! ¡Tú has sido tentado en todos los puntos que somos tentados nosotros; sin embargo, Tú no has pecado en ninguno de ellos!

Consumado fue, pues la última flecha salida de la aljaba de Satanás había sido arrojada contra Ti; la última insinuación blasfema, la última tentación perversa había extinguido su furia en Ti; el Príncipe de este mundo Te había inspeccionado de la cabeza a los pies, por dentro y por fuera, pero no encontró nada en Ti. Ahora Tu prueba ha terminado, has consumado la obra que el Padre te encomendó, y la terminaste de tal manera que el propio infierno no puede acusarte de ninguna imperfección. Y ahora, considerando Tu perfecta obediencia, Tú dices: “Consumado es,” y nosotros, Tu pueblo, creemos llenos de gozo que así es.

Hermanos y hermanas, esto es más de lo que ustedes o yo podríamos haber dicho si Adán no hubiera caído nunca. Si hubiéramos estado en el huerto del Edén hoy, nunca hubiéramos podido jactarnos de una justicia consumada, puesto que una criatura no puede consumar nunca su obediencia. Mientras una criatura viva, está obligada a obedecer, y mientras exista un agente libre en la tierra, estará en peligro de violar su voto de obediencia. Si Adán hubiera estado en el Paraíso desde el primer día hasta ahora, podría caer mañana. Abandonado a sí mismo, no hay razón por la cual ese rey de la naturaleza no hubiera perdido ya su corona.

Pero Cristo el Creador, que terminó la creación, ha perfeccionado la redención. Dios no puede pedir más. La ley ha recibido todas sus demandas; el más grande alcance de la justicia no puede reclamar la obediencia de otra hora. Consumado es; completado es; el último giro de la lanzadera (2) ha terminado, y el manto está tejido desde arriba y por completo. Entonces, regocijémonos porque el Señor quiso expresar mediante Su grito agonizante que Su justicia perfecta con la que nos cubre, fue consumada.

4. Pero además, el Salvador quiso decir que la satisfacción que Él dio a la justicia de Dios había sido consumada. Ahora la deuda había sido saldada hasta el último centavo. La expiación y la propiciación fueron hechas de una vez por todas y para siempre, por medio de esa única ofrenda hecha en el cuerpo de Jesús en el madero. Allí estaba la copa; el infierno estaba en ella; el Salvador la bebió: no dio un trago y luego una pausa; no dio un sorbo y luego un descanso; sino que Él la agotó hasta que no quedó ni un solo residuo correspondiente a alguien de Su pueblo. El gran látigo de diez correas de la ley fue desgastado en Su espalda; no ha quedado ningún azote para golpear a alguien por quien Jesús murió. El gran cañoneo de la justicia de Dios ha utilizado todas sus municiones; no queda nada que pueda ser lanzado contra un hijo de Dios. ¡Oh justicia, tu espada está envainada! ¡Tu trueno está silenciado, oh Ley! Ahora no queda nada de todas las aflicciones, y dolores, y agonías que debieron haber sufrido por sus pecados los pecadores elegidos, pues Cristo ha soportado todo por Sus propios amados, y “consumado es.”

Hermanos, es más de lo que pueden decir jamás los condenados en el infierno. Si ustedes y yo hubiéramos sido obligados a satisfacer la justicia de Dios siendo enviados al infierno, nunca hubiéramos podido decir: “Consumado es.” Cristo ha pagado la deuda que todos los tormentos de la eternidad no hubieran podido pagar. Almas perdidas, ustedes sufren hoy, como han sufrido por muchas edades pasadas, pero la justicia de Dios no ha sido satisfecha; Su ley no ha sido plenamente engrandecida. Y cuando el tiempo termine, y la eternidad flote para siempre, para siempre, sin haber pagado ningún saldo de la deuda, el castigo por el pecado debe recaer sobre los pecadores que no han sido perdonados. Pero Cristo ha hecho lo que todas las llamas del abismo no podrían hacer en toda la eternidad; Él ha engrandecido la ley y la ha hecho honorable, y ahora clama desde la cruz: “Consumado es.”

5. Además, cuando dijo: “Consumado es,” Jesús había destruido totalmente el poder de Satanás, del pecado, y de la muerte. El campeón se ha alistado para combatir por la redención de nuestra alma, contra todos los enemigos. Él se enfrentó al pecado. Horrible, terrible, el omnipotente Pecado lo clavó en la cruz; pero en esa acción, Cristo también clavó al Pecado en la cruz. Allí estuvieron los dos clavados juntos: el Pecado y el destructor del Pecado. El pecado destruyó a Cristo y mediante esa destrucción, Cristo destruyó al pecado.

A continuación vino el segundo enemigo, Satanás. Él asaltó a Cristo con todas sus huestes. Llamando a sus esbirros desde cada rincón y cada cuartel del universo, dijo: “¡Despierten, levántense, o quédense caídos para siempre! ¡Aquí está nuestro gran enemigo que ha jurado herir mi cabeza; ahora hiramos Su calcañar!” Ellos lanzaron sus dardos infernales a Su corazón; derramaron sus calderos hirvientes en Su cerebro; vaciaron su veneno en Sus venas; escupieron sus insinuaciones en Su rostro; susurraron sus diabólicos miedos a Su oído. Él estuvo solo, el león de la tribu de Judá, perseguido por todos los perros del infierno. Nuestro campeón no se descorazonó, sino que usó Sus armas santas, golpeando a derecha e izquierda con todo el poder de Su humanidad apoyada por Dios.

Las huestes se le echaron encima; descarga tras descarga fue arrojada contra él. Estos no eran remedos de truenos, sino descargas del tipo que podrían sacudir las propias puertas del infierno. El conquistador avanzó con firmeza, derribando sus escuadrones, haciendo pedazos a Sus enemigos, rompiendo el arco y haciendo añicos la lanza, y quemando los carros en el fuego, mientras clamaba, “¡En el nombre de Dios voy a destruirlos!” Al fin, paso a paso, se enfrentó al campeón del infierno, y ahora nuestro David combatió a Goliat. La lucha no duró mucho; las tinieblas que se juntaron alrededor de ambos fueron muy densas; pero el que es el Hijo de Dios así como el Hijo de María, sabía cómo golpear al enemigo, y en efecto lo golpeó con furia divina, hasta que, habiéndolo despojado de su armadura, habiendo detenido sus encendidos dardos, y habiendo herido su cabeza, clamó: “Consumado es,” y envió al diablo, sangrando y aullando, a lo profundo del infierno. Podemos imaginarlo siendo perseguido por el eterno Salvador, que exclama:

“¡Traidor!
Mi rayo te encontrará y te traspasará por completo,
Aunque te sumerjas bajo la ola más profunda del infierno,
Buscando una tumba protectora.”

Su centella alcanzó al enemigo, e inmovilizando sus dos manos, el Salvador lo ató con grandes cadenas. Los ángeles trajeron la carroza real desde las alturas, a cuyas ruedas fue atado cautivo el diablo. ¡Arrea los corceles para que suban las colinas eternas! Los espíritus hechos perfectos salen a Su encuentro. ¡Entonen himnos al conquistador que arrastra tras de sí a la muerte y al infierno, y lleva cautiva a la cautividad! “Alzad, oh puertas, vuestras cabezas, y alzaos vosotras, puertas eternas, y entrará el Rey de gloria.” ¡Miren! Agarra al demonio y lo arroja al fondo a través de la noche sin límites, quebrantado, herido, con su poder destruido, despojado de su corona, quedando atrapado para siempre en el abismo del infierno.

Así, cuando el Salvador clamó: “Consumado es,” había derrotado al Pecado y a Satanás; igualmente había vencido a la Muerte. La muerte había venido en Su contra, como lo expresa Christmas Evans, con su dardo encendido que hundió en el Salvador, hasta el punto fijado en la cruz, y cuando intentó sacarlo de nuevo, dejó allí su aguijón. ¿Qué más podía hacer? Estaba desarmado. En ese instante Cristo liberó a algunos de sus prisioneros; pues muchos de los santos se levantaron y fueron vistos por muchas personas: entonces le dijo: “Muerte, te arrebato tus llaves; debes vivir todavía un poco de tiempo más, para ser el guarda de esas camas en las que dormirán mis santos, pero dame tus llaves.” Y ¡he aquí!, el Salvador tiene hoy las llaves de la muerte que cuelgan de Su cinturón, y espera la hora que vendrá de la que nadie sabe nada, cuando la trompeta del arcángel sonará como las trompetas de plata del Jubileo, y entonces Él dirá: “Suelta mis cautivos.” En ese momento las tumbas serán abiertas en virtud de la muerte de Cristo, y los cuerpos de los santos vivirán otra vez en una eternidad de gloria.

“¡Consumado es!
Oigan el grito del Salvador que agoniza.”

II. En segundo lugar, DEBEMOS OÍR Y MARAVILLARNOS.

Percibamos qué cosas poderosas fueron ejecutadas y obtenidas por estas palabras, “Consumado es.” De esta manera Él ratificó el pacto. Ese pacto fue firmado y sellado con anterioridad, y en todas las cosas fue bien ordenado, pero cuando Cristo dijo: “Consumado es,” entonces el pacto fue asegurado doblemente; cuando la sangre del corazón de Cristo salpicó el rollo divino, ya no se podría revertir nunca, ni ninguna de sus ordenanzas podría ser quebrantada, ni ninguna de sus estipulaciones podría fallar. Ustedes saben que el pacto era en este sentido. Dios establece por Su parte que dejaría que Cristo viera el fruto del trabajo de Su alma; que todos los que le fueron dados tendrían nuevos corazones y espíritus rectos; que serían lavados de pecado, y que entrarían en la vida por medio de Él. La parte del pacto correspondiente a Cristo era esta: “Padre, yo haré Tu voluntad; pagaré el rescate hasta la última jota y tilde; Te prestaré obediencia perfecta y Te daré completa satisfacción.” Ahora, si esta segunda parte del pacto no se hubiera cumplido nunca, la primera parte habría sido inválida, pero cuando Jesús dijo: “Consumado es,” entonces ya no quedó nada por hacer por Su parte, y ahora el pacto está todo de un solo lado. Es el “Yo haré,” de Dios, y por consiguiente “ellos harán.” “Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros.” “Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias.” “El día que os limpie de todas vuestras iniquidades.” “Les haré andar por sendas que no habían conocido.” “Y yo también te haré volver.”

El pacto fue ratificado ese día. Cuando Cristo dijo: “Consumado es,” Su Padre fue honrado, y la divina justicia fue plenamente manifiesta. Ciertamente el Padre siempre amó a Su pueblo. No piensen que Cristo murió para hacer de Dios un Padre amante. Él siempre lo amó desde antes de la fundación del mundo, pero “Consumado es,” quitó las barreras que estaban en el camino del Padre. Él quería, como un Dios de amor, y ahora Él podía, como un Dios de justicia, bendecir a los pobres pecadores. Desde ese día el Padre se agrada de recibir a los pecadores en Su pecho.

Cuando Cristo dijo: “Consumado es,” Él mismo fue glorificado. Entonces sobre Su cabeza descendió la gloriosa corona. Al instante el Padre le dio todos los honores que no había tenido antes. Él tenía honor como Dios, pero como hombre Él fue despreciado y desechado; ahora como Dios y hombre Cristo fue sentado para siempre en el trono de Su Padre, coronado con honor y majestad. En ese momento, también, por medio del “Consumado es,” el Espíritu fue obtenido para nosotros.

“Es por el mérito de la muerte
De Quien fue colgado del madero,
Que el Espíritu es enviado para que sople
En esos huesos secos que somos nosotros.”

Entonces el Espíritu que Cristo había prometido en otro tiempo, percibió un camino nuevo y vivo a través del cual podía venir para habitar en los corazones de los hombres, y para que los hombres pudieran subir y habitar con Él en lo alto.

Ese día también, cuando Cristo dijo: “Consumado es,” las palabras tuvieron efecto en el cielo. Ese día los muros de crisólito se afirmaron; entonces la luz color jaspe de la ciudad con puertas de perlas, brilló como la luz de siete días. Antes, por decirlo así, los santos habían sido salvados a crédito. Habían entrado en el cielo, porque Dios tenía fe en Su Hijo Jesús. Si Cristo no hubiera terminado Su obra, ciertamente hubieran tenido que abandonar sus esferas luminosas, y hubieran tenido que sufrir en sus propias personas por sus pecados. Yo podría representar el cielo, si le fuera permitido a mi imaginación por un momento, como si estuviera listo a bambolearse si Cristo no hubiera terminado Su obra; sus piedras se hubieran desatado; independientemente de cuán macizos y estupendos sean sus bastiones, se habrían derrumbado como se estremecen las ciudades terrenales bajo los horrores de un terremoto.

Pero Cristo dijo: “Consumado es,” y el juramento, y el pacto, y la sangre, fijaron con firmeza el lugar de habitación de los redimidos, hicieron suyas sus mansiones de manera segura y eterna, y ordenaron que sus pies estuvieran firmes sobre la roca. Es más, esas palabras “Consumado es,” tuvieron efecto en la lóbregas cavernas y profundidades del INFIERNO. En ese momento Satanás golpeó furioso sus cadenas de hierro, aullando “soy derrotado por el propio hombre al que yo pensé que vencería; mis esperanzas están destrozadas; nunca vendrá a mi casa-prisión ninguno de los elegidos; en mi habitación nunca se hallará a alguien comprado con la sangre.”

Las almas perdidas se lamentaron ese día, pues dijeron: “Consumado es, y si a Cristo mismo, el sustituto, no se le permitió que se fuera libre mientras no hubiera terminado todo Su castigo, entonces nosotros nunca seremos libres.” Fue su doble tañido fúnebre, pues dijeron, “¡Ay de nosotros! La justicia, que no permitió que el Salvador escapara, nunca permitirá que tengamos libertad. Consumado es en cuanto a Él, y por tanto nunca será consumado en cuanto a nosotros.”

Ese día también la tierra tuvo un destello de luz sobre ella que no había conocido antes. En ese instante los picos de sus montañas comenzaron a brillar al levantarse el sol, y aunque sus valles todavía están cubiertos por la oscuridad, y los hombres vagan de aquí para allá, y andan a tientas al mediodía como si fuera de noche, sin embargo, ese sol se está levantando, está subiendo gradualmente sus escalones celestiales, para no ponerse más, y sus rayos pronto penetrarán las densas nieblas y las nubes, y todo ojo Lo verá, y todo corazón será alegrado por Su luz. Las palabras “Consumado es” consolidaron el cielo, sacudieron el infierno, consolaron la tierra, agradaron al Padre, glorificaron al Hijo, trajeron al Espíritu Santo, y confirmaron el pacto eterno para toda la simiente elegida.

III. Y ahora, paso a mi último punto, sobre el cual voy a hablar brevemente. “Consumado es.” DEBEMOS PUBLICARLO.

Hijos de Dios, ustedes que por fe recibieron a Cristo como su todo en todo, proclamen cada día de sus vidas que “Consumado es.” Vayan y díganlo a quienes se están torturando a sí mismos, pensando ofrecer satisfacción por medio de obediencia y mortificación. Aquel hindú que está allá, está a punto de arrojarse sobre los clavos. ¡Detente, pobre hombre! ¿Por qué habrías de sangrar? Pues, “Consumado es.” Aquel fakir está sosteniendo su mano erecta hasta que los clavos traspasen su carne, torturándose con ayunos y privaciones. Cesa, cesa, pobre desgraciado, deja todos esos dolores, pues “Consumado es.”

En todas partes de la tierra hay quienes piensan que la miseria del cuerpo y del alma puede ser una expiación por el pecado. Corre hacia ellos, detenlos de su locura y diles: “¿Por qué haces esto? Consumado es.” Cristo ha sufrido todos los dolores que Dios exige; toda la satisfacción que demanda la ley por medio de la agonía de la carne, Cristo ya la ha sufrido. “¡Consumado es!”

Y cuando hayan hecho esto, busquen a continuación a los ignorantes cumplidores de votos de Roma. Cuando vean a los sacerdotes dando la espalda al público, ofreciendo cada día el pretendido sacrificio de la misa, y mostrando la hostia en alto (un sacrificio, dicen) “un sacrificio incruento para los vivos y los muertos,” clamen, ¡detente, falso sacerdote, detente! Pues, “Consumado es.” ¡Cesa, falso adorador, cesa de inclinarte, pues “Consumado es”! Dios no pide ni acepta ningún otro sacrificio que el que Cristo ofreció de una vez por todas sobre la cruz.

A continuación vayan a los insensatos en medio de sus compatriotas que se llaman a sí mismos protestantes, pero que son seguidores del Papa, después de todo, que piensan que mediante sus ofrendas y su oro, sus oraciones y sus votos, que por asistir a la iglesia o a la capilla, por sus bautismos y sus confirmaciones, se harán a sí mismos aptos para Dios; díganles: “Deténganse, ‘Consumado es’; Dios no necesita esto de ustedes. Él ya ha recibido suficiente; ¿por qué quieren colgar sus harapos inmundos del lino fino de la justicia de Cristo? ¿Por qué quieren agregar su moneda falsificada al caro rescate que Cristo ha pagado a la casa del tesoro de Dios? Cesen de sus dolores, de sus obras, de sus representaciones, pues ‘Consumado es’; Cristo lo ha hecho todo.” Este texto basta para dispersar al Vaticano a los cuatro vientos. Coloquen esto en la base del Papado, y como un tren cargado de pólvora debajo de una roca, lo desintegrará en el aire.

Este es el trueno contra toda justicia humana. Únicamente dejen que venga como una espada de dos filos, y sus buenas obras y sus finas representaciones pronto serán arrojadas fuera. “Consumado es.” ¿Por qué perfeccionar lo que ya está consumado? ¿Por qué tratar de añadir a lo que ya está completo? La Biblia está terminada, quien quiera añadirle algo verá su nombre borrado del Libro de la Vida, y se verá fuera de la ciudad santa: la expiación de Cristo está consumada, y quien quiera agregarle algo, debe esperar la misma condenación. Y cuando lo hayan proclamado así al oído de los hombres de cada nación y de cada tribu, díganlo también a todas las pobres almas desesperadas. Las encuentran de rodillas, clamando: “oh Dios, ¿qué puedo hacer para compensar mis ofensas?” Díganles: “Consumado es;” la recompensa ya fue entregada. “¡Oh Dios!” dicen, “¿cómo puedo alcanzar una justicia en la que Tú puedas aceptar a un gusano como yo?” Diles: “Consumado es;” su justicia ya está obrada; no tienen necesidad de esforzarse por añadirle algo, ya que “Consumado es.”

Busca al pobre hombre desdichado y desesperado, que se ha rendido, no solamente a la muerte, sino a la condenación; aquel que dice: “no puedo escapar del pecado, no puedo ser salvado de su castigo.” Dile: “El camino de la salvación está consumado de una vez por todas.” Y si te encuentras algunos cristianos profesantes que se debaten en dudas y temores, diles: “Consumado es.” Vamos, tenemos cientos y miles que realmente han sido convertidos, pero que no saben que “Consumado es.” Nunca saben que están seguros. No saben que “Consumado es.” Piensan que hoy tienen fe, pero que tal vez se pueden volver incrédulos mañana. No saben que “Consumado es.” Esperan que Dios los acepte, y hacen algunas cosas, olvidando que el camino de aceptación está consumado.

Dios acepta igual a un pecador que creyó en Cristo hace sólo cinco minutos, como acepta a un santo que Lo ha conocido y amado durante ochenta años, pues no acepta a los hombres por algo que ellos hagan o sientan, sino simple y únicamente por lo que Cristo hizo, y eso está consumado.

¡Oh, pobres corazones! Algunos de ustedes ciertamente aman al Salvador en alguna medida, pero ciegamente. Ustedes están pensando que deben hacer esto, y alcanzar aquello, y entonces pueden estar seguros que son salvos. ¡Oh! Pueden estar seguros de ello hoy: si creen en Cristo son salvos. “Pero yo siento imperfecciones.” Sí, ¿y qué? Dios no mira tus imperfecciones, sino que las cubre con la justicia de Cristo. Las ve para quitarlas, pero no para cargarlas a tu cuenta. “Ay, pero yo no puedo ser lo que quisiera ser.” Y ¿qué si no puedes serlo? Dios no te mira a ti, a lo que eres en ti mismo, sino a lo que eres en Cristo.

Ven conmigo, pobre alma, y tú y yo estaremos juntos hoy, mientras ruge la tormenta, pues no tenemos miedo. ¡Qué tremendo es el resplandor de ese rayo! ¡Cuán terrible el retumbo de ese trueno! Y sin embargo, no estamos alarmados, y ¿por qué? ¿Hay algo en nosotros que nos permita escapar? No, pero estamos bajo la cruz: esa preciosa cruz, que como algunos nobles conductores de rayos en la tormenta, toma sobre sí toda la muerte que produce el rayo, y toda la furia que viene de la tempestad. Nosotros estamos seguros. ¡Puedes rugir muy fuerte, oh tronante Ley, y puedes resplandecer terriblemente, oh justicia vengadora! Nosotros podemos ver con calmado deleite todo el tumulto de los elementos, pues nos encontramos bajo la cruz.

Vengan otra vez conmigo. El banquete real está preparado; el propio Rey se sienta a la mesa, y los ángeles son los que atienden. Entremos. Y realmente entramos, y nos sentamos y comemos y bebemos; pero, ¿cómo nos atrevemos a hacer eso? Nuestra justicia propia equivale a harapos inmundos; ¿cómo nos atrevemos a venir aquí? Oh, porque los harapos inmundos ya no son nuestros. Hemos renunciado a nuestra propia justicia, y por tanto hemos renunciado a los harapos inmundos, y hoy nos cubrimos con las vestiduras reales del Salvador, y de la cabeza a los pies estamos vestidos de blanco, sin mancha ni arruga ni cosa parecida; estamos a plena luz clara del sol: negros, pero con la gracia; despreciables en nosotros mismos, pero gloriosos en Él; condenados en Adán, pero aceptados en el Amado. Ni tenemos miedo ni nos avergonzamos de estar con los ángeles de Dios, de hablar con el glorificado; es más, ni siquiera nos alarmamos de hablar con el propio Dios y llamarlo nuestro amigo.

Y ahora, después de todo, yo publico esto a los pecadores. No sé dónde estás el día de hoy, pero confío que Dios te encuentre; tú que has sido un borracho, blasfemo, ladrón; tú que has sido un sinvergüenza de la peor calaña; tú que te has sumergido en el propio desagüe y te has revolcado en el cieno: si hoy sientes que el pecado es odioso para ti, cree en Quien ha dicho: “Consumado es.” Déjame que una mi mano con la tuya; vamos juntos, ambos, y digamos: “Aquí están dos pobres almas desnudas, buen Señor; nosotros no podemos vestirnos;” y Él nos dará un manto, pues “Consumado es.” “Pero, Señor, ¿es lo suficientemente largo para pecadores como nosotros, y lo suficientemente ancho para ofensores así?” “Sí,” responde Él, “Consumado es.” “¡Pero Señor, necesitamos un baño! ¿Hay algo que pueda quitar manchas negras tan repugnantes como las nuestras?” “Sí,” dice Él, “aquí está el baño de sangre.” “Pero, ¿no debemos agregarle nuestras lágrimas?” “No,” responde Él, “no, consumado es, es suficiente.” “Y ahora, Señor, Tú nos has lavado, y nos has vestido, pero quisiéramos estar completamente limpios por dentro, de tal forma que no pequemos más; Señor, ¿hay alguna manera de lograr esto?” “Sí,” dice Él, “hay un baño de agua que fluye del costado traspasado de Cristo.” “Y, Señor, ¿hay lo suficiente para lavar mi culpabilidad así como mi culpa?” “Ay,” responde Él, “consumado es.” “Cristo Jesús nos ha sido hecho santificación y redención.”

Hijo de Dios, ¿quieres tener la justicia consumada de Cristo el día de hoy, y te regocijarás en ella más que nunca lo has hecho en el pasado? Y ¡oh!, pobre pecador, ¿quieres tener a Cristo o no? “Ah,” dice alguien, “yo lo quiero realmente, pero soy indigno.” Él no quiere ningún merecimiento. Todo lo que Él pide es que quieras, pues Tú sabes lo que Él dice: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz y sígame.” Si Él te ha dado el querer, puedes creer en la obra terminada de Cristo hoy mismo. “¡Ah!,” dices, “pero tú no te estás refiriendo a mí.” Claro que me refiero a ti, pues dice, “A todos los sedientos.” ¿Tienes sed de Cristo? ¿Quieres ser salvado por Él? “A todos los sedientos,” no únicamente aquella joven mujer que está por allá, no simplemente aquel caballero de cabellos canos por allí, que por largo tiempo ha despreciado al Salvador, sino también para toda la gente que está allá abajo, y ustedes que están en los dos pisos de balcones: “A todos los sedientos: Venid a las aguas, y los que no tienen dinero, venid.” ¡Oh, que yo pudiera “forzarlos” a venir!

Grandioso Dios, haz que el pecador quiera ser salvado, pues él quiere ser condenado, y no quiere venir a menos que Tú le cambies su voluntad! ¡Espíritu eterno, fuente de luz, y de vida, y de gracia, desciende y conduce a casa a los extranjeros! “Consumado es.” Pecador, ya no hay nada que todavía deba hacer Dios. “Consumado es;” y no hay nada que debas hacer tú. “Consumado es;” Cristo ya no necesita sangrar. “Consumado es;” no necesitas llorar. “Consumado es;” Dios el Espíritu Santo no necesita tardarse por causa de tu indignidad, y tú no necesitas esperar por causa de tu impotencia. “Consumado es;” cualquier piedra de tropiezo es rodada fuera del camino; las barras de bronce han sido rotas, las puertas de hierro se han hecho pedazos.

“Consumado es;” ¡vengan y sean bienvenidos, vengan y sean bienvenidos! La mesa está servida; los novillos engordados han sido sacrificados; los bueyes están listos. ¡Miren! ¡Aquí está el mensajero! ¡Vengan de los caminos y de los vallados; vengan de los escondrijos y de los desagües de Londres; vengan, ustedes que son los más viles de los viles; ustedes que se odian a sí mismos hoy, vengan! Jesús los llama; ¡oh!, ¿se tardarán en venir? ¡Oh! ¡Espíritu de Dios, repite la invitación, y conviértela en un llamado eficaz para muchos corazones, por nuestro Señor Jesucristo! Amén.

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